Los aviones pasaban dejando en el cielo una línea invisible que separaba las partidas de las llegadas.
Rugían sobre nuestras cabezas como grandes pájaros metálicos, anunciando destinos, despedidas y regresos.
Pero esa noche no hablábamos de viajes ni de aeropuertos. Nuestro tema estaba más cerca, casi al alcance de la mano, del otro lado de la avenida, donde la vereda nos acercaba al río.
Allí flotaba en el aire un perfume inconfundible: el aroma del choripán y la bondiola asándose lentamente. No era el fuego antiguo de leña que alguna vez encendía las parrillas; ahora todo ardía bajo la llama ordenada del gas de garrafa.
Una ordenanza municipal, nacida de algún escritorio prudente, había decretado que los leños podían ser peligrosos.
Tal vez fuera cierto. Tal vez el progreso también consistiera en domesticar el fuego. Pero el aroma seguía siendo el mismo, obstinado, atravesando la noche como una promesa simple y terrenal.
Caminábamos despacio, sin prisa, como si la noche nos perteneciera. Íbamos a visitar a Colón.
Ese viejo marino que un día alguien decidió desmontar, casi como si la historia pudiera desarmarse a martillazos.
Dicen que fue una señora quien ya no quiso verlo más y ordenó que lo bajaran, que lo separaran en pedazos y lo dispersaran sin pensar demasiado en el orgullo de los genoveses ni en las viejas travesías del navegante. Pero el tiempo, que suele ser más paciente que las decisiones humanas, terminó devolviéndole su lugar.
Ahora Colón estaba otra vez allí: alto, esbelto, mirando el río. Como corresponde a un marino que pasó la vida persiguiendo horizontes.
Entre el agua oscura y la pista de aterrizaje caminábamos abrazados.
Era una de esas noches en que el fresco empieza a insinuarse con suavidad, apenas lo suficiente para obligar a buscar el calor del otro. Vos me abrigabas con un gesto simple, natural, y yo te tomaba de la mano como si ese gesto fuera la forma más antigua y más cierta de sostener el mundo.
Hablábamos de la vida.
De esas cosas que parecen pequeñas cuando se dicen en voz alta pero que en realidad sostienen la existencia: recuerdos, sueños, anécdotas, proyectos, los tropiezos que nos trajeron hasta ese momento preciso en que el río respiraba a nuestro lado.
Más adelante la vereda se ensanchaba, como si la ciudad hubiera decidido hacer una pausa allí.
El aire corría libre, mezclando perfumes: el del río ancho y oscuro, el de las parrillas cercanas, el de tu piel que el viento acariciaba antes de alcanzarme.
Había algo en ese instante que parecía suspendido fuera del tiempo.
Los aviones seguían pasando, marcando destinos lejanos. El río seguía avanzando con su paciencia milenaria. Y nosotros, entre esas dos fuerzas, el viaje y el agua, caminábamos despacio, como si cada paso fuera una manera de escribir la noche.
Era una noche más, podría decir cualquiera.
Pero no lo era.
Porque en esas caminatas simples, sin grandes ceremonias ni promesas solemnes, algo empezaba a revelarse.
Mientras redescubríamos Buenos Aires, sus orillas, sus historias, sus monumentos reconstruidos, también nos descubríamos nosotros mismos.
Entre poemas improvisados, relatos que nacían de la memoria y pequeñas anécdotas que parecían insignificantes, la noche se iba llenando de sentido.
Y allí, a la orilla de un río al que la ciudad decidió un día darle la espalda, nosotros habíamos encontrado otra forma de mirarlo.
Tal vez porque los ríos saben algo que las ciudades olvidan:
que todo fluye, que todo cambia, y que hay momentos raros, luminosos, en que dos personas caminando juntas pueden sentir, por un instante, que el mundo entero respira al mismo ritmo que sus pasos.


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