lunes, 19 de enero de 2026

 El sonido no aparece, se anuncia; primero es el silencio, ese silencio especial que existe solo antes de poner un disco, cuando la habitación parece esperar conmigo. 
La luz cae suave, el polvo flota lento y el tiempo, por un momento, decide no avanzar. Elijo el disco, no cualquiera; sé que pide ser escuchado hoy, porque los discos no se eligen, ellos llaman. Paso la mano por la tapa, leo nombres ya gastados y recuerdo dónde lo compré, con quién estaba, Francisco Brestolli Domingo Laganà Daniel Hugo Fernandez, y qué edad tenía cuando sonó por primera vez. Lo saco con cuidado, como si fuera frágil, como si aún guardara adentro las voces de quienes ya no están. El vinilo brilla apenas, negro profundo, casi infinito. Limpio el surco una vez más, como lo hice durante años, no por necesidad, sino por respeto, porque cada surco guarda memoria y la memoria merece cuidado.
El plato comienza a girar en 33 revoluciones, a veces en 45, y ese movimiento hipnótico me recuerda que la música también tiene pulso. 
La púa baja lentamente y entonces sucede: ese pequeño crack inicial, ese suspiro antiguo que me dice que la vida vuelve a empezar. El sonido nace ahí, no en una nube ni en un archivo; nace del roce, del contacto, de la imperfección. 
El amplificador despierta, una luz tenue se enciende como un corazón que vuelve a latir, y el calor comienza a sentirse, ese calor real, humano, que ninguna tecnología moderna supo imitar. El ecualizador espera mis manos; graves un poco más profundos, medios con cuerpo, agudos suaves, sin lastimar. 
No busco perfección, busco verdad. Los bafles responden, primero tímidos, después llenos, más tarde enormes.
La música sale de ellos como si respiraran.
Vibra el aire, vibra el piso, vibra el alma. Y en ese instante ya no estoy solo. Están todos. El pibe que fui escuchando Almendra, el adolescente descubriendo Arco Iris, la noche larga con Deep Purple, la elegancia eterna de Sinatra, la revolución silenciosa de los Beatles, el asombro frente al jazz, la emoción simple de Palito, la pasión desbordada de Sandro. 
Cada disco fue un compañero, nunca un objeto. Me acompañaron a dibujar, a escribir, a pensar lo que todavía no sabía decir, a curar tristezas que no se contaban y a celebrar alegrías pequeñas.
Mientras el mundo corría, ellos giraban. 
Mientras todo cambiaba, ellos seguían sonando igual. 
Después llegaron otros formatos; prometieron más música, menos espacio, más comodidad, prometieron el futuro. Pero ninguno me enseñó a escuchar. 
Porque escuchar no es apretar un botón: escuchar es sentarse, esperar, elegir, darse tiempo. 
El vinilo me enseñó eso, que la música no se consume, se comparte; que hay que darse vuelta para cambiar de lado; que hay pausas, que hay silencios y que no todo puede ser inmediato.
Y ahora, cuando vuelvo a poner un disco, no solo suena la música: suena mi historia. Mi barrio, mi escuela, mi cuadra, mi esquina, las noches largas, los días difíciles, los sueños intactos. Gira el vinilo y con él gira la vida. No es nostalgia triste, es gratitud, porque mientras haya un disco girando, una púa rozando, un amplificador tibio y un bafle respirando música, algo de mí seguirá sonando para siempre.


 Una noche
que en apenas cuatro horas
se convierte en una vida.
Empieza simple,
entre mates tibios y cafés largos,
con algo de alcohol
esperando su turno
en el rincón de la mesa.
Las miradas se alargan,
el silencio aprende a acompañar,
y el tiempo sin avisar
afloja sus nudos.
Las prendas caen sin dramatismo,
una sobre la silla,
otra en el suelo,
como si siempre hubieran sabido
que no iban a volver a su lugar.
La casa respira distinto.
Ya no es casa, es refugio.
El piso es parte del recorrido,
frío primero, cómplice después.
Pies descalzos, cuerpos que se buscan
sin mapa ni apuro.
En la cocina, el agua de la pileta corre
lavando el día, las dudas,
los nombres que no hacen falta.
El aceite brilla sobre la piel,
despacio, como una promesa 
que se cumple sin decirla.
El dulce de leche rodea al helado,
juego íntimo, frío y calor mezclándose
sobre la piel que ya no se esconde.
Risas bajas, miradas que sostienen,
el deseo diciendo quedate sin palabras.
La ducha nos recibe
como si nos conociera de antes.
El agua cae, resbala, borra el afuera.
Vapor, cercanía, el mundo reducido
a dos respiraciones, encontrándose.
Después, sentados en la bañera,
descansamos sin separarnos.
El piso del baño mezcla agua y aceite,
huellas torcidas, prueba silenciosa
de que algo real pasó por ahí.
Y la noche continúa.
No apura, se vuelve más lenta,
más profunda, más nuestra.
Porque en cuatro horas
aprendimos lo que a otros
les lleva una vida entera
que lo prohibido se vuelve permitido
cuando hay cuidado,
que lo amargo no tiene lugar
cuando hay risa,
y que una vida puede empezar
sin promesas grandilocuentes.
Se perfecciona de a poco,
con cada gesto, con cada pausa,
con cada sonrisa compartida en silencio.
Con verte sonreír,
el mundo se acomoda.
El cielo baja la voz.
Y la vida, sin exigir nada,
nos abraza tal como somos.


 Él venía cansado de buscar sentido en palabras que no alcanzaban, de historias que prometían más de lo que podían sostener.
Ella traía la vida cosida y descosida mil veces: viajes, despedidas, regresos, el coraje de empezar de nuevo cuando todo parecía indicar que ya era tarde.
No se buscaron, simplemente coincidieron.
Como si el tiempo por una vez hubiera decidido ser generoso.
Al principio hablaron mucho, hablaron de lo que dolió y de lo que sanó.
De los amores que no supieron quedarse y de los que dejaron enseñanzas, de hijos, de nietos, de miedos que ya no gritan, apenas susurran.
El diálogo se volvió un lugar tibio, una casa sin paredes donde podían sentarse a descansar.
Después llegó el deseo, no de golpe, no con urgencia.
Llegó como llegan las cosas verdaderas: despacio, sin exigir permiso.
Se miraron distinto, se acercaron sin apuro, entendieron que ya no había nada que demostrar, solo algo que compartir.
El cuerpo del otro no era un territorio por conquistar, sino un hogar por reconocer.
Las manos tocaban con memoria y con gratitud; cada caricia decía estoy acá, cada respiración compartida confirmaba que aún había vida por disfrutar.
En la mesa, dos vasos de whisky con hielo acompañaban las noches; el tintinear suave del cristal marcaba un ritmo íntimo, casi sagrado.
Bebían despacio, como todo lo que hacen ahora.
Porque aprendieron que lo profundo no necesita correr, pero el amor no vivía sólo en la cama.
Vivía en la cocina, cuando se aceitaban sin decirlo y corrían los muebles para limpiar.
En los platos que lavaban riéndose, en el televisor encendido como compañía, aunque muchas veces no miraran nada.
En el perro que se metía entre medio buscando caricias, convencido de que ahí estaba su manada.
Vivía en lo simple, lo cotidiano, en esa alegría tranquila que no hace ruido, pero sostiene.
A veces hablaban desnudos, sin vergüenza; otras veces el silencio era suficiente.
Se reían de las marcas del cuerpo, del paso del tiempo, de la belleza inesperada de seguir deseándose cuando nadie lo esperaba.
Afuera el mundo seguía apurado.
Los autos pasaban sin saber; las noticias gritaban tragedias ajenas.
Y ellos, detrás de una persiana baja, estaban haciendo algo casi revolucionario, detener la vida un rato para disfrutarla.
Cuando la luz del velador quedaba apenas encendida y alguna prenda caía al costado de la cama, se abrazaban sin promesas.
No las necesitaban; el cuerpo del otro era certeza suficiente.
Comprendieron después de tanto camino que el amor no siempre llega cuando uno lo pide.
A veces llega cuando uno ya aprendió a recibirlo sin miedo.
Y así, entre whisky aún frío, platos recién lavados, el perro dormido y el tiempo rendido a sus pies, miran correr la vida sin prisa.
Por primera vez, no sienten que se les escape.


jueves, 8 de enero de 2026

 Lo veo en tus ojos
antes de tocarte.
En esa manera oblicua de mirar
que no pide permiso
y se queda a vivir.
Lo siento en la piel
cuando te acercás
y tus brazos me rodean
como un bandoneón sabio,
de esos que no hacen ruido
pero dicen todo.
Se me eriza el alma.
El fuelle avanza lento,
me recorre las venas
con la misma obstinación
con la que Pichuco
le arrancaba verdades al aire.
No hay defensa contra eso,
cuando el tango entra no pregunta.
Astor lo sabía.
Por eso rompía las formas,
por eso sacaba música
de una metáfora,
una musa, una herida hermosa.
Intentaba un tango
capaz de erizar el mundo,
como vos lo hacés cuando estás cerca
sin hacer nada más que ser.
Y la voz de Amelita
retumba en mi pecho, honda,
como una promesa cumplida.
Así sonás vos en mí, antigua y nueva,
clara y oscura,exacta.
Buenos Aires querido,
amor mío sin condiciones,
te llevo tan adentro
que no sé dónde terminás vos
y empiezo yo.
Estás en las diagonales,
en los cafés gastados,
en el humo lento,
en las veredas que saben esperar.
Y estás en ella.
En sus ojos, en sus abrazos,
en esa forma de quedarse
aunque todo pase.
Ella es ciudad, es noche,
es arrabal y poema.
Es la musa inevitable
de mis palabras.
Entre mi amor por vos, Buenos Aires,
y este amor por ella,
mi vida se volvió un tango.
Uno que no pide aplausos,
que no busca final,
que se baila lento
con el corazón apretado
y la certeza intacta.
Porque hay amores que no se negocian,
que no se explican, que no se terminan.
Y el mío lo sé, vive acá,
en esta ciudad eterna
y en ella, la musa citada
en cada verso que escribo
solo para no perderlas.


 Verte sonreír,
en esta ciudad que nunca duerme del todo,
es un regalo que Buenos Aires entiende.
De tu cara se escapan estrellas
como luces de avenida
después de la lluvia,
y hasta el esmog se hace a un lado
para mirarte pasar.
Cuando cae la noche
y los cuerpos se arriman
como quien busca abrigo en Corrientes,
dejamos de ser dos.
El contagio se vuelve tango,
un abrazo cerrado
donde flotar es caminar despacio
al compás de un bandoneón imaginario.
Andamos lunas
debajo de una sábana de estrellas,
con la ciudad respirándonos cerca,
los colectivos suspirando en la esquina,
y una luna sola, arrabalera,
guiándonos en la semioscuridad
como farol cansado que no falla.
Ahí nos descubrimos
en el clímax imperfecto de las almas,
sin caretas ni promesas grandes,
solo verdad y piel,
solo este modo nuestro
de decirnos quedate.
Así arranca el año en Buenos Aires:
con un tango lento en el pecho,
volando bajo, sin destino final,
mientras la ciudad nos mira
y aprende,
otra vez,
a creer.


 Buenos Aires despierta
en un domingo fresco,
cuando el día camina en puntas de pie
para no romper el hechizo.
El silencio decora las calles
como una vieja costumbre sabia,
y el aroma de la noche que pasó
queda prendido en las veredas,
en los árboles cansados,
en la memoria de quienes miramos
y entendemos que cada rincón
es una poesía sin firma.
Hay un suspiro de vida en el aire,
una pausa necesaria,
como si la ciudad respirara hondo
antes de volver a latir.
El tiempo no apura,
los relojes parecen cómplices
y el sol, tímido,
aprende a querer despacio.
El año nuevo asoma
con sabor a esperanza:
vino tinto compartido,
gaseosa fría en vasos de plástico,
un whisky que abriga promesas
y riega los primeros días
que habrán de cruzar los meses.
Que sea el diálogo el ritual,
la palabra sin insulto,
el entendimiento por encima de todo,
el silencio que escucha
y no la confrontación que hiere.
Buenos Aires,
en este domingo quieto,
nos enseña que también se puede empezar
con calma, con respeto,
con esperanza.


El poema se enriquece
cuando el hielo empieza 
a derretirse sobre tu piel
y el camino, ya decidido,
no conoce la palabra regreso.
Volver es un idioma que no hablamos,
porque todo lo que sigue hacia delante
tiene gusto y olor a coco,
ese sabor que embellece la crema,
el aceite donde giramos
una y otra vez,
despidiéndonos del mundo
como en la primera calesita
de sensaciones eternas.
La sortija aparece siempre,
una y otra vez,
como si el destino insistiera
en dejarnos ganar.
El giro se recuesta
sobre la aguja de un reloj sin cuerda
y el tiempo, obediente,
se vuelve infinito.
Cuando la puerta se cierra
el universo se reduce a ese instante.
Un ladrido lento, espaciado,
parece comprender la magia,
da media vuelta
y se aleja a dormir.
Entonces todo queda suspendido:
el deseo,la piel, el mundo afuera.
Y el poema como nosotros,
ya no tiene final.

 Respira Buenos Aires un domingo ladeado,
con olor a verano y baldosa caliente.
El sol, malevo manso,
se esconde entre nubes como quien no quiere lío,
y tu voz me vuelve desde la almohada
igual que un bandoneón llorando bajito.
Los pájaros se toman el día franco,
el calor los deja sin ganas de cantar,
y las calles, cansadas de apuro,
se entregan al tránsito lento,
marcando un compás de espera
que parece dos por cuatro.
La ciudad se afloja la corbata.
El Obelisco se despereza de historia
y yo voy por Corrientes sin reloj,
pisando recuerdos,
dejando que tu nombre me salga solo
entre librerías cerradas y teatros dormidos.
En el piso veintitrés llueve,
mientras en el sótano un jazz cansado
se mezcla con el humo de un bar que resiste,
y el corazón, en falta,
improvisa su propio tango.
Bailamos un rock perdido en la avenida,
sin público ni aplausos,
antes de que el verano endurezca el hormigón
y algún trasnochado pretenda
volver a tapar con asfalto
las huellas del tiempo.
Porque quererte es eso,
una ciudad en penumbras,
un tango sin final cerrado,
un abrazo que se queda
cuando Buenos Aires, cansada,
apaga las luces y sigue respirando.


 Caminar Buenos Aires
era afinar el oído contra el asfalto,
el tango respirando en las baldosas,
el rock incendiando una esquina
y un café humeando lento
junto a una ventana sin apuro
donde el tiempo pedía otra vuelta.
Pero algo se fue muriendo.
No de golpe como se apagan las voces queridas.
La avenida se angosta,
el tango camina rengo de recuerdos,
el rock se repite como un viejo
que ya no sabe a quién le canta.
Hoy la música nace apurada,
un tema se saca de encima
para que lo escuchen millones
sin importar la letra, sin importar la herida.
El amigo ya no cruza la calle, aparece.
Escucha y opina desde una pantalla,
sin humo, sin noche, sin temblor en la voz.
El café se enfría.
La ventana se enreja.
La modernidad le llama seguridad
al miedo bien presentado.
Y en medio de todo esto,
vos estás. Y quiero pensar que sos real
como tus besos, comoo tu cuerpo en mi boca,
como ese abrazo eterno cuando nos despedimos
después de hablar frente a frente,
la cabeza apoyada en una almohada,
el corazón expuesto en la mano
como una verdad sin defensa.
Pero dudo.
Porque escribo
y ya no sé si la poesía es mía
o de una inteligencia sin pulso
que me copia el alma
sin que mi cerebro lo note.
Envidio a la máquina que no se cansa,
mientras yo me gasto tratando de sentir
en una ciudad que todavía canta
aunque ya casi nadie se detenga a escuchar.
Caminar Buenos Aires hoy
es amar, dudar, escribir y preguntarse
si lo que abraza tiene cuerpo, memoria
o solo luz.


Trato de decir cómo sos
sin alzar la voz,
sin lluvias anunciadas en el último piso,
sin calles cortadas.
Sol cuando es sol,
luna cuando es luna.
Sin disfraces ni promesas raras.
Sos de las que cuidan el decir
y el estar,
de las que creen en los hijos,
en los nietos,
en eso invisible que sostiene todo
y no sale en las fotos.
Un brazo que se ofrece
sin preguntar,
una palabra que llega justa,
un vaso frío de limonada
en medio de la cena.
Una noche de luna abierta,
otra con el zumbido cansado
de un ventilador peleando con el verano,
una caminata lenta junto al río
como si no hiciera falta nada más.
Simple, pero con esa complejidad
que aparece cuando el aire escasea
en una noche clara.
Buenos Aires también está ahí,
en los cordones gastados,
en la esquina donde un fuelle respira,
en una cortada que suena a rock viejo.
Una noche en el Bollini,
un café largo en el Tortoni,
una tarde en La Biela
después del Bellas Artes,
o en el Recoleta, bajando el ritmo.
Mujer del rock perdido
y de los ojos de papel,
navegando la ciudad
cuando llueve
y todo parece más verdadero.
Así sos, urbana sin dureza,
amorosa sin alarde,
única como Buenos Aires
cuando decide quedarse en silencio.


 Bar de fondo,
en una esquina
donde la poesía se sienta a la mesa conmigo
sin pedir permiso.
Un café me cuenta un cuento,
un buen almuerzo
me devuelve a aquella tarde de verano
donde el tiempo no apuraba a nadie.
La noche pasa y me besa
como lo hacen las madrugadas
cuando saben quedarse.
Bar de fondo, en la esquina
donde la cultura se vuelve Julián y Álvarez,
y alguien lee una poesía mía
sin saber que salió de mis manos.
Ahí, donde el arte se hace magia
sin aplausos,
donde todo parece casual
pero nada lo es.
Tus ojos, una canción de amor
sonando bajito,
de esas que no se piden
y se quedan igual.
Bar de fondo,
al fondo del todo,
Buenos Aires respirando despacio
mientras la poesía hace lo suyo.


Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...