viernes, 13 de marzo de 2026

 Los aviones pasaban dejando en el cielo una línea invisible que separaba las partidas de las llegadas. 
Rugían sobre nuestras cabezas como grandes pájaros metálicos, anunciando destinos, despedidas y regresos. 
Pero esa noche no hablábamos de viajes ni de aeropuertos. Nuestro tema estaba más cerca, casi al alcance de la mano, del otro lado de la avenida, donde la vereda nos acercaba al río.
Allí flotaba en el aire un perfume inconfundible: el aroma del choripán y la bondiola asándose lentamente. No era el fuego antiguo de leña que alguna vez encendía las parrillas; ahora todo ardía bajo la llama ordenada del gas de garrafa. 
Una ordenanza municipal, nacida de algún escritorio prudente, había decretado que los leños podían ser peligrosos. 
Tal vez fuera cierto. Tal vez el progreso también consistiera en domesticar el fuego. Pero el aroma seguía siendo el mismo, obstinado, atravesando la noche como una promesa simple y terrenal.
Caminábamos despacio, sin prisa, como si la noche nos perteneciera. Íbamos a visitar a Colón.
Ese viejo marino que un día alguien decidió desmontar, casi como si la historia pudiera desarmarse a martillazos. 
Dicen que fue una señora quien ya no quiso verlo más y ordenó que lo bajaran, que lo separaran en pedazos y lo dispersaran sin pensar demasiado en el orgullo de los genoveses ni en las viejas travesías del navegante. Pero el tiempo, que suele ser más paciente que las decisiones humanas, terminó devolviéndole su lugar.
Ahora Colón estaba otra vez allí: alto, esbelto, mirando el río. Como corresponde a un marino que pasó la vida persiguiendo horizontes.
Entre el agua oscura y la pista de aterrizaje caminábamos abrazados.
Era una de esas noches en que el fresco empieza a insinuarse con suavidad, apenas lo suficiente para obligar a buscar el calor del otro. Vos me abrigabas con un gesto simple, natural, y yo te tomaba de la mano como si ese gesto fuera la forma más antigua y más cierta de sostener el mundo.
Hablábamos de la vida.
De esas cosas que parecen pequeñas cuando se dicen en voz alta pero que en realidad sostienen la existencia: recuerdos, sueños, anécdotas, proyectos, los tropiezos que nos trajeron hasta ese momento preciso en que el río respiraba a nuestro lado.
Más adelante la vereda se ensanchaba, como si la ciudad hubiera decidido hacer una pausa allí. 
El aire corría libre, mezclando perfumes: el del río ancho y oscuro, el de las parrillas cercanas, el de tu piel que el viento acariciaba antes de alcanzarme.
Había algo en ese instante que parecía suspendido fuera del tiempo.
Los aviones seguían pasando, marcando destinos lejanos. El río seguía avanzando con su paciencia milenaria. Y nosotros, entre esas dos fuerzas, el viaje y el agua, caminábamos despacio, como si cada paso fuera una manera de escribir la noche.
Era una noche más, podría decir cualquiera.
Pero no lo era.
Porque en esas caminatas simples, sin grandes ceremonias ni promesas solemnes, algo empezaba a revelarse. 
Mientras redescubríamos Buenos Aires, sus orillas, sus historias, sus monumentos reconstruidos, también nos descubríamos nosotros mismos.
Entre poemas improvisados, relatos que nacían de la memoria y pequeñas anécdotas que parecían insignificantes, la noche se iba llenando de sentido.
Y allí, a la orilla de un río al que la ciudad decidió un día darle la espalda, nosotros habíamos encontrado otra forma de mirarlo.
Tal vez porque los ríos saben algo que las ciudades olvidan:
que todo fluye, que todo cambia, y que hay momentos raros, luminosos, en que dos personas caminando juntas pueden sentir, por un instante, que el mundo entero respira al mismo ritmo que sus pasos.


 Llovió…
y el cielo, bandoneón herido,
apretó sus nubes contra el pecho
dejando caer sus notas de agua
sobre las veredas cansadas de la ciudad.
Llovió,
y cada gota fue un suspiro
que el río guardó en silencio,
mientras el viento ese viejo malevo
arrastraba recuerdos por las esquinas.
Llovió…
y en los charcos dormidos
se reflejaron las luces de la noche
como faroles temblando
en el corazón mojado de Buenos Aires.
Pero después del llanto del cielo
salió el sol,
como un abrazo tibio
para los que todavía creemos
que el amor puede salvar el día.
Entonces sonó el saxo para mí,
lloró el piano para vos,
y la orquesta entera se levantó
como un tango infinito
que caminaba despacio por la avenida.
Llovió…
pero marzo abrió sus alas
como un patio lleno de glicinas,
y la ciudad respiró profundo
el perfume húmedo de los sueños.
Y ahí estábamos nosotros,
dos locos felices
pedaleando la vida en bicicleta
por las calles de Buenos Aires.
Las ruedas giraban como el tiempo,
los semáforos guiñaban sus ojos de colores,
y la brisa del río nos contaba secretos
que solo entienden los enamorados.
Pasamos por plazas dormidas,
por bares donde la nostalgia
se queda fumando en la ventana,
y por balcones donde la luna
empieza a colgar sus pañuelos de plata.
Llovió…
pero ya no importaba.
Porque en cada esquina
tu risa era un farol encendido,
y en cada pedalada
mi corazón marcaba el compás del tango.
Esperamos la noche
como esperan los puertos a los barcos,
como espera la guitarra
la caricia de una mano.
Y cuando la luna finalmente salió
redonda y silenciosa
sobre el río oscuro,
nos detuvimos.
La ciudad respiraba despacio,
el viento se quedó callado,
y el mundo entero parecía escuchar
el latido de ese momento.
Entonces nos besamos.
Y en ese beso
la lluvia, el sol, la música y la ciudad
se hicieron uno solo.
Porque hay lluvias que borran tristezas,
y hay besos
que vuelven eterno
un simple instante de amor
en Buenos Aires.


El sol se escondió cansado
detrás de la vieja avenida,
y en el último piso del barrio
la lluvia seguía cayendo.
La vereda guardaba en silencio
cicatrices de años perdidos,
debajo de alguna alfombra
de sueños que no han vuelto vivos.
Un tango en re sostenido
se alzó desde algún bandoneón,
y el barrio quedó enmudecido
escuchando su confesión.
El tránsito quedó dormido
y la luna empezó a mirar
cómo sonreeian los balcones
viendo la noche llegar.
Entonces tomé tu mano
como quien vuelve a creer
y caminamos despacio
sin saber qué iba a llover.
De los balcones caían
hojas secas del viejo otoño,
como cartas olvidadas
que nunca dijeron tu nombre.
Y cuando la lluvia volvió
a lavar la triste avenida,
las alcantarillas lloraron
todo el dolor de la vida.
Porque en cada gota que cae
late un recuerdo de él.
Esa sombra que en tù tango
todavía camina en la vereda.
 Si volviera
Arturo Jauretche
con su saco gastado
y ese modo de mirar Buenos Aires


como quien lee un libro abierto 
en los cordones de la vereda,
no hablaría primero en conferencias
ni en universidades.
Se sentaría en un café cualquiera,
de esos donde el pocillo es corto
y la charla larga, y escucharía.
Escucharía la radio
donde todos opinan del país
como si fuera un partido de domingo.
Escucharía a los doctores
que explican la Argentina
como si fuera un error estadístico.
Y después,
con esa ironía de barrio
que parecía sonrisa
pero era bisturí, diría despacio:
Mire compañero…
las zonceras no se murieron.
Se multiplicaron.
Porque ya no vienen
solo en libros finos
ni en discursos solemnes.
Ahora vienen en pantallas,
en frases de moda,
en expertos que hablan de la patria
como si fuera un balance contable.
Y entonces recordaría
su viejo mapa del engaño:
Manual de zonceras argentinas
abierto otra vez
como un manual de supervivencia nacional.
Las mismas trampas
con distinto maquillaje.
La vieja idea
de que lo nuestro vale menos.
La vergüenza de ser
lo que somos.
Diría también que el país no se pierde
solo cuando lo venden, sino cuando lo explican
sin haberlo caminado.
Porque la Argentina no está en los informes
ni en las embajadas
ni en los congresos de economistas.
Está en el colectivero
que sabe más de inflación
que veinte consultoras juntas.
Está en la jubilada que hace milagros
con la misma plata
con la que otros hacen teorías.
Y entonces recordaría
a esos que describió hace tanto
en otro espejo incómodo:
El medio pelo en la sociedad argentina
Ese país que quiere parecer lo que no es,
que pide permiso para existir
y después se ofende cuando lo ignoran.
Jauretche miraría alrededor
y vería algo más triste todavía:
no el error, sino la costumbre del error.
La resignación elegante.
La inteligencia usada
para justificar la derrota.
Y tal vez escribiría otra vez
contra esos profetas
que anuncian la desgracia
como si fuera ciencia exacta:
Los profetas del odio
Pero esta vez no serían solo escritores.
Serían panelistas.
Consultores.
Especialistas en explicar
por qué siempre debemos perder.
Diría, quizá,
que el problema no es equivocarse.
El problema
es pensar con cabeza prestada.
Y que una nación
no se destruye de golpe.
Se desgasta.
En pequeños desprecios.
En imitaciones torpes.
En el orgullo
de repetir frases extranjeras
sin entender la propia calle.
Entonces miraría el Río de la Plata
gris como siempre
y hermoso como siempre
y diría algo simple:
Este país no necesita salvadores.
Necesita memoria.
Necesita coraje
para pensar desde acá
y no desde los manuales.
Y antes de levantarse del café
anotaría en un cuaderno
la última zoncera del siglo:
creer que la Argentina
es imposible.
Porque si algo sabía
Arturo Jauretche
es que este país
siempre fue improbable.
Pero también sabía
algo que todavía  aprender:
que la patria no es una idea elegante.
Es una pelea diaria
contra el desprecio
y contra el olvido.
Y mientras pagara el café
seguro murmuraría
con una mezcla de tristeza y humor:
El problema, muchachos,
no es que falten Jauretches.
El problema es que todavía sobran
zonceras.

 Mina linda…
vos que le ponés sonrisa al laburo
cuando el día viene cruzado,
vos que alumbrás la mañana
como farol de esquina en barrio viejo.
Te miro y se me hace tango el silencio.
Porque tenés ese no sé qué
de mujer brava y dulce,
de esas que caminan firme
pero te desarman con una risa.
Y mirá que esta ciudad es dura,
pero cuando andás cerca
hasta el empedrado parece cantar.
Yo te imagino conmigo
cuando la noche baja despacito
sobre Buenos Aires.
Caminando por Corrientes
mientras los bares guardan historias
y algún bandoneón se queja en la vereda.
Iríamos sin apuro,
como dos cómplices del destino,
charlando pavadas,
robándole minutos a la madrugada.
Y en una de esas esquinas
de esas que saben de amores bravos
te diría, bajito:
que sos la mujer
que me desarma la rutina,
la que me cambia el paso,
la que le pone música
a mis días grises.
Que si el destino es un tango
medio torcido y sentimental,
yo lo quiero bailar con vos,
mina querida,
por todas las noches del arrabal
y por todos los días que vengan.
 Un día caminamos por la costa,
como si el mundo hubiese decidido
detenerse un momento para mirarnos pasar.
La noche sonreía en silencio,
y el río, paciente y eterno,
nos acompañaba paso a paso
como un viejo amigo
que conoce historias de amor
mucho antes que nosotros.
Las luces de la costanera
dibujaban caminos dorados sobre el agua,
y la brisa traía ese aroma
mezcla de río, de ciudad y de misterio
que solo existe cuando la noche empieza a abrazar al día.
Había bancos mirando al horizonte,
árboles que dejaban caer sus sombras
como si quisieran proteger el momento,
y faroles que parecían encenderse
solo para iluminarnos el camino.
Dicen que hay costaneras
que tienen una magia especial,
que cada municipio guarde la suya
como un pequeño tesoro secreto;
su luz particular, su silencio distinto,
su forma única de hacer latir la noche.
Pero mientras caminábamos
algo empezó a inquietar mis pensamientos.
Porque intentaba descubrir
de dónde nacía esa magia:
si del murmullo del río,
si del reflejo de las luces en el agua,
si de la calma que solo existe
cuando la ciudad se queda en silencio.
Y entonces apareció el dilema.
Porque cada vez que miraba el paisaje
terminaba mirándote a vos.
Y cada vez que quería describir la noche,
mis palabras hablaban de tu sonrisa.
Intenté escribir sobre el río,
pero recordé la forma en que caminabas.
Intenté escribir sobre las estrellas,
pero tus ojos brillaban más cerca.
Intenté escribir sobre la brisa,
pero era tu presencia
la que realmente me hacía respirar distinto.
Entonces entendí algo simple
y al mismo tiempo infinito.
Tal vez la magia no estaba
en la costa iluminada,
ni en el reflejo del agua,
ni en las sombras tranquilas de los árboles.
Tal vez la magia no era del lugar.
Tal vez la magia eras vos.
Porque desde que caminás a mi lado
las noches parecen más suaves,
los ríos más profundos,
las luces más cálidas
y el mundo un poco más hermoso.
Por eso cuando alguien me pregunte
qué tiene de especial aquella costanera
yo no hablaré del río ni de las farolas
ni del silencio de la noche.
Diré algo mucho más simple.
Que una vez caminé por allí
con alguien que tenía la capacidad
de convertir cualquier lugar del mundo
en el sitio más mágico que existe.
Y desde entonces comprendí
que hay paisajes hermosos,
hay noches inolvidables,
hay ciudades llenas de encanto…
pero nada, absolutamente nada,
se compara con la magia
de simplemente caminar a tu lado.


 El viento trae lentamente el otoño
como una carta escrita por el río.
No golpea la puerta del verano,
apenas la entreabre y entra despacio
entre las ramas cansadas de sol.
Las mañanas despiertan más frescas,
con ese silencio de agua dormida
y el aroma húmedo de las islas
que guardan en su sombra
los últimos rumores del verano.
El río se llena de hojas.
Hojas que vienen y van,
que giran sobre la corriente
como pequeños barcos dorados
sin rumbo ni orillas.
Las miro flotar
y pienso que se parecen a mis versos.
También ellos se van en un bote lento
empujado por la marea tranquila.
Se van río abajo
buscando una orilla secreta
donde tus manos los encuentren.
Y cuando regresan
vuelven cargados de besos.
Como la tarde
que cae lenta y espaciosa
detrás de los álamos.
La luz se estira sobre el agua
como un suspiro largo
y el muelle queda solo
escuchando la respiración del río.
La lancha colectiva pasa
cada vez más espaciada,
como si el tiempo mismo
se cansara de apurarse.
El motor se pierde en la distancia
y vuelve el silencio.
Entonces el poeta
se queda mirando el agua.
Besa hojas que el viento entrega.
Besa flores tardías
que todavía creen en el verano.
Besa abrazos
que viven en la memoria del muelle.
Y besa un nombre
que nunca pronuncia.
Porque en el Delta
cuando llega el otoño
el amor tiene una magia distinta.
Una magia que no se explica.
Sucede en la sombra de los juncos,
en el vuelo blanco de una garza,
en el reflejo del cielo
cuando el río se vuelve de oro al atardecer.
Sucede en unos pasos
que caminan entre los álamos
como si siempre hubieran pertenecido a ese paisaje.
El poeta no dice su nombre.
No hace falta.
El río la conoce.
El viento la nombra en secreto.
Las hojas la saludan
cuando pasan flotando.
Y el otoño sigue cayendo
sobre las islas silenciosas.
El poeta escribe.
Escribe mientras el sol se esconde,
mientras el muelle queda solo,
mientras la noche se abre
como una ventana llena de estrellas.
Escribe para ella.
Sin decir su nombre.
Porque el amor en el Delta, en otoño,
tiene esa magia
que sólo sucede allí.
Y para comprenderla
hay que vivirla.
De lo contrario todo sería apenas
otro cuento más de la vida
con viñetas de telenovela.
Pero el río sabe la verdad.
Y las hojas que viajan sobre el agua
se la llevan en silencio.


martes, 24 de febrero de 2026

El pasillo era un río angosto de baldosas tibias que conducía al corazón de la casa. En él crecían dos parras antiguas, enredadas como brazos que se buscan; y al fondo, la tercera chinche. Blanca y moscatel, ofrecían sus racimos dorados como pequeños soles colgando del verano. 
Bajo esa sombra verde, el limonero respiraba en silencio, dejando en el aire un perfume fresco que se mezclaba con el jabón de la ropa recién lavada y el polvo suave de la siesta.
Allí vivían los abuelos, custodios de un tiempo sin apuro. 
Sus voces eran el murmullo de fondo de cada tarde, y sus manos sabían de uvas, de pan y de historias repetidas con la paciencia de quien no teme al reloj.
Atrás, como si el mundo se abriera en otro paisaje, los canarios bordaban el aire con trinos dorados y un zorzal madrugador, siempre a las cinco, rompía la noche con su canto limpio, anunciando el día antes que el sol.
Las palomas levantaban vuelo desde el palomar frente al galpón, un edificio pequeño y noble que guardaba tesoros: el tanque de kerosene, las bicicletas apoyadas contra la pared, el olor a madera y metal. 
En el patio quedaban las huellas del juego, un triciclo que giraba solo después de la carrera, como si la infancia no supiera detenerse; una pelota de cuero gastada en mil partidos, otra de goma que rebotaba contra la pared hasta que alguien gritaba último tiro; la chata de madera con rulemanes, ruidosa y valiente, bajando por la vereda de tierra como un sueño sin frenos.
Al fondo estaba la pileta donde se lavaba la ropa, espejo de cielo en los días claros. La escalera de madera crujía cuando alguien subía a tender las sábanas que flameaban como banderas blancas de un país sencillo y feliz. Cada rincón tenía una respiración propia. Cada objeto guardaba una risa.
Era una casa con dos casas, un pasaje que contenía un mundo. Padres, tíos, abuelos: generaciones entrelazadas como las parras del pasillo. 
La puerta al patio principal siempre abierta, porque la confianza era más fuerte que cualquier cerradura. La calle primero de tierra, después asfaltada no logró borrar las marcas de las rodadas ni el polvo que nos pintaba las rodillas. El asfalto cambió el color del suelo, pero no el alma del barrio.
El patio era de todos. Los vecinos se saludaban como parientes verdaderos. Se compartía el mate, la mesa, la sombra, la preocupación y la fiesta. No había rejas. No había llaves en la puerta de calle. Había una certeza: nadie era extraño.
Hoy las puertas se cierran con doble vuelta y las miradas se esquivan. La calle parece más ancha y, sin embargo, más solitaria. Pero en la memoria ese territorio donde nada se pierde. el zorzal sigue cantando a las cinco, las palomas levantan vuelo en una nube blanca, el triciclo gira sin caer y las parras vuelven a cubrir el pasillo con su sombra generosa.
Aquel pasaje no fue solo un lugar.
Fue una manera de estar en el mundo.
Una historia que aún late.
Una vida que ya no existe como entonces, pero que permanece intacta, suspendida en la luz dorada de aquellos días sin rejas, sin llaves y sin miedo, donde la felicidad cabía entera en un patio compartido.



viernes, 13 de febrero de 2026

 Quiero recorrer tu cuerpo
como se recorre un territorio sagrado, sin prisa,
con hambre y con respeto,
dejando que mis sentidos aprendan
cada curva, cada umbral.
Ser el guardián de tu piel,
el que vela tus sombras
y enciende tus luces.
Entrar en tus secretos
no como invasión,
sino como destino.
Borrar con mi boca
las huellas del miedo,
explorar tus rincones
hasta que el deseo diga basta
y aun así seguir.
Derramar en vos mi marea,
confundir mi aliento con el tuyo,
habitar ese espacio donde tu voz palpita
y mi nombre se vuelve necesario.
Prometo cuidarte en el fuego,
mimarte en la calma,
hacerte sentir completa,
plena como la luna cuando no se esconde.
Prometo ocupar tu pensamiento
con dulzura y delirio,
recorrer tu conciencia
hasta que no sepas
dónde terminás vos
y dónde empiezo yo.
Viviré para darte mi ternura,
para contagiarte mi locura lenta,
para internarme en la espesura
de ese misterio que custodiás
y quedarme allí.
Y lo digo, si no cumplo mi promesa,
si no te honro, si no te cuido,
que el deseo mismo me juzgue,
porque amarte así es mi única verdad.


 A orillas de tu cama te aparezco,
la luna sostiene tu deseo en los cristales
y un estruendo me nombra en tu piel.
Tus ojos me desnudan antes que mis manos,
tu sonrisa esconde incendios
y mi boca aprende el mapa de tu cuerpo
entre suspiros que no piden permiso.
La noche se curva bajo nosotros,
caderas que dialogan sin palabras,
calor, ritmo, vértigo compartido;
otro estruendo rompe el silencio.
Sudor, gemidos, miradas que se aferran,
dos cuerpos buscando caer en el mismo abismo
hasta que el placer nos desborda
y el mundo se apaga un instante.
Luego, el descanso tibio del abrazo,
tu rostro en mi pecho,
un descanso apenas…
y otra vez, inevitablemente,
a orillas de tu cama.
Un beso tuyo no es apenas roce,
es incendio lento que aprende mi nombre,
es la marea tibia que invade mi boca
y la convierte en templo de tu ser.
Cuando tus labios buscan los míos
el mundo se repliega,
late en silencio,
como si temiera interrumpir
el lenguaje húmedo y profundo
que inventamos al tocarnos.
Tu aliento cae sobre mí
como vino derramado en la piel,
dulce y embriagante.
Mis manos recorren tu geografía,
mientras tu boca me reclama
con esa urgencia suave
que solo el amor conoce.
Es un beso largo,
largo como la noche que nos desea,
donde tu boca y la mía
se encuentran, se provocan,
se reconocen sin prisa
y sin culpa.
Tu pecho contra el mío,
tu suspiro rompiéndose en mi garganta,
y esa explosion  que nace bajo la piel
cuando el deseo deja de ser idea
y se vuelve fuego compartido.
Beso apasionado,
ritual ardiente de dos cuerpos
que se saben elegidos.
En él me pierdo,
en él me entrego,
porque besar tu boca
es tocar el centro mismo
de lo que significa amarte.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...