viernes, 6 de febrero de 2026

El Molinete.

 Por las noches, cuando ya éramos adolescentes de esos que se sienten grandes, pero todavía conservan el asombro de los chicos solíamos juntarnos en un rincón muy particular del barrio, al lado del molinete, junto a las vías del tren.
No era un lugar cómodo ni glamoroso, pero para nosotros era casi sagrado. Tenía esa magia que solo entienden quienes crecieron compartiendo veredas, secretos y veranos interminables.
A una cuadra de allí estaba la pizzería Los Banderines, en la esquina de Tamborini y Holmberg. Un clásico del barrio. Con esfuerzo juntábamos unas monedas; a veces entre todos, a veces alguno invitaba, y comprábamos una pizza. 
Caminábamos con la caja humeante en la mano, cuidando que no se nos cayera nada, y la apoyábamos en el centro: sobre una piedra, un banquito o directamente en el suelo, como si fuera un altar.
Ahí nos quedábamos por horas, comiendo, charlando, soñando. Hablábamos de todo: fútbol, por supuesto, con discusiones encendidas sobre ídolos, goles memorables y partidos de potrero; también de automovilismo, con la misma pasión con la que otros hablaban de cine o política. Y de la vida misma, aunque en ese momento no nos diéramos cuenta.
Había otro ritual: poníamos monedas de un peso de esas grandes y gastadas sobre el riel del tren. Lo hacíamos con una mezcla de picardía y fascinación. Esperábamos a que el tren apareciera a lo lejos, con su luz cortando la oscuridad, y cuando ya no había vuelta atrás, nos apartábamos y mirábamos cómo aplastaba las monedas. Después íbamos a buscarlas, transformadas en discos delgados, brillantes, casi irreconocibles. Era como una ceremonia, una forma de dejar una pequeña huella en el paso del tiempo.
Y claro, también estaban ellas, las chicas del barrio. A veces lográbamos que alguna se acercara, se sentara con nosotros, y entonces, como quien no quiere la cosa, hacíamos girar el molinete. No tenía ningún propósito real, pero era una excusa para bromear, para robar una sonrisa, para coquetear torpemente con la inocencia y el nerviosismo de los primeros amores.
Ese lugar, ese rincón al lado de las vías, era nuestro mundo. Un espacio suspendido en el tiempo, como si el resto del universo quedara del otro lado del molinete. La vía del tren no era solo una división física del barrio; era una frontera simbólica: estaban los de este lado y los del otro, como si la pertenencia se definiera por dónde pisabas al salir de tu casa.
Y, sin embargo, esa separación nunca fue tan real. Más de una vez la vida se encargó de cruzarnos. Así pasó con Eduardo.  vivía del otro lado, pero un día apareció en la misma escuela, en el mismo grado. Nos miramos como dos rivales que se encuentran en terreno neutral, pero la escuela, los recreos y las tareas compartidas hicieron lo suyo. Nos hicimos amigos y, sesenta años después, seguimos conversando como si nada hubiera cambiado, como si aún estuviéramos sentados al lado del molinete, con una pizza, una moneda y el tren cruzando nuestras vidas.
Hoy ya no podríamos sentarnos ni cinco minutos a charlar ahí, ni siquiera saludarnos. No por el tren, sino por la inseguridad, algo que en aquellos años no era nuestra preocupación. Nos quedábamos sentados a la vera de la vía hasta altas horas de la noche. Es más, en esos tiempos el tren andaba toda la noche; hoy, después de las once, deja de funcionar.
Claro que ahora tenemos teléfonos móviles, internet, wifi y televisores a color con cientos de canales. En lugar de sentarnos junto al molinete, hablamos por teléfono. Pero no es lo mismo.


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