Una aguja perdida en un pajar,
una botella de agua en el desierto,
una nube que se atreve
a cruzar el imperio del sol.
Una estrella derramada en mi café,
una lágrima nacida del sentimiento,
una certeza imposible
que el destino dejó sobre mi pecho.
Así es ella.
Se entrega con el alma abierta,
sin disfraces,
tras la absurda oscuridad de las máscaras.
Y por eso es más hermosa,
porque habita su cuerpo
como quien habita un milagro.
Me pierdo cuando la pienso,
cuando su voz pronuncia mi nombre,
cuando el silencio se sienta a nuestro lado,
cuando sus brazos encuentran los míos
y el mundo deja de tener fronteras.
Entonces el tiempo se vuelve agua,
los relojes olvidan su oficio,
los minutos se derriten
como cera bajo la llama de un deseo antiguo.
Nos descubrimos lentamente,
como dos mares que aprenden
el idioma de sus propias mareas.
Cada roce es una promesa,
cada latido una puerta,
cada suspiro un universo.
El calor dibuja sobre la piel
pequeños ríos transparentes,
y el amor nos hace navegar
sin miedo al naufragio.
En sus ojos encuentro refugio,
en su abrazo la eternidad,
y en la profundidad de su existencia
me extravío feliz,
como ella se pierde en la mía.
Si amar así no es un milagro,
si dos almas fundidas en un mismo instante
no son la más perfecta de las maravillas,
entonces que alguien me explique
por qué el universo entero
parece detenerse
cada vez que ella me ama con su presencia.

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