jueves, 5 de febrero de 2026

Primavera.

 Ese bar tenía ese qué sé yo, que solo tienen los lugares donde uno fue joven sin darse cuenta.
Íbamos a eso de las cuatro de la tarde, una hora, a veces más, antes de entrar a clase en la escuela que quedaba a una cuadra. 
Era una costumbre, casi un rito. Nos sentábamos siempre más o menos en el mismo lugar y pedíamos café, servido en esos pocillos gruesos y pesados que parecían hechos para durar tanto como las charlas. El mozo ya nos conocía; no hacía falta decir demasiado: una mirada bastaba para que el café llegara humeante a la mesa.
Francisco venía de trabajar en una oficina cercana. Llegaba con el saco al brazo y el gesto cansado de quien ya había cumplido con el día. 
Se sentaba, tomaba el primer sorbo y recién entonces empezaba la tarde. Con él hablábamos de política, del país que imaginábamos, del futuro que nos esperaba y que creíamos entender. Discutíamos sin gritar, con convicción y esperanza. También hablábamos de novias, de amores que empezaban o se desarmaban, de ilusiones, de silencios, de promesas. Y de autos, siempre de autos: los que pasaban por la esquina, los que teníamos, los que soñábamos manejar algún día.
Víctor aparecía casi siempre con el diario o algún libro bajo el brazo, mezclado con los útiles. En invierno llegaba envuelto en una larga bufanda blanca y un sobretodo elegante. 
Sus mechas rebeldes, creo que tardaba más en acomodarlas con horquillas para poder entrar en clase que en vestirse; eran parte de su estilo. Pero cuando hablaba, encontraba siempre la palabra justa para cualquier tema que tocáramos, como si pensara despacio para decir algo que valiera la pena.
A la mesa se sumaba Alberto, el Tano, y todo se volvía más animado. Llegaba en el 156, igual que yo. A veces aparecía Julio, siempre temprano, escuchando más de lo que hablaba. Oscar llegaba con su Jeep, Antonio venía desde Saavedra, y así la mesa se iba llenando de voces, de risas, de anécdotas que se mezclaban con el aroma del café. Más de una vez completábamos la boleta del Prode, que costaba un peso, convencidos de que la suerte también podía sentarse con nosotros.
Ese bar era refugio de muchos colectiveros, porque justo enfrente estaba la estación del Mitre, Rivadavia. Era un lugar de paso que se volvió encuentro, una pausa necesaria en medio de la rutina. Las monedas tenían valor: con ellas pagábamos un café, un boleto, una tarde entera. Sin saberlo, también comprábamos recuerdos.
Pasaron más de cincuenta años y todavía nos seguimos encontrando. Ya no hay uniformes ni horarios que apuren, pero siguen intactas las ganas de conversar, de contar, de escuchar y de sonreír como entonces. Como en aquellas tardes en que la vida transcurría, simple y enorme, en ese bar.
Ah, no lo dije antes: ese bar se llamaba Primavera. Pero, a diferencia de la primavera del año, ese bar no volvió. Lo único que quedó fue lo mejor que pudo haber dejado: los amigos que hicimos en él.

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