El sonido no aparece, se anuncia; primero es el silencio, ese silencio especial que existe solo antes de poner un disco, cuando la habitación parece esperar conmigo.
La luz cae suave, el polvo flota lento y el tiempo, por un momento, decide no avanzar. Elijo el disco, no cualquiera; sé que pide ser escuchado hoy, porque los discos no se eligen, ellos llaman. Paso la mano por la tapa, leo nombres ya gastados y recuerdo dónde lo compré, con quién estaba, Francisco Brestolli Domingo Laganà Daniel Hugo Fernandez, y qué edad tenía cuando sonó por primera vez. Lo saco con cuidado, como si fuera frágil, como si aún guardara adentro las voces de quienes ya no están. El vinilo brilla apenas, negro profundo, casi infinito. Limpio el surco una vez más, como lo hice durante años, no por necesidad, sino por respeto, porque cada surco guarda memoria y la memoria merece cuidado.
El plato comienza a girar en 33 revoluciones, a veces en 45, y ese movimiento hipnótico me recuerda que la música también tiene pulso.
La púa baja lentamente y entonces sucede: ese pequeño crack inicial, ese suspiro antiguo que me dice que la vida vuelve a empezar. El sonido nace ahí, no en una nube ni en un archivo; nace del roce, del contacto, de la imperfección.
El amplificador despierta, una luz tenue se enciende como un corazón que vuelve a latir, y el calor comienza a sentirse, ese calor real, humano, que ninguna tecnología moderna supo imitar. El ecualizador espera mis manos; graves un poco más profundos, medios con cuerpo, agudos suaves, sin lastimar.
No busco perfección, busco verdad. Los bafles responden, primero tímidos, después llenos, más tarde enormes.
La música sale de ellos como si respiraran.
Vibra el aire, vibra el piso, vibra el alma. Y en ese instante ya no estoy solo. Están todos. El pibe que fui escuchando Almendra, el adolescente descubriendo Arco Iris, la noche larga con Deep Purple, la elegancia eterna de Sinatra, la revolución silenciosa de los Beatles, el asombro frente al jazz, la emoción simple de Palito, la pasión desbordada de Sandro.
Cada disco fue un compañero, nunca un objeto. Me acompañaron a dibujar, a escribir, a pensar lo que todavía no sabía decir, a curar tristezas que no se contaban y a celebrar alegrías pequeñas.
Mientras el mundo corría, ellos giraban.
Mientras todo cambiaba, ellos seguían sonando igual.
Después llegaron otros formatos; prometieron más música, menos espacio, más comodidad, prometieron el futuro. Pero ninguno me enseñó a escuchar.
Porque escuchar no es apretar un botón: escuchar es sentarse, esperar, elegir, darse tiempo.
El vinilo me enseñó eso, que la música no se consume, se comparte; que hay que darse vuelta para cambiar de lado; que hay pausas, que hay silencios y que no todo puede ser inmediato.
Y ahora, cuando vuelvo a poner un disco, no solo suena la música: suena mi historia. Mi barrio, mi escuela, mi cuadra, mi esquina, las noches largas, los días difíciles, los sueños intactos. Gira el vinilo y con él gira la vida. No es nostalgia triste, es gratitud, porque mientras haya un disco girando, una púa rozando, un amplificador tibio y un bafle respirando música, algo de mí seguirá sonando para siempre.





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