Valderrama, entre Tronador y la plaza.
El pasaje todavía en penumbra, cuando la madrugada no se decide a irse y el día aún no se anima a llegar. La calle húmeda, la vereda fría, el silencio apenas roto por algún pájaro temprano.
Ahí, en la mano par del pasaje, estacionado con cuidado, descansaba el camión antiguo, verde, pintado a pincel, con las marcas del rodillo visibles, como cicatrices nobles del trabajo.
Detrás del camión de Don Pedro, alineados como viejos conocidos que se entienden sin hablar.
El Ika baqueano parecía parte del barrio.
El pasaje todavía en penumbra, cuando la madrugada no se decide a irse y el día aún no se anima a llegar. La calle húmeda, la vereda fría, el silencio apenas roto por algún pájaro temprano.
Ahí, en la mano par del pasaje, estacionado con cuidado, descansaba el camión antiguo, verde, pintado a pincel, con las marcas del rodillo visibles, como cicatrices nobles del trabajo.
Detrás del camión de Don Pedro, alineados como viejos conocidos que se entienden sin hablar.
El Ika baqueano parecía parte del barrio.
No era solo un vehículo: era presencia. Había que mirarlo despacio para entenderlo. El verde no era perfecto, pero era fiel. Cada mano de pintura contaba una historia. Don Arnaldo lo había hecho suyo, y después su hijo Arnaldo lo heredó como se heredan las cosas importantes, sin papeles, solo con responsabilidad.
Antes de que despuntara el día, padre e hijo salían juntos. La noche todavía se apoyaba en los faroles cuando cerraban la puerta y caminaban hacia el camión. No había apuro, pero sí destino. Mataderos los esperaba. Achuras, embutidos, carne fresca. El recorrido estaba aprendido de memoria, como una oración repetida durante años.
Vestidos de blanco, casi uniformados, cruzaban Buenos Aires mientras la ciudad se desperezaba. En el centro los conocían. Los esperaban. Sabían que iban a llegar. Y cuando el trabajo terminaba, el regreso era siempre el mismo: el pasaje, la esquina, la ceremonia del agua.
El camión volvía a su lugar, detrás del de Don Pedro, y entonces todo se detenía un poco. Los tachos con ruedas de acero inoxidable bajaban a la vereda. El hidrante se abría con un palo de escoba trabando el chorro. El agua salía con fuerza, corría por la cuneta, arrastraba restos del día. El acero giraba, la caja del furgón se lavaba con una precisión silenciosa, casi respetuosa. No se dejaba nada al azar. Era limpieza, pero también orgullo.
Y sin embargo, el aroma quedaba.
Siempre quedaba.
Se mezclaba con la mañana, con el barrio despertando, con la vida que empezaba a salir a la calle. Mi viejo me compraba chorizos para la parrilla: salames, chorizo colorado, bondiola. Cosas simples que hoy pesan como tesoros. En ese entonces nadie pensaba en guardarlas; simplemente estaban ahí, sucediendo.
Un día Don Arnaldo murió. Demasiado joven. El pasaje lo sintió. La esquina quedó rara, como si algo hubiera cambiado de lugar. El camión siguió estacionando en la mano par, pero faltaba una voz, una sombra, una presencia. Su hijo siguió solo. Siguió porque no sabía hacer otra cosa, y porque seguir también era una forma de recordar.
Lo vi pintar la caja otra vez de verde, con un rodillito, con paciencia. Lo vi hablar de Platense como quien habla de la familia, con bronca, con amor, con fe. El oficio continuaba. El ritual también. Aunque algo ya no fuera igual.
Con los años me quedaron esas imágenes: el camión quieto detrás del de Don Pedro, el agua corriendo por la calle, el olor persistente, la vida en la vereda, la puerta abierta, el barrio como extensión de la casa. Vivíamos afuera, nos conocíamos, nos mirábamos.
Hoy las puertas están cerradas. Vivimos más adentro que afuera. No están esos aromas, no sabemos quién vive enfrente. La modernidad llegó, y con ella el miedo. Pero el pasaje sigue. Sigue respirando historias. Y a veces, muy temprano, cuando el día todavía no nació del todo, parece que todo vuelve a su lugar: el camión verde, Don Arnaldo, su hijo Arnaldo, Don Pedro, el agua, el olor, el barrio despertando despacio.
Nada de eso se fue del todo. Solo aprendió a quedarse en la memoria.
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