En el pasaje Valderrama el aire era espeso, casi gomoso.
El calor del taller se mezclaba con el olor penetrante del látex, un perfume extraño, medio dulce y medio químico, que se pegaba a la ropa, a las manos y hasta al recuerdo.
Había quienes decían que, después de un tiempo, uno se llevaba ese olor a la cama y lo soñaba.
Para muchos chicos del barrio, ese lugar fue la primera puerta al mundo del trabajo.
Allí, donde parecía que todo era un secreto, aprendían cómo se moldeaban las cosas más comunes y, al mismo tiempo, las más insólitas: las bombitas de carnaval, los globos de cumpleaños, los chupetes de los bebés. Y también, en un rincón que se miraba de reojo, los preservativos que salían de la misma máquina que inflaba sueños y silencios.
El taller de Valderrama era un hervidero. El golpeteo metálico de las prensas se mezclaba con las voces juveniles y las radios siempre encendidas, escupiendo música a todo volumen.
Los más chicos aprendían rápido a sumergir los moldes, dejarlos secar, revisar que ninguna pieza saliera fallada.
El trabajo era repetitivo, pero había un orgullo secreto en ver salir de esas manos jóvenes y endurecidas algo que después estaría en todas las casas: en los cumpleaños, en las calles empapadas de carnaval o escondido en cajones discretos.
Para muchos pibes, esa fue la primera y única escuela. En el barrio la consigna era clara: estudiar o trabajar.
No había demasiado lugar para perder el tiempo en la esquina con una cerveza. Y así, entre charcos de látex, bromas de compañeros y el calor sofocante de las máquinas, se forjaban rutinas y amistades que durarían toda la vida.
El pasaje Valderrama no era grande, pero tenía la magia de las fábricas chicas. El dueño conocía a cada obrero por su nombre: sabía de la madre enferma, del hermano preso, de la novia nueva. No era un patrón distante; era uno más de esos emprendedores de barrio que, sin proponérselo, le daban trabajo a media cuadra y armaban comunidad.
Los jóvenes que entraban al taller salían distintos. Aprendían a manejar el dinero, a llegar a horario, a soportar el cansancio y, sobre todo, a entender que detrás de cada objeto había una historia de manos anónimas. El globo que un chico reventaba de risa en su cumpleaños había pasado por esas mesas de madera gastada. El preservativo que alguien compraba con vergüenza en la farmacia había sido revisado por los ojos atentos de un muchacho que todavía no había usado uno.
Con el tiempo, algunos siguieron en el oficio; otros, con ese primer sueldo, se animaron a estudiar, a buscar otra vida. Pero todos guardaron en la memoria el eco de aquel taller caluroso y peligroso, donde el látex lo impregnaba todo y cada jornada dejaba una lección de barrio y de vida.
Hoy, cuando alguien pasa por el pasaje y recuerda a Valderrama, no piensa solo en un taller. Piensa en un rito de iniciación, en un pedazo de historia colectiva donde se mezclaban el sudor, la juventud y la esperanza de salir adelante. El látex era apenas la excusa. Lo que se fabricaba allí, en verdad, eran futuros.
El calor del taller se mezclaba con el olor penetrante del látex, un perfume extraño, medio dulce y medio químico, que se pegaba a la ropa, a las manos y hasta al recuerdo.
Había quienes decían que, después de un tiempo, uno se llevaba ese olor a la cama y lo soñaba.
Para muchos chicos del barrio, ese lugar fue la primera puerta al mundo del trabajo.
Allí, donde parecía que todo era un secreto, aprendían cómo se moldeaban las cosas más comunes y, al mismo tiempo, las más insólitas: las bombitas de carnaval, los globos de cumpleaños, los chupetes de los bebés. Y también, en un rincón que se miraba de reojo, los preservativos que salían de la misma máquina que inflaba sueños y silencios.
El taller de Valderrama era un hervidero. El golpeteo metálico de las prensas se mezclaba con las voces juveniles y las radios siempre encendidas, escupiendo música a todo volumen.
Los más chicos aprendían rápido a sumergir los moldes, dejarlos secar, revisar que ninguna pieza saliera fallada.
El trabajo era repetitivo, pero había un orgullo secreto en ver salir de esas manos jóvenes y endurecidas algo que después estaría en todas las casas: en los cumpleaños, en las calles empapadas de carnaval o escondido en cajones discretos.
Para muchos pibes, esa fue la primera y única escuela. En el barrio la consigna era clara: estudiar o trabajar.
No había demasiado lugar para perder el tiempo en la esquina con una cerveza. Y así, entre charcos de látex, bromas de compañeros y el calor sofocante de las máquinas, se forjaban rutinas y amistades que durarían toda la vida.
El pasaje Valderrama no era grande, pero tenía la magia de las fábricas chicas. El dueño conocía a cada obrero por su nombre: sabía de la madre enferma, del hermano preso, de la novia nueva. No era un patrón distante; era uno más de esos emprendedores de barrio que, sin proponérselo, le daban trabajo a media cuadra y armaban comunidad.
Los jóvenes que entraban al taller salían distintos. Aprendían a manejar el dinero, a llegar a horario, a soportar el cansancio y, sobre todo, a entender que detrás de cada objeto había una historia de manos anónimas. El globo que un chico reventaba de risa en su cumpleaños había pasado por esas mesas de madera gastada. El preservativo que alguien compraba con vergüenza en la farmacia había sido revisado por los ojos atentos de un muchacho que todavía no había usado uno.
Con el tiempo, algunos siguieron en el oficio; otros, con ese primer sueldo, se animaron a estudiar, a buscar otra vida. Pero todos guardaron en la memoria el eco de aquel taller caluroso y peligroso, donde el látex lo impregnaba todo y cada jornada dejaba una lección de barrio y de vida.
Hoy, cuando alguien pasa por el pasaje y recuerda a Valderrama, no piensa solo en un taller. Piensa en un rito de iniciación, en un pedazo de historia colectiva donde se mezclaban el sudor, la juventud y la esperanza de salir adelante. El látex era apenas la excusa. Lo que se fabricaba allí, en verdad, eran futuros.
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