sábado, 1 de agosto de 2026

En Una Esquina Cualquiera.

 Niebla sobre el río
de un sábado por la tarde.
Un mensaje… y vos.
Esa manantial de ternura
que se acuna en el día
y se encuentra en la noche,
donde el café se confunde entre palabras
y el hielo le pone calor
a nuestro encuentro,
en una medida de alcohol
y miles de besos.
Solo con vos,
ese café con tres de azúcar
se diluye con la luna,
y asoma en tus labios
mientras los beso despacio.
En seis cuerdas,
una viola entona el mejor tango
en una esquina cualquiera,
cuando el semáforo se pone en rojo…
y yo,
te beso.

Un Tango Dudoso.

 El sol se posó en tus labios,
y fue verano de golpe,
como si el río en bajante
nos contara una historia antigua
que sólo nosotros supimos escuchar.
Sentí el calor de tu boca en la mía,
y no fue magia, no . . . 
fue un tango hecho melodía,
apoyado en un jazz lento e inolvidable,
de esos que no se bailan,
se respiran.
Esa música la oímos solos,
entre la lluvia que caía donde nadie mira el sol,
y los gritos lejanos de quienes no conocen el diálogo,
ni el silencio que también dice.
Ahí, en ese borde difuso,
nació una poesía
que todavía no terminamos de escribir.
A veces nos acercamos,
como quien vuelve a una esquina conocida,
y la pasión —caprichosa—
nos desorienta,
nos empuja a buscar otro camino
sin querer dejar el anterior.
Somos eso:
un tango que duda,
una melodía que se rompe y se rehace,
dos cuerpos que insisten
en encontrarse en la misma nota.
Y aunque nunca la terminemos,
esa poesía nos nombra,
nos espera,
y nos sigue escribiendo. 

Del Otro Lado Del Cordon.

 El viento se acuesta despacio
en la vereda gastada del viernes,
como si supiera
que el fin de semana llega con ruido de motor
y nostalgia en punto muerto.
Un rugido lejano…
la Fórmula Uno dibuja curvas en el aire
y Buenos Aires, caprichosa,
se cree Mónaco por un instante,
mientras el frío entra de golpe,
afilado, como un sobrepaso sin permiso.
En algún balcón alguien grita,
nadie sabe a quién ni por qué,
pero el eco se mezcla con los colectivos,
con el humo, con ese cansancio
de ciudad que nunca duerme
aunque cierre los ojos.
Y sin embargo, en medio de todo,
la noche se desliza
como un bandoneón que respira.
Buenos Aires susurra.
Otra vez, siempre otra vez.
Y ahí aparece la luna, esa misma
que alguna vez miramos juntos
cuando el mundo no tenía apuro
ni amenazas de tormenta.
Pero el sábado se nubla,
como se nublan las certezas,
como se empañan los recuerdos
cuando el amor queda 
del otro lado del cordón.
Un tangorock suena lejos,
mezcla de herida y electricidad,
y en cada acorde late tu nombre,
aunque ya no lo diga.
El otoño cae en las manos,
frío, inevitable, y en esta ciudad
que no perdona olvidos
ni perdona ausencias, todavía queda algo
una esquina, una luna, y el eco de dos que fueron
más que un instante
en la respiración de Buenos Aires.
Vos y yo, solos…
caminando por Corrientes.

Tus Manos.

 Esas manos que enlazan,
que enhebran y reúnen lo disperso,
como si supieran el secreto
de todo lo que se rompe.
Esas manos que abrazan y contienen,
que no preguntan,
que simplemente están
cuando el mundo se vuelve incierto.
Esas que siembran en silencio
y cosechan con paciencia,
que conocen los tiempos
de la tierra y del alma.
Esas manos que indican el camino,
que protegen sin imponer,
que guían apenas,
como quien confía.
Esas manos, sin duda,
son las tuyas.
Y en ellas descansa
algo más que un gesto,
una forma de estar en el mundo,
una manera de cuidar,
una certeza suave
de que todo, incluso lo frágil,
puede sostenerse. 

Atrevido y Permitido

 Somos el puente entre lo atrevido y lo permitido,
la respiración compartida en una noche de verano,
el sudor que se queda en la piel
y la sábana que nos envuelve como un secreto.
Somos ese abrigo que no es de tela,
sino de brazos que se buscan sin pensarlo,
mientras en la pantalla se apaga
el último capítulo de una historia cualquiera
que ya no importa.
Porque afuera, por la ventana,
la ciudad sigue viva;
un grito de gol corta el aire,
una bocina se mezcla con el tránsito,
y en algún rincón de Buenos Aires llueve.
Pero acá, en esta penumbra tibia,
tus besos me llevan de la mano
hasta la orilla de un río
donde alguna vez juré no volver,
y sin embargo, regreso,
como vuelven las cosas que importan.
De fondo, un tango se enreda con un rock,
como si la ciudad no supiera elegir
entre la nostalgia y el impulso,
y nosotros tampoco.
Somos eso, un poco de cada cosa,
un instante suspendido
entre el ruido y el silencio,
entre la noche y la primera luz.
Y cuando el sol asome,
tal vez no quede nada más
que esta certeza leve, casi invisible,
que en algún lugar de la ciudad
la luna nos regaló una poesía
y nosotros la hicimos cuerpo.

Tamborini y Tronador.

En la esquina de Tamborini y Tronador
quedó colgado un tiempo que ya no está,
un buzón de testigo, medio torcido,
y el umbral de la carne que olía a hogar.
El quiosco abierto a sueños de madrugada,
la panadería tibia como un querer,
la peluquería de Miguel charlando
de un mundo chico que quería crecer.
Y la bombita pobre que nos alumbraba,
como luna de barrio, sin pretensión,
nos juntaba en la esquina, entre risas
y algún picado bravo de corazón.
Fiuli, Roberto, el Tano, Avelino y el Tobi,
los hermanos Pascual, Daniel, Paccha
y tantos mas armando la rueda,
un mundo de caracteres, de ilusiones a flor de piel.
El umbral que fue tribuna de historias,
refugio y trinchera de alguna ocasión,
y aquella corrida de la cana en la siesta
por romperle el silencio a la modorra del sol.
Los picados eternos contra la vereda,
la pelota gastada, la voz del gol,
y después, apoyados frente al buzón,
la vida pasando… sin ningún control.
De pibes a no tan pibes, sin darnos cuenta,
se agrandaba el mundo, se iba a escapar,
cada cual con su rumbo, con su pelea,
con promesas que el viento supo llevar.
Era una esquina más, como tantas,
de Buenos Aires y de cualquier lugar,
pero guardaba historias que sólo el tiempo
se anima, de a poco, a desenterrar.
Antes de que la tecnología invadiera
con soluciones frías para la vida,
éramos carne y risa, barro y vereda,
presente puro… sin prisa medida.
Hoy vuelvo despacio por esa esquina
y no encuentro nada de lo que fue,
ni el buzón, ni la luz, ni la voz de Miguel,
ni el pan calentito, ni aquel café.
Sólo queda en el aire, como un suspiro,
la sombra de todo lo que se amó…
Tamborini y Tronador, esquina mía,
donde el tiempo, en silencio, nos olvidó.

La Escuela, Bar.

 Todavía quedan rincones donde Buenos Aires se reconoce en el espejo de su propia memoria; lugares que no necesitan vidrieras brillantes ni nombres extranjeros porque les alcanza con el perfume del café recién molido, con una medialuna verdadera, con el rumor de una charla que empieza a la mañana y, si nadie la interrumpe, puede seguir hasta que la tarde se entregue mansamente a la noche.
Uno de esos lugares vive en mi barrio.
Cada tanto entro buscando un café y termino encontrando mucho más que eso. 
Llego con la idea de escribir un poema y, como ocurre siempre en los cafés de verdad, descubro que primero hay que dejar que hablen las mesas, que murmuren las paredes, que el barrio acomode los recuerdos sobre el piso antes de que la lapicera se anime a decir una sola palabra.
Porque los versos, igual que los tangos, no nacen del apuro.
Nacen del silencio compartido, del tintinear de una cucharita contra la porcelana, del diario abierto sobre una mesa, del vecino que entra saludando a todos por el nombre y del humo invisible de las historias que nunca abandonaron ese salón.
Y detrás de todo eso está Kike.
Siempre está Kike.
Abriendo la persiana como quien abre la puerta de su propia casa, esperando que los primeros parroquianos ocupen las mesas de siempre, acomodando las sillas con ese gesto aprendido durante toda una vida, saludando con una sonrisa que no se ensaya porque pertenece a esa raza de bolicheros porteños que parece estar desapareciendo.
Él no pregunta solamente qué va a tomar cada uno.
Pregunta cómo anda la vida, cómo siguió aquel problema.
Cómo salió el nieto en la escuela.
Y mientras la máquina resopla preparando otro café, va repartiendo palabras cordiales con la misma naturalidad con la que sirve un cortado o alcanza un vaso de soda.
No hay clientes para Kike.
Hay vecinos, hay amigos.
Hay historias que vuelven todos los días a sentarse en la misma mesa.
Más de una vez entré con la cabeza llena de ideas desordenadas y bastó escucharlo decir un sencillo "¿Cómo andás?
 Sentate tranquilo... para sentir que el barrio todavía conservaba un lugar donde uno podía descansar un rato del mundo.
Ese saludo vale más que cualquier decoración elegante.
Porque los bares no los hacen las paredes.
Los hacen las personas, las manos que sostienen el pocillo, las miradas que reconocen.
Las conversaciones que nadie programa y, sin embargo, aparecen todas las mañanas como si también ellas fueran parte del mobiliario.
En un rincón alguien discute de política con la pasión de quien todavía cree que las palabras pueden cambiar algo; en otra mesa dos viejos reconstruyen un gol imposible de Platense como si hubiera ocurrido apenas ayer; un muchacho abre un libro mientras una pareja comparte un café con leche y una sola medialuna, y en la radio se escapa un tango que parece haber encontrado allí su última casa.
Entonces uno comprende que el barrio todavía respira.
Que todavía existen lugares donde el tiempo no se mide por la velocidad sino por la calidad de la conversación.
Ahí el reloj pierde importancia.
Nadie apura un café, nadie obliga a levantarse.
Las horas se acomodan al ritmo de las charlas y las amistades.
Quizás por eso me gusta ir, no siempre escribo.
Muchas veces simplemente miro, escucho, espero.
Porque aprendí que los mejores poemas no se inventan; se dejan encontrar, igual que un viejo tango que uno creía olvidado y de pronto vuelve a sonar desde el fondo de la memoria.
En estas mesas seguramente nacieron declaraciones de amor, reconciliaciones, proyectos, despedidas, promesas imposibles y sueños que todavía siguen esperando su oportunidad.
Cada marca guarda una historia, cada silla conoce ausencias.
Cada rincón conserva la risa de alguien que ya no está y que, sin embargo, continúa acompañando las sobremesas.
También está Platense.
No como un simple cuadro colgado en la pared, sino como un modo de entender la vida.
Porque ser calamar es aprender a resistir.
Es saber que la fidelidad vale más que las modas, es llevar con orgullo esos colores marrón y blanco que durante generaciones hicieron del barrio una enorme familia.
Entre un café y otro siempre aparece alguna discusión sobre el último partido, alguna cargada futbolera o el recuerdo de aquellas tardes inolvidables cuando el barrio entero caminaba hacia la cancha con la misma ilusión.
Y Kike sonríe, escucha, opina, se ríe.
Porque sabe que un café sin fútbol sería como Buenos Aires sin bandoneón.
Los años pasaron, muchos bares bajaron para siempre sus persianas.
Llegaron las cadenas, las franquicias, las luces iguales en todas las esquinas y los locales donde nadie conoce el nombre del que entra.
Pero este rincón sigue de pie.
Resiste, no por capricho.
Resiste porque todavía hay hombres como Kike que entienden que un boliche de barrio nunca fue solamente un comercio.
Es un refugio, es una esquina donde las tristezas pesan menos.
Es una casa prestada para el que necesita hablar o simplemente quedarse un rato en silencio.
Mientras exista un hombre capaz de abrir cada mañana esa persiana con la misma esperanza con que la abrió el primer día; mientras haya un café servido con cariño y una palabra cordial esperando al que cruza la puerta; mientras el tango encuentre un lugar donde seguir respirando y Platense continúe siendo tema de conversación entre amigos, Buenos Aires no habrá perdido del todo su alma.
Yo seguiré regresando, a veces con un cuaderno, a veces con una lapicera.
A veces solamente con ganas de pensar.
Porque ya entendí que no siempre voy al bar para escribir un poema.
Muchas veces voy simplemente para recordar que todavía existen personas como Kike, cafés como éste y barrios donde la amistad sigue sirviéndose caliente, en un pocillo blanco, junto a una medialuna y a un sentate tranquilo, hay tiempo...
Y mientras esa escena continúe repitiéndose cada mañana, habrá esperanza.
Porque los verdaderos cafés nunca cierran del todo.
Siguen abiertos en la memoria de quienes encontraron allí un amigo, un abrazo, una conversación inolvidable o el verso que llevaban años buscando sin saber que los estaba esperando, silenciosamente, del otro lado de la barra. 

Sabor a Limon.

Entre tus jardines de color carmesí
mis labios encontraron un instante eterno.
Me detuve despacio,
como quien teme romper el hechizo de un suspiro.
Entonces te escuché,
tu respiración cambió de ritmo,
como un mar que despierta bajo la luna,
como un corazón pronunciando un nombre sin palabras.
Tus labios guardaban un leve sabor a limón,
fresco y dulce,
y cuando alcé la mirada
tus ojos brillaban con la quietud de una noche sin descanso.
Permanecí allí,
donde el tiempo dejó de existir
y el silencio aprendió a decirlo todo.
Hasta que el fuego besó mis labios
y el amanecer abrió sus manos.
El sol comenzó a dibujar tu cuerpo desnudo
en la penumbra de la habitación,
vistiendo de oro lo que la noche
había cubierto de deseo.
Y comprendí,
mientras nacía la luz entre nosotros,
que hay amaneceres
que no llegan desde el horizonte,
sino desde la piel
de quien aprendemos a amar.

viernes, 31 de julio de 2026

Tormenta.

Y el viento comenzó sacudiendo las nubes,
como si quisiera arrancarlas del cielo
para dejar al mundo suspendido
en un instante sin tiempo.
Las nubes fueron cubriendo las estrellas,
una tras otra, hasta que la luna,
con la timidez de quien conoce un secreto,
se fue escondiendo lentamente
detrás de aquel inmenso telón gris.
La habitación quedó envuelta
en una oscuridad apenas interrumpida
por los relámpagos lejanos
que, por un segundo,
dibujaban el contorno de nuestros cuerpos.
La ventana al balcón permanecía cerrada.
No hacía falta abrirla.
La lluvia entraba igual,
convertida en música,
en perfume de tierra mojada,
en el rumor incesante
que parecía marcar el compás
de cada respiración compartida.
Entonces me acerqué a vos.
Y te besé
como si aquel beso
fuera el último refugio
antes de que el universo dejara de girar.
Vos, lentamente,
con la calma de quien conoce el camino,
me abrazaste como si fuera la primera vez
que dos cuerpos desnudos
se descubrían en la penumbra,
sin promesas, sin relojes,
sin otro destino que el de permanecer juntos.
La lluvia golpeaba los cristales
con una paciencia infinita.
Cada gota parecía escribir
una palabra distinta
sobre la ventana empañada.
Y nuestros silencios decían mucho más
que cualquier conversación.
Un trueno desgarró el cielo.
Su voz profunda
interrumpió por un instante
la melodía del agua.
Pero apenas duró un segundo.
Porque enseguida volvimos
a encontrarnos, como dos mares
que conocen desde siempre
el camino hacia la misma orilla.
Tu respiración cambió de ritmo,
y una sonrisa luminosa,
nacida del placer y de la confianza,
encendió tu rostro más que cualquier relámpago.
El tiempo perdió su forma,
los minutos pasaron al galope,
como caballos desbocados cruzando la noche.
Otro trueno y casi al unísono,
entre risas, decidimos abandonar por un momento
el refugio de la cama.
Caminamos descalzos por el living silencioso,
mientras la tormenta seguía escribiendo su concierto
del otro lado de los vidrios.
Dos tragos compartidos, un beso robado.
Algunas caricias que parecían continuar
la conversación que habían iniciado nuestros labios.
La mesa fue testigo de nuestras sonrisas,
de las miradas largas, de esa complicidad
que sólo conocen quienes han aprendido
a desnudarse mucho antes que quitarse la ropa.
Después volviste a buscar mi boca.
Y entre un beso y otro,
con una voz apenas audible,
pediste regresar a la cama,
como quien vuelve
al lugar donde los sueños
se confunden con la realidad.
La lluvia comenzó lentamente
a disminuir su canto.
Las gotas ya no corrían con furia.
Ahora caían despacio,
como si el cielo también quisiera descansar.
Y mientras la tormenta
se despedía del amanecer,
el silencio de la habitación
se llenó de respiraciones entrelazadas,
de abrazos largos, de piel tibia
y de esa paz que sólo nace
después de haber amado intensamente.
Permanecimos así,
abrazados durante largos minutos,
con el cansancio dulce
de quienes han recorrido
un largo viaje sin moverse del mismo lugar.
Afuera, la primera claridad del día
comenzó a filtrarse entre las cortinas.
Las nubes abrían lentamente
un pequeño camino para la mañana.
La lluvia ya era apenas un recuerdo.
Y comprendimos,
sin necesidad de decir una sola palabra,
que algunas noches no terminan cuando amanece.
Permanecen para siempre
en la memoria de la piel,
en el perfume de una habitación,
en el eco lejano de los truenos,
en la música de la lluvia
y en ese abrazo final
que convierte una tormenta
en un recuerdo imposible de olvidar.

miércoles, 29 de julio de 2026

Secretos incendios.

 Su sonrisa alegra el día, 
le pone sol a las nubes y se lleva el mal clima
como el viento que baja de las montañas. 
No conozco tormenta capaz de quedarse a su lado; 
cuando aparece, hasta la lluvia se vuelve una caricia 
sobre los balcones de Buenos Aires.
Hay una sabiduría antigua 
en la extensión de su sonrisa, 
como si hubiera nacido para enseñarme 
que la felicidad cabe en un instante, 
en una mirada, 
en el roce distraído de sus manos sobre mi piel.
Cuando la intimidad nos encuentra, 
el mundo parece perfecto durante un largo tiempo. 
Las horas dejan de existir y el silencio 
aprende a respirar entre nuestros cuerpos. 
Entonces descubro que su piel 
guarda todos los paisajes que jamás imaginé recorrer.
Su cuerpo es como la ruta cuarenta, 
infinita y maravillosa, atravesando desiertos y primaveras, invitándome a perderme en cada una de sus curvas 
como quien contempla la inmensidad de esta Argentina 
bella que me habita el pecho. 
Hay en ella montañas donde quisiera descansar mis labios y horizontes que despiertan mis más secretos incendios.
Su presencia es el remedio contra la hipocresía de los días grises,
el susurro que vence a los gritos
que escapan de un Buenos Aires enfermo de prisas y nostalgias. Ella llega y la ciudad cambia de nombre; 
las calles se vuelven más tibias, 
las ventanas se llenan de luna y 
las estrellas deciden quedarse un poco más en el cielo.
En las noches en que la luna derrama su luz sobre nosotros, 
mi deseo la recorre lentamente, 
como el río que busca el mar sin apresurarse jamás. 
Su perfume se queda conmigo hasta el amanecer, 
y su respiración tiene la dulce costumbre 
de ordenar todos mis desvelos.
Hay mujeres que son un poema. 
Ella es la poesía completa, 
la que se pronuncia con los ojos cerrados, 
la que eriza la piel con un simple suspiro, 
la que convierte una caricia en un universo.
Y una noche cualquiera en un recuerdo imposible de olvidar.
Y mientras el mundo continúa girando allá afuera, 
yo me quedo contemplando la forma 
en que su sonrisa sigue poniéndole sol a mis nubes. 

martes, 28 de julio de 2026

Con o sin Faina.

 El tiempo nos jugó rápido,
como juegan los bondis cuando uno corre bajo la lluvia
y el chofer decide que todavía vale la pena esperarte.
Nos jugó rápido.
Un día éramos dos desconocidos
preguntándonos pavadas,
inventándonos futuros que no tenían dirección ni código postal,
y al otro día
ya sabíamos cómo le gusta el café al otro,
de qué lado de la cama duerme,
qué canción escucha cuando el mundo le queda demasiado grande
y cuál es la cicatriz que todavía no aprendió a mostrar.
Saltamos de la cocina al comedor,
del comedor al dormitorio,
como quien cambia de estación en la radio
hasta encontrar esa canción
que parece escrita para uno.
Y de repente, sin que nadie nos avisara,
pasamos de un sábado de paseo
a maratones de series que nunca terminan,
a dejar una prenda olvidada,
a compartir la contraseña del wifi,
los silencios y las ganas de quedarse.
Porque el amor, al menos en Buenos Aires,
no entra vestido de poeta romántico.
El amor entra con humedad.
Con las zapatillas mojadas.
Con olor a café recién hecho.
Con el subte B explotado un lunes a las ocho.
Con una bolsa de libros comprados sobre Corrientes
y dos porciones de muzzarella, comidas de parado
mirando cómo la ciudad se niega a dormirse.
Pasamos los resfríos, las medias gripes,
las alergias del otoño y las ojeras del invierno.
Esas pequeñas epidemias domésticas
que del ajeno se hacen propias
y de propias se vuelven nuestras.
Porque un día descubrís
que ya no te importa enfermarte
si eso significa quedarte abrazando al otro.
Y aunque intentemos evitarlo,
siempre volvemos al mismo vicio.
Besarnos con ese color frutilla que tienen algunos besos,
como si fueran el primero
y al mismo tiempo el último.
Besarnos como si el tiempo fuera una moneda falsa,
como si mañana no existiera,
como si todavía nos sorprendiera encontrarnos desnudos
en la mitad de una madrugada cualquiera.
Los días corren, como corre el Río de la Plata
cuando se pone gris y parece mar.
Corren como los taxis vacíos después de las tres.
Como las agujas del reloj del Once.
Como las hojas de los libros usados
que alguien dejó olvidados en una librería de viejo.
Corren como la vida.
Y un día nos encontramos conversando.
No importa demasiado sobre qué.
Puede ser sobre política,
sobre un disco que escuchábamos a los veinte,
sobre por qué las plantas del balcón se nos siguen muriendo,
o sobre la mejor manera de hacer milanesas.
Porque el amor también es eso,
tener con quién discutir si la pizza se come con fainá o sin ella.
Mientras hablamos, alguien nos mira.
Otros nos ignoran.
Pero eso también es la vida.
La ciudad sigue girando alrededor nuestro
sin preguntarnos absolutamente nada.
Hay una pareja besándose en el subte.
Un hombre duerme sobre un diario viejo.
Un músico callejero desafina un tango hermoso.
Una mujer se ríe sola leyendo un mensaje.
Y nosotros seguimos caminando.
Por Corrientes.
Entre teatros que no se resignan,
entre librerías abiertas hasta tarde,
entre la grasa gloriosa de las pizzerías,
entre fantasmas de poetas borrachos,
de tangueros enamorados
y rockeros que todavía creen que una canción 
puede salvarte una noche.
Buenos Aires tiene esa costumbre,
te rompe un poco el corazón
para enseñarte a querer mejor.
Y nosotros,
que llegamos sin saber demasiado,
terminamos aprendiendo a abrazarnos 
en esta ciudad húmeda,
hermosa y ligeramente rota.
Nos vamos a dormir tomados de la mano.
Sin luna.
Con la humedad pegándose a las persianas,
con algún colectivo pasando a lo lejos,
con un perro ladrándole vaya uno a saber qué fantasma.
Y pienso que el amor no era aquello que 
me prometieron las películas.
No era París, no era Venecia.
No era un vals perfecto.
Es Buenos Aires un martes cualquiera.
Es encontrar tus medias mezcladas con las mías.
Es esperarte mientras te lavás los dientes.
Es que me preguntes si tengo frío.
ES caminar Corrientes a las once de la noche 
buscando un libro que no necesitamos comprar.
ES quedarnos abrazados mientras la televisión ilumina 
Apenas la pieza, compartir los resfríos, compartir el tiempo.
Porque el tiempo nos jugó rápido,es cierto.
Nos empujó de golpe hacia la costumbre.
Pero qué hermosa palabra cuando está hecha de amor.
Que se haga costumbre tu mano buscando la mía.
Que se haga costumbre el ruido de tus llaves en la puerta.
Que se haga costumbre escucharte respirar.
Y cuando la ciudad finalmente cierre los ojos,
cuando los bares apaguen sus luces
y el último colectivo se pierda en la madrugada,
quiero que nos encuentre así, abrazados,
un poco despeinados, con olor a lluvia y a café,
escuchando algún viejo rock nacional 
que nos recuerde quiénes fuimos,
mientras Buenos Aires,
esa vieja tanguera que nunca aprendió a dormirse,
nos mire desde la ventana y sonria......

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...