miércoles, 25 de diciembre de 2024

 El encanto de una tarde de domingo,
cuando el sol del verano
acaricia tu rostro humedecido,
y ese aroma a azahares recién cortados
se desliza por el aire
como un susurro de la tierra.
Una brisa tenue, cómplice del río,
acompaña el murmullo de las aguas
que cantan historias de encuentros.
Tu sonrisa ilumina el paisaje,
tu mirada, esa chispa que convierte
lo simple en eterno.
Las nubes, en su cabalgata interminable,
dibujan formas que solo la imaginación
pueden descifrar.
Un elefante, un barco,
un corazón efímero,
todo pasa, pero en el cielo queda la esencia
de lo soñado.
Buenos Aires respira esta tarde,
a veces triste, a veces alegre.
El eco de un tango lejano
se desliza entre las calles,
con ese dejo de nostalgia
que solo el bandoneón sabe traer.
Es el fin de la tarde,
el preludio de una semana
que se asoma detrás del horizonte.
Las rutinas aguardan,
bajo los zapatos gastados,
pero por ahora, todo se detiene.
La vida es este instante:
la brisa, el río, y vos.
Tu risa suave se mezcla con el aire,
y yo descubro,
en el encanto de esta tarde de domingo,
que no hay tiempo más perfecto
que aquel que comparto con vos.
 El sol se escondía detrás de los sauces del Delta del Tigre, pintando el río con tonos dorados y rojizos, como si el cielo supiera que esa noche sería especial. Ella encendió las luces del pequeño árbol que habían armado juntos en la cabaña. Él, con una sonrisa que le iluminaba el rostro, terminaba de acomodar la mesa en el muelle, bajo un cielo que prometía estrellas infinitas.

No había grandes decoraciones ni bullicio, solo el murmullo del agua acariciando la madera y el canto lejano de algún ave nocturno. Esa sencillez les bastaba; era su primera Nochebuena juntos y querían que fuera un reflejo de lo que habían encontrado en el otro: paz, complicidad y un amor que no necesitaba adornos.
Se sentaron frente a frente, rodeados de velas y con una brisa que traía el aroma de los pinos cercanos. Brindaron con copas que reflejaban la luna, agradeciendo el año que los había unido y soñando con los días por venir.
—No puedo imaginar un lugar mejor para estar —dijo ella, entrelazando su mano con la de él.
—Ni una persona mejor con quien compartirlo —respondió él, con una ternura que le llenó los ojos de lágrimas.
Tras la cena, decidieron caminar por la orilla, llevando una linterna que apenas necesitaban gracias al fulgor del cielo despejado. Los sonidos del Delta eran su música: el croar de las ranas, el crujir de las ramas al ritmo del viento y el chapoteo suave de los peces.
De regreso, se sentaron en el muelle, en silencio, mirando las luces de las casas vecinas que parpadeaban como estrellas terrenales. Él sacó una guitarra que había escondido como sorpresa y comenzó a tocar una melodía suave, una canción que hablaba de amor y nuevos comienzos.
Esa noche no hubo fuegos artificiales ni grandes festejos, pero mientras se abrazaban bajo el cielo del Delta, supieron que habían creado un recuerdo único, un momento que guardarían en el corazón como el verdadero espíritu de la Navidad: el de estar juntos, en paz y llenos de amor.


Se va el año, compadre, y en su retirada
quedan las calles de un tango dolido,
el empedrado guarda en su mirada
las mil ausencias que nos trajo el olvido.
Fuelle que llora, desde un balcón lejano,
como si supiera que el tiempo no espera.
Las noches de humo y vino en la mano
se vuelven fantasmas de otra primavera.
Se va el año, porteño, y en cada esquina
late el murmullo de un barrio cansado,
pero el amor, ese que nos ilumina,
brilla en tu abrazo, mi refugio sagrado.
Con vos viví lo dulce y lo amargo,
la milonga eterna de un mundo que gira.
Bailamos entre sueños que se hicieron largos
y en tus ojos hallé la paz que suspira.
Brindemos, querida, por lo que partimos,
por las esquinas que nunca olvidamos,
y que el año nuevo traiga caminos
donde el amor sea lo que armamos.
Fuelle, seguí llorando, que esta despedida
tiene nostalgia, pero no es derrota.
El tango sabe que en la vida vivida
cada compás es un beso que flota.
Se va el año, compadre, bajo la luna,
y el reloj marca que todo empieza.
En Buenos Aires, donde el alma es una,
y cada final; siempre tiene una sorpresa.

domingo, 22 de diciembre de 2024


 El sol esquiva las nubes,
las estrellas juegan con la luna,
y el pasado se divierte en el presente,
sabedor de que, en el futuro,
todo será olvido.
Tus cabellos,
libres en el aire,
parecen retratos
de momentos maravillosos.
Tus labios,
brillantes y suaves,
lucen matices que bailan
dentro de la misma gama,
como si el invierno y el verano
se encontrasen en ellos.
Hoy, el sol se va
pocos minutos después de las veinte,
despidiéndose con un abrazo cálido,
pero hace meses,
a esa misma hora,
ya cenábamos en la oscuridad.
El cielo, antes cerrado y mudo,
se alzaba sobre nosotros
como un refugio eterno,
y yo te abrazaba.
Sonreías entonces,
como sonríes hoy,
aunque ahora bailes al compás
del calor que enciende la piel.
Recuerdas la ropa que te abrigaba,
los tejidos gruesos
que el frío exigía.
Pero todo cambia,
menos el amor.
Ese amor que permanece,
firme como la raíz de un árbol
que no cede ante las estaciones.
En cada cambio,
en cada giro,
hay una constante:
la amistad que florece en el alma,
el amor que nos envuelve
en sus brazos invisibles,
y esos momentos donde,
a solas,
nos decimos los secretos más íntimos
al oído,
sin que la luna se entere.
Ella, testigo eterna,
nuestra fiel compañera,
es la única que sabe,
entre las sombras y la luz,
que de cambio en cambio,
el amor incondicional
es siempre el mismo.

 El sabor del café,
recién filtrado,
y ese aroma a tostadas del amanecer,
pintan la cocina
con los colores de un nuevo día.
La mesa, las sillas,

los pequeños detalles
hablan en susurros de un amor eterno,
un amor que no se detiene
ni con el tiempo,
ni con la distancia.
En cada rincón,
en cada sombra cálida,
están los que se fueron.
Danzan entre el perfume del café,
se ocultan entre los pliegues del silencio,
y con cada rayo de sol
acarician nuestras mejillas,
recordándonos que nunca se han ido del todo.
Ellos sonríen desde el misterio.
Sonríen al vernos avanzar,
al ver que la vida continúa,
que aprendamos a caminar
aunque falten sus pasos junto a los nuestros.
Porque saben,
saben que la existencia
es un río que no deja de fluir,
y nos animan desde sus cielos invisibles
a sumergirnos en sus aguas,
a abrazar lo que viene
sin olvidar lo que fue.
En la risa de los niños,
en el canto de los pájaros,
en las miradas que cruzamos con otros,
están ellos.
Aplauden nuestros logros,
celebran nuestras pequeñas victorias.
No quieren lágrimas infinitas,
sino sonrisas que florezcan
del recuerdo de los momentos compartidos.
La vida sigue,
y ellos lo saben.
Nos ven preparar la mesa,
compartir un mate,
buscar nuevos caminos
con la fuerza que heredamos de ellos.
Y en su eterna sabiduría,
nos abrazan con alegría,
nos susurran sin palabras
que la continuidad es la mejor forma de honrarles.
No hay tristeza en sus ojos,
solo un brillo cálido,
un aliento suave que nos dice:
Vivan, vivan con todo lo que son,
porque en cada paso que den,
en cada sueño que alcancen,
ahí estaremos,
aplaudiendo desde el horizonte.
Así,
el café sigue humeando,
las tostadas crujen en la mañana,
y la vida,
tan frágil y tan fuerte,
se despliega ante nosotros.
Con ellos en el corazón,
y nosotros,
viviendo por los que están
y también por los que partieron.




 Llámame cuando quieras,
cuando tengas ganas,
sin ataduras ni horarios,
sin la carga de la obligación.
Llámame cuando tu corazón
te lo cuente al oído,
cuando sientas que las palabras
se escapan de tus labios.
A cualquier hora,
en cualquier instante,
porque el tiempo no importa
cuando el deseo es sincero.
No hay reglas,
solo el pulso de las emociones
marcando el compás
de un diálogo que espera.
Es tan simple,
tan perfecto,
como el murmullo del viento
que roza suavemente las hojas,
como el sol que entra tímido
por la ventana,
sin preguntar si es el momento adecuado.
Llámame cuando lo desees,
cuando el silencio busque compañía,
o cuando tu risa busque un ancla
en mi voz.
Porque ese momento,
tan pequeño y tan grande,
será un regalo,
uno que compartiremos
sin expectativas,
solo por el placer de estar.
Entonces, ese instante,
será maravilloso para los dos.


 Llámame cuando quieras,
cuando tengas ganas,
sin ataduras ni horarios,
sin la carga de la obligación.
Llámame cuando tu corazón
te lo cuente al oído,
cuando sientas que las palabras
se escapan de tus labios.
A cualquier hora,
en cualquier instante,
porque el tiempo no importa
cuando el deseo es sincero.
No hay reglas,
solo el pulso de las emociones
marcando el compás
de un diálogo que espera.
Es tan simple,
tan perfecto,
como el murmullo del viento
que roza suavemente las hojas,
como el sol que entra tímido
por la ventana,
sin preguntar si es el momento adecuado.
Llámame cuando lo desees,
cuando el silencio busque compañía,
o cuando tu risa busque un ancla
en mi voz.
Porque ese momento,
tan pequeño y tan grande,
será un regalo,
uno que compartiremos
sin expectativas,
solo por el placer de estar.
Entonces, ese instante,
será maravilloso para los dos.


 La magia está en tus silencios,
en esos que guardas con picardía,
escondiendo palabras difíciles de decir,
pero que se leen,
claras y sinceras,
en la profundidad de tus ojos.
Esos silencios
hablan un lenguaje propio,
uno que no necesita sonido,
porque tu sonrisa
se convierte en la frase perfecta,
y esa forma de abrazar,
tan única y verdadera,
es el poema que solo el río y la luna
pueden entender.
Hay un misterio en tus gestos,
un secreto que compartes
con las estrellas,
un susurro que el viento roba
para llevarlo lejos,
a donde mi corazón lo alcance
y lo haga suyo.
Cada pausa tuya
es un latido más del tiempo,
un instante suspendido
que no necesita explicación,
porque todo lo que callas
grita en el brillo de tu mirada
y en la calidez de tu presencia.
Y así,
en tus silencios,
descubro mundos,
puentes invisibles
que conectan tu alma con la mía.
En ellos está la magia,
esa que solo tú sabes conjurar,
esa que transforma lo cotidiano
en algo eterno y sublime.

miércoles, 4 de diciembre de 2024

SILENCIO.


 El silencio pesa, como piedra, en el pecho,
es el grito que no llega, el abrazo deshecho.
Es la grieta en la mesa donde todos callamos,
miradas que se esquivan, verdades que enterramos.
No hay palabra que nombre el abismo entre dos,
ni puentes que unan cuando reina la voz
de lo no dicho, lo esquivo, lo ausente,
el silencio del otro, tan frío, tan hiriente.
Vos, que no hablas, qué llevas guardado?
Es miedo o desprecio lo que estás callando.
Es mi pensamiento, mi deseo, mi forma de ser
la que quiebra tus labios y te obliga a esconder.
Pero yo también soy cómplice del duelo,
de no tender mi mano ni buscar consuelo.
De cerrar mis oídos al eco que expande
el silencio, ese muro que nunca se ablande.
Vivimos cercados, vos allá, yo aquí,
ideales que chocan, fronteras sin fin.
Y el mundo se quiebra en pedazos dispersos,
dividido en silencios, ajeno a los versos.
Que alguien grite, por favor, que alguien cante,
que rompa este muro con voz desafiante.
Que el silencio no sea el lenguaje del odio,
si no el espacio sagrado donde nace el diálogo.

martes, 3 de diciembre de 2024

Con la Luna.

 Su sonrisa da vida,
abraza, acompaña,
y en sus ojos cargados de historias,
se lee la trayectoria de años
de trabajo, de amor, de lucha.
En medio de la jungla de cemento,
rodeada de juncos invisibles,
ella brilla como la luna,
una casualidad tan precisa
como el encuentro en el bondi
que cruza Buenos Aires,
entre tangos perdidos
y adoquines olvidados bajo el asfalto.
En una esquina de flores y esmog
nos hallamos sin buscarnos,
y desde entonces, volamos.
Volamos donde nadie nos ve,
donde los ruidos cesan
y los silencios construyen,
donde los sueños se alzan
como torres de palabras compartidas.
Creamos un mundo distinto,
hecho de metáforas políticas,
de poesías inconclusas,
y de mates silenciosos
que escuchan nuestras verdades
sin pedir razones.
Bajo la luna que baña el río,
nos dejamos ser.
El agua, testigo mudo,
nos ignora, pero nos espera,
lleva nuestro deseo
a quién sabe dónde.
Quizá a la orilla de un futuro,
quizá a la inmensidad del ahora,
pero siempre, juntos.

lunes, 2 de diciembre de 2024

Tormenta y poesia.

El sol se quiebra ante tu mirada,
sincera, pícara, salvaje,
y entre vientos de tormenta,
tu rostro brilla,  como única luz
de un pueblo olvidado.
Te acunas en mis brazos, buscando refugio,
eres la tormenta del cariño,
el abrazo feroz de la comprensión,
y en los momentos extremos,
la furia del huracán que pasa,
como si el mundo solo quisiera
encontrar después la calma.
Eres simplemente así,
huracán y remanso,
tormenta y poesía,
única.

LA CUARENTA.

  El sol asomaba tímidamente entre los cerros mendocinos cuando iniciamos el viaje. El auto, cargado con lo esencial y con el mate listo, se sentía ligero, como si supiera que nos aguardaban kilómetros de paisajes y sueños compartidos. Ella, mi compañera en esta aventura, se acomodó en el asiento del acompañante, con esa sonrisa que parecía contener la promesa de cada paisaje por descubrir.
El primer tramo de la Ruta 40 nos regaló un desfile de viñedos que parecían no tener fin. El aire tenía un aroma fresco, a tierra mojada y uvas maduras. Ella encendió la música, una que mezclaba folclore y canciones que habíamos hecho nuestras en tantos momentos juntos. Su risa llenaba el auto cada vez que yo intentaba, sin éxito, seguir la melodía.
En San Juan, hicimos nuestra primera parada. Compartimos un mate en la inmensidad del Valle de la Luna, rodeados de formas caprichosas talladas por el tiempo. Es como estar en otro planeta, dijo ella, y sus ojos brillaban más que el sol que comenzaba a despuntar alto.
La travesía continuó entre quebradas y montañas que parecían cambiar de color a cada hora. En La Rioja, el viento nos trajo el aroma de la albahaca, y en Catamarca, los paisajes verdes de los valles contrastaban con la quietud de los pequeños pueblos. Cada curva de la ruta era un descubrimiento: un río cristalino, un guanaco observándonos curioso, o un cielo tan amplio que parecía abrazarnos.
Ella no dejaba de señalar los detalles. Una nube con forma extraña, un cactus florecido, las texturas de las montañas. Es como si todo estuviera aquí para nosotros”, dijo mientras tomaba mi mano. Yo asentí, sabiendo que, en realidad, era ella quien hacía especial cada momento.
Al llegar a Tucumán, los Calchaquíes nos recibieron con su majestuosidad. Caminamos entre los cerros, y esa noche, bajo un cielo estrellado, le dije cuánto significaba para mí. Ella respondió con una mirada que no necesitó palabras, y en el silencio, todo tuvo sentido.
Jujuy nos recibió como un abrazo largo. En Purmamarca, el Cerro de los Siete Colores nos dejó sin aliento. Nos quedamos un rato en silencio, disfrutando del momento, y luego seguimos hacia Tilcara, donde compartimos una comida típica mientras el sol se escondía tras las montañas.
Al final del viaje, mientras regresábamos por la misma ruta, entendí que no solo habíamos recorrido kilómetros; habíamos tejido recuerdos. Su risa, el mate caliente en la madrugada, su cabello ondeando con el viento al bajar la ventanilla, las canciones desafinadas que cantamos juntos. Todo eso quedó grabado en mi memoria, como los paisajes que adornaban la ruta.
Ella, la elegida, la única, hizo de este viaje algo más que una travesía: lo convirtió en una historia de amor que jamás dejaré de contar.


AMAR.

 Ese susurro que se cuela
como la arena por debajo de las puertas,
en las casas cercanas al mar.
Es la gota que brota de los poros
en los días de calor implacable,
el sabor único del cuerpo de la madre
en el primer abrazo de un bebé.
Sacude el corazón,
pone la piel de punta,
y en la soledad de la noche,
se instala sobre la almohada,
como un suspiro que no cesa.
Es un vino añejo, profundo y noble,
que embriaga el alma con un sorbo;
un tesoro preciado,
que cuidamos con manos temblorosas,
con el temor de perderlo.
Es una salamandra encendida,
en los inviernos donde el frío no perdona,
calor que arropa el alma,
luz que nunca deja de brillar.
El amor,
ni más ni menos,
es todo esto y más,
es aquello que no alcanzan las palabras,
es simplemente amar.



sábado, 30 de noviembre de 2024

SUMAR,

 Me interesa el amor que suma,
el que escucha sin prisa,
que abraza con fuerza
y deja la calma en el alma.
El que conversa,
el que aconseja sin imponer,
el que acompaña
sin necesitar palabras,
el que comunica
hasta en el abrazo.
Todo lo demás,
solo fueron vuelos rasos,
aventuras sin raíces,
sombras pasajeras
de un tiempo que no dejó huella.
Pero con vos todo es distinto.
Me interesan esas cosas,
tan simples que no puedo describirlas.
Están en vos en la forma en que me miras,
en la luz que desprendes,
en el mundo que creas
con solo estar cerca.
No necesito más,
porque con tu presencia
se detiene el tiempo,
se ordenan los días,
y el amor que creíamos inalcanzable
se hace tan real, tan perfecto,
que basta con mirarte
para saber que lo he encontrado.

Extrañar.

 Extraño tu sonrisa,
que hace que el día brille
aunque el sol se esconda.
Extraño el calor de tus brazos,
ese lugar donde el mundo
parece más pequeño,
más simple, más nuestro.
La distancia se hace interminable,
un camino sin final,
un abismo que grita
la ausencia de tus pasos.
Y, aun así, hay algo en el aire,
un eco de tu risa, un susurro de tu voz,
que convierte este clima loco y pegajoso
en algo parecido a la primavera.
Porque todo huele a flores
si pienso en vos, todo canta a vida
si imagino tus manos, todo se detiene
cuando te encuentro en mi mente,
aunque estés lejos, aunque no pueda alcanzarte.
La distancia es cruel, pero también sabía,
porque me enseña a valorar
cada minuto contigo, cada mirada,
cada abrazo que espero.
Vos sos mi primavera,
mi renacer en medio del caos.
Y aunque las estaciones cambien,
y los días sean grises,
tu amor florece siempre,
llenando el vacío
con la promesa de volver a verte.
ese refugio cálido

Lluvia Pasajera.

 La lluvia pasajera,
un respiro del clima,
el descanso del sol,
minutos que mojan las esperanzas
y hacen brotar raíces
donde antes solo había vacío.
Pero también trae su peso,
un pecho aplastado
por palabras que no llegan,
por soluciones que no existen,
por el desahogo que se escapa
entre gotas que resbalan
sin detenerse.
Todo pasa en minutos,
y en esos mismos minutos
todo se rompe.
Como el viejo jarrón
que, por un trueno solitario,
cae al piso en mil pedazos,
gritando su fragilidad.
Luego, la luna sale,
atrevidamente majestuosa
y el cielo se estrella
como minutos antes
más azul, más brillante,
más limpio.
Buenos Aires respira,
enloquece entre bares y heladerías,
mientras un tango triste y llorón
acompaña a los que todavía
tienen heridas abiertas
o amores ausentes.
La madrugada,
con su mezcla de risas y lágrimas,
es un escenario donde el amor
y la nostalgia bailan juntos,
como viejos amantes
que no saben despedirse.
Y ahí, en medio del caos y la calma,
la lluvia ya es solo un recuerdo,
un murmullo del cielo
que dejó su huella
en la ciudad y en el alma,
recordándonos
que incluso en la tristeza
hay belleza.



Estacionada.


 El sabor inconfundible de una horma de queso,
bien estacionada,
reposando en estantes de madera dura,
donde el tiempo esculpe su carácter.
Fuerte, inquebrantable,
allí permanece,
como ella,
que se estacionó en los días,
sin pensar,sin saber,
sin imaginar.
Un día, como el filo que corta el queso,
la vida llegó, desnudándola de certezas,
y reveló en su interior
todas las virtudes escondidas,
toda la fuerza acumulada.
Su sabor era único,
como el aroma de algo que ha sabido esperar,
enfrentar el tiempo y salir adelante.
Así es ella,
la mujer que no teme volar.
Vuela alto, rozando el cielo,
y aterriza con la precisión de quien sabe,
quién es, dónde está,
y hacia dónde va.
Ella es un arte en sí misma,
como el queso que guarda historias
en su aroma y textura.
Inconfundible, irremplazable,
la mujer que transforma lo cotidiano
en poesía, y lo simple
en esencia pura.
Es única, y su vuelo,
como su esencia,
no conoce límites.

La Vi.

 La miró, pero no la vio.
El mundo a su alrededor era un tapiz de vanidades,
un ruido constante que ahogaba la esencia.
Pero ella habló, y entonces la vio.
Llegó con el alma desnuda,
y la brutal inteligencia de quien no teme ser,
desnudando las palabras, hilando ideas,
clavándole un vistazo como quien rompe un cristal.
El río, testigo silencioso, se llenó de colores,
miles de reflejos danzando en sus aguas,
y el sendero, antes retorcido, se alisó.
De pronto, todo fue claro,
no importaba el destino,
solo el viaje.
Ahora caminan, juntos,
ella con su risa que es verso,
él con su mirada que es canción.
El mundo detrás quedó en penumbras,
pues han encontrado el fulgor en el otro,
y en ese sendero interminable,
la eternidad los espera,
amándose como poesía,
vividos como un fuego lento
que jamás se apaga.


viernes, 29 de noviembre de 2024

CHISPAS,

Chispas de amor tienen tus ojos,
destellos que iluminan
hasta las sombras más densas.
Chispas de sabiduría,
que encienden en cada palabra
una lección, un reflejo de vida.
Caprichosa y frágil,
sutil, tierna,
tan fuerte como el viento
y tan delicada como tus lágrimas.
Mujer de las mil noches,
de los sueños perdidos
y de los secretos que el tiempo
no se atreve a revelar.
Eres musa de mil historias
difíciles de contar,
porque en vos habita lo infinito,
lo que no se encierra en palabras.
Eres metáfora al viento,
gaviota libre,
volando entre el caos y la calma,
siempre buscando el horizonte.
Solo vos,
única, inmensa, real.
El resto son palabras vacías,
hojas secas
que el viento se llevó,
quién sabe a dónde.
Pero vos, amor,
eres la chispa que queda,
la que arde eternamente
en mi pecho.

A TU LADO.

 Me acosté a tu lado,
apoyando la cabeza en tu vientre,
y en ese instante
el mundo dejó de girar.
Tus manos, suaves, lentas,
dibujaron caminos en mi piel,
y un universo entero
despertó en mi cuerpo,
en cada caricia, en cada roce.
El silencio nos envolvía,
pero hablaban nuestras respiraciones,
el compás de tu corazón
y el brillo de tus ojos,
que me miraban
como si buscaran un reflejo,
y yo, perdido en vos,
no podía dejar de mirarte.
Las pupilas comenzaron a llenarse,
lágrimas pequeñas, tímidas,
que anunciaban un sentimiento
más grande que nosotros.
Intenté con mi palma
secar tu mejilla,
y vos, con la tuya,
hiciste lo mismo.
Fue entonces cuando nuestras manos
se encontraron,
se cruzaron en el aire,
y sin decir nada,
se aferraron con fuerza,
como si temieran soltar
lo que acababan de descubrir.
En el silencio de la noche,
donde solo la luna nos espiaba,
lo comprendimos todo.
No había palabras,
no hacían falta.
Era amor,
puro, sencillo, inmenso.
Y así, entre suspiros y miradas,
las lágrimas se mezclaron,
y nuestras manos,
firmes sellaron un pacto silencioso,
un amor que no necesitaba hablar
para gritar que era eterno.



AMARLA.

 La luna vive en sus ojos,
en cada minuto que regala a la noche,
en sus palabras que son senderos de luz,
en su sabiduría, esa que brota
con la calma de quien sabe escuchar.
Sus consejos son caricias al alma,
un mapa que guía incluso en la más densa oscuridad.
Las estrellas se esconden en sus brazos,
y cuando abraza,
lo hace con la fuerza de quien nunca quiere soltar.
Sus manos, silenciosas pero elocuentes,
hablan en un lenguaje que solo el corazón entiende,
y en ese gesto,el mundo entero se detiene.
En el silencio de la noche,
ella se expresa de formas que las palabras no alcanzan a describir.
Verla es una fiesta,
esa celebración inolvidable,única,
que no se cuenta,sino que se vive en cada latido.
Ella, mujer de noches infinitas,
es la música que acompaña el cielo,
el fuego que ilumina las sombras.
Es la luna que no solo observa,
sino que brilla desde dentro,
iluminando cada rincón de quien
tienen la fortuna de amarla.











 Entre el cielo y la tierra
se dibujan tus silencios,
profundos, indescifrables,
pero siempre presentes,
como un enigma que abraza,
como una verdad que guía.
Entre el mar y la inmensidad
de la arena en sus costas,
entre el viento y las nubes,
ahí estás vos,
eterna, luminosa,
anclada en mis días
como el faro que nunca se apaga.
En tus ojos habita el universo,
en tus palabras,
la calma que detiene tormentas,
y en tus consejos,
la sabiduría que solo el amor
puede enseñar.
Mujer de noches inolvidables,
de caricias perfectas,
de palabras justas
que llegan en el momento preciso.
Tu espalda,
carga con la vida y sus pesos,
con las heridas que no dices,
pero tu sonrisa,
ah, tu sonrisa,
es la cucharadita de vida
que me rescata de vez en cuando.
Eres única, irreemplazable,
imperfecta y perfecta a la vez,
tierna, caprichosa, dulce.
Sos la mujer
que desarma y construye,
que abraza sin manos
y acompaña con el alma.
Y aunque solo a veces
el tiempo nos regale
la dicha de compartirnos,
cada instante contigo
es un tesoro,
un regalo de la vida,
un suspiro que queda grabado
en mi pecho para siempre.

ELLA.

 El brillo de sus ojos,
danzando sobre el río,
cambia de color con cada ola que acaricia la orilla.
Su expresión,
como el agua que nunca es la misma,
se transforma lentamente,
mientras la luna, caprichosa,
refleja su esplendor en el lienzo de su rostro.
El río va y viene,
susurrando secretos antiguos,
y ella,
con una sonrisa que guarda mundos,
se emociona.
De sus ojos,
como tormenta de verano,
caen lágrimas que cuentan historias:
de amor profundo,
de cansancio callado,
y hasta de un hastío que solo ella comprende.
Pero en su fuerza,
en su inteligencia serena,
hay un poder que trasciende.
Ella supera cada momento,
cada ola que intenta arrastrarla,
con la gracia de quien sabe que la vida es un río,
y que fluir es su esencia.
Él la observa en silencio,
sintiendo que esos minutos,
tan fugaces y tan eternos,
son los mejores de su semana,
del mes, de su vida.
Porque en ella,
en su sonrisa luminosa,
en su mirada que atraviesa el tiempo,
él encuentra un refugio,
un rincón donde el amor se hace tangible,
donde la belleza no necesita palabras,
y donde el río, la luna y el cielo
parecen conspirar
para guardar ese instante único,
ese milagro llamado,Ella.


AMOR.

 El amor se construye
con manos firmes y frágiles,
con paciencia en los días grises
y risas en los días claros.
Se agradece con el alma abierta,
con cada gesto,
con cada suspiro que lo mantiene vivo.
El amor se perdona,
porque en su esencia
habita la imperfección,
y en el perdón,
se encuentran las raíces
que lo sostienen.
Abre el corazón
como un amanecer inesperado,
cierra heridas
que creíamos eternas,
y deja lágrimas,
a veces de dolor,
otras de pura alegría,
porque amar siempre duele,
pero también sana.
El amor es una sonrisa
que transforma un día cualquiera,
es una mirada
que dice lo que las palabras no pueden,
es un cambio de expresión,
un gesto mínimo
que grita infinito.
El amor es todo,
el centro, el camino,
la razón por la que seguimos adelante.
Valorarlo es un acto sagrado,
un agradecimiento a la vida,
momento a momento,
minuto a minuto.
Porque simplemente,
así es el amor:
imperfecto, eterno, real,
el milagro cotidiano
que da sentido a nuestra existencia.


Viernes de Tormenta.

 La tormenta de primavera llegó sin avisar,
con truenos que desgarraron el cielo
y relámpagos que encendieron la noche.
En esos minutos de caos,
la ciudad se detuvo,
inquieta bajo el peso de la lluvia,
sujeta al capricho del clima.
Diez minutos, quizás menos,
y el ruido se apagó.
La luna, impaciente,
asomó su rostro entre las nubes rotas,
esparciendo luz sobre el asfalto mojado.
Las estrellas siguieron su ejemplo,
adornando el cielo como un consuelo tardío,
y una brisa suave, enamorada de Buenos Aires,
vino a poner cada cosa en su lugar.
Pero en su corazón,
la calma no llegaba.
Era la distancia,
ese abismo invisible que la separaba de ella,
el peso de no verla,
de no poder abrazarla,
de no escuchar su voz
que siempre parecía saber
cómo ordenar su mundo en un susurro.
Ella era como esa luna inquieta,
rompiendo las nubes de su vida
con su sola presencia.
Era la tormenta y la calma,
el trueno que lo sacudía
y la brisa que lo devolvía a la paz.
La noche avanzó,
y mientras el cielo se aclaraba,
él pensó en sus ojos,
en cómo brillaban más que cualquier estrella,
en su risa, que apagaba cualquier trueno,
en sus caricias,
que podían cambiar cualquier clima interior.
Allí, bajo el cielo limpio,
en medio de una Buenos Aires renovada,
él cerró los ojos y la imaginó,
tan cerca y tan lejos,
tan suya y tan libre.
Y entendió que, como la primavera,
ella siempre regresaría,
trayendo consigo la tormenta,
la calma, y todo lo que hacía latir su alma.


ALAS.

 Le pusiste alas,
como quien siembra esperanza en un corazón dormido.
Le enseñaste a vivir,
a soñar despierto entre las nubes de su propia imaginación.
Le mostraste el arte de compartir,
de abrir las manos y entregar un pedazo del alma
sin esperar más que una sonrisa.
Le pusiste alas,
y con vos aprendió el vuelo,
el vértigo dulce de no tocar el suelo,
la paciencia de esperar al viento adecuado
y la sabiduría de entender
que incluso el cielo tiene sus límites.
Con esas alas,
se convirtió en un guardián de tus días,
silencioso y fiel,
un vigía en la distancia,
cuidando cada uno de tus pasos
aunque vos nunca lo pidieras.
Le pusiste alas,
y al volar se enamoró,
sin saber que el cielo también guarda sus trampas,
que de vez en cuando las tormentas lo harían caer,
que el suelo frío le recordaría
lo difícil que es volver a alzar el vuelo.
Pero aún así, le enseñaste.
Le mostraste que la felicidad no siempre viene entera,
que a veces llega en pequeñas dosis,
en destellos breves pero eternos,
y que esos momentos,
aunque fugaces,
son suficientes para iluminar una vida.
Le pusiste alas,
y aunque nunca lo dijiste,
le diste el regalo más grande:
el poder de volar hacia su propia libertad
y, al mismo tiempo,
el destino irremediable de siempre volver a ti,
porque en cada vuelo,
en cada caída,
vos sos
su horizonte,
el lugar donde aprendió
que amar también es soltar
y que el amor verdadero
es el aire que lo mantiene en el cielo.

jueves, 28 de noviembre de 2024

Punta de Indio.

 El sol se había escondido cuando llegaron a Punta Indio. La cabaña, acogedora y escondida entre árboles, los esperaba a metros del río. Desde la ventana se escuchaba el suave murmullo del agua, y al abrir la puerta, un aroma a madera los envolvió. Dejaron las maletas a un lado y, casi de inmediato, sus miradas se encontraron, llenas de promesas.
La primera noche fue un festín sencillo pero delicioso. Quesos regionales, fiambres, pan crujiente y una ensalada fresca ocuparon la mesa. 
El río les cantaba de fondo mientras cenaban, y cada mirada era una caricia invisible. No necesitaban palabras; bastaba con los pequeños gestos: el roce de sus manos al pasar la bebida, el brillo en sus ojos al compartir una risa. Afuera, las estrellas comenzaban a asomarse tímidamente, pero para ellos, toda la luz del mundo estaba en sus miradas.
A la mañana siguiente, después del mate, el paseo por la costa fue un descubrimiento. El viento jugaba con su cabello mientras ella señalaba los pequeños detalles: una flor escondida entre las rocas, una bandada de pájaros que surcaba el cielo. Él la escuchaba atento, sintiendo que, con cada palabra, ella le revelaba un mundo nuevo.
El día los llevó a descubrir una feria regional. Compraron más  panes caseros y un pescado fresco que prometieron cocinar juntos esa noche. "Este lugar tiene algo mágico", dijo ella mientras caminaban de regreso, y él, sin dudarlo, respondió: "Como vos".
La segunda noche fue más íntima. Mientras el pescado se asaba lentamente, se sentaron en la galería a escuchar el río. Ella apoyó la cabeza en su hombro y él jugó con su cabello. “¿Te diste cuenta de que no hay un solo ruido que moleste?”, susurró ella. Él asintió y agregó: “Solo el latido de tu corazón”.
La cena fue un banquete de sabores sencillos y perfectos. Él cortó los trozos de pescado con cuidado y los sirvió en los platos. Cada bocado era un regalo, cada sonrisa un puente que los acercaba más. Cuando terminaron, ella tomó su mano y lo llevó al jardín. Se tumbaron bajo el cielo estrellado, sin decir nada, dejando que el silencio hablara por ellos.
¿Cuándo volvemos?, preguntó ella, rompiendo la calma con una sonrisa pícara. “Tan pronto como se acaben los quesos que te llevas, respondió él, besándole suavemente la frente.
Punta Indio ya no era solo un destino; se había convertido en su refugio. Una promesa de volver quedó suspendida en el aire mientras el río, eterno y sereno, les susurraba que siempre habría un rincón para su amor allí, a orillas del río, muy cerca de sus casas, donde a solas se fueron descubriendo milimetro a milimetro entre las sabanas, el río, la luna y el sol.



CHASCOMUS.

 Después de un día recorriendo las calles tranquilas de Chascomús, la pareja regresó al hotel con los aromas del pueblo impregnados en la piel: el pasto húmedo junto a la laguna, la brisa fresca que traía ecos de risas lejanas, y el suave perfume de los árboles que se inclinaban hacia el agua.
Habían pasado la tarde caminando de la mano, deteniéndose a contemplar el reflejo del cielo en la laguna, donde los botes se mecían despacio.
Almorzaron a la sombra de un árbol añoso en un pequeño restaurante, disfrutando de un pejerrey tan fresco que parecía traer consigo la esencia del agua. 
Se miraron por encima de los platos, entre charlas pausadas y sonrisas, saboreando no solo la comida, sino también la calma que solo un lugar así podía ofrecer.
Ya entrada la noche, el cansancio del día no era suficiente para apagar el romance que los envolvía. En la habitación, con las luces bajas y la ventana abierta dejando entrar la suave brisa nocturna, él se acercó a ella con una copa de agua fría. ¿Brindamos?, dijo. ¿Por qué?, preguntó ella. Por este día. Por vos. Por nosotros.
Se sentaron juntos en el pequeño balcón, mirando la ciudad iluminada por las farolas amarillas. Desde allí se alcanzaba a oír el susurro lejano de la laguna y el canto tímido de algún ave nocturna. 
Ella apoyó su cabeza en su hombro, y él pasó un brazo por su cintura, atrayéndola más cerca.
Cuando el frío de la noche empezó a colarse, regresaron al interior. La conversación fluyó suave, como el agua en la laguna que habían recorrido. Hablaron de las calles empedradas, de las casas antiguas con sus jardines prolijos, y de los sueños que compartían. Pero las palabras fueron quedando atrás, reemplazadas por miradas largas y silenciosas, por el roce de sus manos que no querían separarse.
Él la tomó por la cintura y, despacio, la llevó a la cama. Bajo las sábanas, se buscaron como si el tiempo no existiera. Cada caricia era una promesa, cada beso, una certeza. Afuera, la luna llena iluminaba la laguna y las calles dormidas de Chascomús, mientras ellos construían su propio refugio de amor.
Antes de dormir, ella susurró: Fue un día perfecto. Él la miró a los ojos y respondió: “Y la noche recién comienza”. Se abrazaron fuerte, dejando que el cansancio los envolviera mientras la ciudad, tranquila y serena, los acunaba en su magia silenciosa.

ALIVIO,

El alivio comienza en mi pecho
cuando tu voz rompe el silencio.
Es un río que corre, que arrastra
las piedras del día, los pesares,
y deja solo calma.
El alivio es verte,
es mirar tus ojos y perderme
en ese universo de secretos,
donde cada destello promete historias
que aún no me has contado.
Es sentir cómo el día,
con todo su peso,
se vuelve ligero con solo verte.
Y luego, tu sonrisa,
esa mezcla perfecta de picardía e inocencia,
un misterio que no intento resolver,
porque prefiero vivirlo.
Es un respiro en la tormenta,
un resplandor que atraviesa la penumbra
y llena de vida cada rincón
que antes parecía vacío.
Así es estar a tu lado
por unos minutos,
un renacer constante,
un despertar a los sentidos,
un latido que acelera,
que grita, que celebra tu existencia.
Así es hablar con vos,
un diálogo de almas
donde las palabras sobran
y el silencio es cómplice.
El amor, con vos,
es más que una palabra,
es un susurro en el viento,
es la promesa que florece
con cada instante que compartimos.
Después de extrañarte,
después de contar los segundos,
en tu ausencia,
todo cobra sentido al verte.
Tu presencia no solo calma,
transforma.
Hace del mundo un lugar distinto,
más brillante, más cálido.
Eres el alivio que despeja mis días,
el refugio donde las sombras se disuelven
y la vida se llena de colores.
Así es el amor con vos,
un milagro que sucede
cuando puedes,
porque tu sola existencia
es el regalo más grande 
de la vida.

viernes, 23 de agosto de 2024

 En el horizonte de lo desconocido,
se esconden momentos inolvidables,
luces que jamás imaginamos,
y sensaciones difíciles de reproducir en palabras.
Allí, más allá de lo que conocemos,
te invito a descubrir un mundo
donde el deseo y la ternura
se entrelazan en un abrazo eterno.
No temas, mujer hermosa,
a lo que aún no has explorado,
pues en cada paso que damos juntos,
se abre ante nosotros un nuevo horizonte,
una promesa de aventuras compartidas,
donde la piel se convierte en un mapa
de caricias y secretos,
y el corazón late al ritmo
de la pasión que nos envuelve.
Dejémonos llevar,
sin miedo, sin dudas,
a ese lugar donde los sueños
se convierten en realidad,
donde cada beso es un descubrimiento,
y cada suspiro, una confesión
que se pierde en la suavidad de la noche.
Hay tanto más allá,
tanto por sentir, por vivir,
y en tus ojos veo el reflejo
de un deseo latente,
de una curiosidad que aguarda
el momento de florecer.
No te detengas,
no te niegues a lo que podríamos ser,
pues en este viaje a lo desconocido,
te prometo que encontrarás
luces que iluminarán tus días,
y sombras que abrazarán tus noches,
en un baile de emociones
que te harán sentir más viva que nunca.
Tomá mi mano,
y juntos descubramos
qué hay más allá del horizonte,
donde la pasión y el amor
nos guiarán hacia lo inesperado,
hacia lo nuevo, hacia lo nuestro.


 Bella como el agua pura,
como el aire del campo
en mañanas de primavera,
y única como el suave rocío
de la madrugada,
donde tantas veces te pensé
sin conocerte.
Desde el bar Savoy o el Violín,
hasta la esquina de casa,
te imaginé en cada rincón,
escribiéndote en poesías
en un cuaderno de espirales,
dejando que las palabras fluyeran
como el río que nunca se detiene,
hasta que la llegada del sol
marcaba el fin de mis sueños nocturnos.
Así sos vos,
única en cada pensamiento,
en cada verso que nació
sin saber tu rostro,
sin conocer tu nombre,
pero sintiéndote tan cerca,
tan real,
como el aliento cálido
de una brisa matutina.
En cada línea te dibujé,
en cada rima te imaginé,
como un susurro que envuelve el alma,
como un destello que ilumina la noche.
Sos la musa que inspira,
la chispa que enciende,
el fuego que arde
en el corazón de mis palabras.

 La noche se escapa por Ibera,
de contra mano, camino al río,
y un montón de metáforas desordenadas
llevan consigo poemas enredados.
Un balcón en lo alto alberga una paloma,
mientras el semáforo titila en re bemol,
y el amor se cruza de vereda
con la luna que sonríe,
mientras las estrellas bailan
el último tango inédito de Piazzolla,
solo para ella.
El amor espera en un puesto de flores,
y juntos se pierden camino al río,
un hombre con zapatos de sandías
y una bella dama que Ferrer dibujó,
con medio melón en la cabeza,
tomados de la mano,
se fueron a caminar por Buenos Aires,
para ver amanecer entre versos
y música muda
que solo ellos escuchan
en el tono de sus conversaciones.
La historia de amor que escriben
sobre la calle,
en medio de un silencio difícil de explicar,
se teje entre besos y abrazos únicos,
como si el mundo se detuviera
para contemplar su danza,
una coreografía de miradas
y susurros que se pierden en la brisa.
Ellos, dos almas que encontraron
en el caos de la ciudad
un refugio en cada rincón,
un motivo en cada esquina
para volver a creer en lo eterno.
Y mientras el sol despuntaba en el horizonte,
seguirán caminando, sin prisa,
con el amor dibujado en cada paso,
como un poema sin final,
que solo ellos pueden entender,
como extraños personajes de una novela
escrita, sobre las páginas de la niebla
más acogedora de una noche porteña,
con una sola puntuación orográfica,

el amor, sin puntos, sin comas, ni final.


 El sol se pone tras el paso del bondi
que recorre Buenos Aires camino a tu casa,
los relojes se detienen en el tiempo,
y por largos minutos,
te pierdes en las páginas de un libro,
te descubres, te transformas.
La vida pasa en un ida y vuelta
fuera de tu ventana,
pero en tu viaje interior,
descubres lo impensado,
lo inimaginado.
Tu vida cambia,
y de lectora pasas a ser protagonista,
la autora de tu propio destino.
El temor te hace dudar,
te susurra que te detengas,
pero dentro de ti,
una chispa se enciende,
y te animas a la vida,
a sentir cada latido con intensidad,
a abrazar cada oportunidad
como la princesa más linda del universo.
Caminás por los senderos de lo desconocido,
con el corazón abierto,
los sueños floreciendo,
y el sol que se pone detrás del bondi
se convierte en la promesa
de un nuevo amanecer,
donde vos sos la dueña de tu historia,
la estrella que ilumina
cada rincón de tu mundo.
En ese viaje,
te elevas más allá de los límites,
dejando atrás los miedos,
y alzándote como la reina
de tus propios sueños,
la mujer que se atrevió
a vivir su vida
con toda la magia,
con toda la belleza,
como la princesa, que algún día fuiste
y hoy estás destinada a serlo, nuevamente.


domingo, 11 de agosto de 2024

 

El momento en que las estrellas cantaron en do menor,
mientras la luna, tímida, se sonrojaba en la fría noche de invierno,
fue único e inolvidable,
esperado con ansias y rechazado con temor,
donde el deseo luchaba con la incertidumbre,
pero al final, todo sucedió,
mejor de lo que habíamos imaginado.
Entre copas de café que compartieron nuestros suspiros,
lágrimas de cristal reflejando emociones no dichas,
y cigarrillos encendidos con la llama de nuestra pasión,
la noche se alargó, con su luz suave,
acariciaba tu rostro, como testigo de lo que habíamos vivido.
Por un instante, el reloj decidió detenerse,
las palabras se hicieron innecesarias,
y en el abrazo del sueño compartido,
celebramos en silencio la noche que nos unió,
donde el cielo, cómplice, se nubló a nuestro paso,
protegiéndonos bajo su manto,
como si el universo supiera que en ese momento
la ruleta de la vida nos había dado un respiro.
Cobijados en la intimidad de ese instante,
nuestros cuerpos encontraron la paz que tanto anhelaban,
y en la quietud del amanecer,
descubrimos que habíamos tejido un lazo
más allá de las palabras,
donde el amor se manifestó en cada gesto,
en cada mirada,
en cada latido que compartimos.
El tiempo se desvaneció,
dejándonos suspendidos en un sueño del que no queríamos despertar,
y mientras el sol se alzaba en el horizonte,
sabíamos que la noche, con su magia discreta,
nos había unido de una manera profunda y verdadera,
donde lo vivido no necesitaba ser explicado,
solo sentido,
como un secreto compartido entre el corazón y el alma.
Así, abrazados en el sueño de un nuevo día,
nos dejamos llevar por el ritmo pausado de la vida,
sabiendo que aquella noche había sido más que un encuentro,
había sido el comienzo de una historia

jueves, 1 de agosto de 2024

 El sol está en tus ojos,
una luz que nunca se apaga,
y en ellos, la vida misma
que, aunque se oscurece, sigue adelante.
Tus ojos, luz en la tormenta,
brillan con una intensidad inquebrantable,
iluminando los caminos más oscuros
con la esperanza que nunca cede.
En cada amanecer, en tu mirada esta
el coraje para enfrentar otro día,
la promesa de que, a pesar de todo,
siempre hay un motivo para sonreír.
A veces la vida se oscurece,
las sombras se alargan y el miedo susurra,
pero vos, con tu luz interior,
disipas las nubes y traes de vuelta el día.
Tus ojos son el hogar del sol,
refugio de sueños y esperanzas,
y en su calor encuentras la fuerza
para seguir, sin importar las pruebas.
Cada destello en tu mirada
es un rayo de sol,
un recordatorio de que, pase lo que pase,
podemos superar cualquier tormenta.
El sol está en tus ojos,
y en ellos, la vida renace cada día,
un ciclo eterno de luz y sombra,
donde siempre prevalece la claridad.
Y mientras sigas adelante,
con esa luz que te define,
sé que no hay oscuridad tan densa
que pueda extinguir tu espíritu brillante.
Así, en tus ojos veo el futuro,
un horizonte lleno de posibilidades,
donde el sol nunca se oculta,
y la vida, siempre, sigue adelante.
  En la distancia que nos separa,
hay un hilo invisible que nos une,
en cada llamada, en cada mensaje,
se siente la presencia, aunque no estemos juntos.
La magia de tu voz al otro lado del teléfono,
transforma la soledad en compañía,
cada palabra es un abrazo,
cada risa, una caricia al corazón.
Estar presente no siempre significa
estar físicamente cerca,
en tus mensajes encuentro consuelo,
en tus llamadas, una chispa de alegría.
Tus textos son como cartas de amor,
pequeñas ventanas a tu mundo,

donde compartimos lo cotidiano,
los detalles que hacen nuestra vida.
En cada “buenos días” escrito,
en cada “¿cómo estás?”, sincero,
se teje un lazo de ternura,
una conexión que trasciende el espacio.
Escuchar tu voz al final del día,
es como sentarse juntos a la mesa,
compartir las historias y anécdotas,
reírnos de las cosas simples y banales.
En la pantalla de mi teléfono,
veo tus palabras, siento tu presencia,
y aunque no estés físicamente aquí,
sé que estás, siempre, en algún lugar.
Tus mensajes son el eco de tu amor,
resonando en mi alma,
y en cada llamada, siento
que la distancia se desvanece.
Estar presente a través de la tecnología,
es un arte en sí mismo,
una prueba de que el amor y la amistad
no conocen límites, ni fronteras.
Aunque no pueda tocar tu mano,
ni verte cara a cara,
tu voz y tus palabras son suficientes
para llenar el vacío de la distancia.
En cada “te extraño” escrito,
en cada "te quiero" susurrado,
encuentro la fuerza para seguir,
sabiendo que estás, aunque no estés.
La presencia se siente en el alma,
y en la distancia, encontramos la forma
de estar juntos, de compartir la vida,
de amarnos sin barreras.
Que nunca nos falten las palabras,
los mensajes llenos de cariño,
las llamadas que acortan la distancia,
porque estar presente, aunque lejos,
es la verdadera magia del amor.
 A orillas del río, donde el tiempo se detiene,
hemos tejido momentos inolvidables,
noches compartidas en susurros y risas,
donde el agua canta canciones que no escuchamos.
Tus manos entrelazadas con las mías,
paseos sin prisa bajo la luna,
nuestros corazones latiendo al unísono,
en un compás de serenidad.
Cada día, un nuevo bastidor,
pintado con los colores de tus ojos,
donde el río refleja nuestros sueños,
y la naturaleza es cómplice de nuestro secreto.
Los árboles murmuran palabras al viento,
siendo testigos de su sabiduría única,
mientras el río fluye, constante y fiel,
llevando consigo nuestras promesas y anhelos.
En las noches tibias, bajo el cielo azul,
nos sentamos a contemplar la corriente,
hablando de todo y de nada,
mientras la luna juega en tus cabellos.
Las noches a orillas del río son mágicas,
la luna ilumina nuestros suspiros,
y las estrellas, celosas y brillantes,
observan nuestro andar.
El susurro del agua nos arrulla,
cada palabra es un verso en nuestro poema,
y en el silencio compartido,
encontramos la paz que solo el amor puede dar.
A orillas del río, el tiempo es nuestro aliado,
cada instante, una joya preciosa,
y en tu abrazo, descubro el infinito,
la eternidad contenida en un solo beso.
Los días compartidos contigo,
son un tesoro que guardo en mi alma,
y aunque el río siga su curso,
nuestro amor permanece, inmutable y eterno.
Que estos momentos sean siempre
la melodía que acompaña nuestras vidas,
una sinfonía de amor y complicidad,
a orillas del río, donde el corazón encuentra un hogar
lleno de cosquillas y manos entrelazadas.
 A orillas del río, donde el tiempo se detiene,
hemos tejido momentos inolvidables,
noches compartidas en susurros y risas,
donde el agua canta canciones que no escuchamos.
Tus manos entrelazadas con las mías,
paseos sin prisa bajo la luna,
nuestros corazones latiendo al unísono,
en un compás de serenidad.
Cada día, un nuevo bastidor,
pintado con los colores de tus ojos,
donde el río refleja nuestros sueños,
y la naturaleza es cómplice de nuestro secreto.
Los árboles murmuran palabras al viento,
siendo testigos de su sabiduría única,
mientras el río fluye, constante y fiel,
llevando consigo nuestras promesas y anhelos.
En las noches tibias, bajo el cielo azul,
nos sentamos a contemplar la corriente,
hablando de todo y de nada,
mientras la luna juega en tus cabellos.
Las noches a orillas del río son mágicas,
la luna ilumina nuestros suspiros,
y las estrellas, celosas y brillantes,
observan nuestro andar.
El susurro del agua nos arrulla,
cada palabra es un verso en nuestro poema,
y en el silencio compartido,
encontramos la paz que solo el amor puede dar.
A orillas del río, el tiempo es nuestro aliado,
cada instante, una joya preciosa,
y en tu abrazo, descubro el infinito,
la eternidad contenida en un solo beso.
Los días compartidos contigo,
son un tesoro que guardo en mi alma,
y aunque el río siga su curso,
nuestro amor permanece, inmutable y eterno.
Que estos momentos sean siempre
la melodía que acompaña nuestras vidas,
una sinfonía de amor y complicidad,
a orillas del río, donde el corazón encuentra un hogar
lleno de cosquillas y manos entrelazadas.
 En tu mejilla está
la magia del cambio,
en el brillo recuperado
de tus hermosos ojos,
el encanto de tu bella figura
que parece bailar cada mañana
en el desayuno del sol.
Entre frutas y café,
celebramos la vida a diario,
escondiendo la tristeza
entre mermeladas de color tiempo.
Como tu vista llena de amor y ternura
cada vez que me miras,
el mundo cambia de color
con tu sonrisa.
La primera palabra
qué recibo cada amanecer
es un rayo de sol en mi corazón,
un susurro que despierta
la esperanza y la alegría,
un canto dulce que perfuma el día.
Tu risa es una melodía,
un vals que resuena en mi alma,
y en cada nota, encuentro
la fuerza para seguir, para soñar,
porque en ti, amor mío,
he encontrado mi hogar.
Tus manos, suaves como la brisa,
acarician mis miedos,
transformándolos en polvo de estrellas,
y en tu abrazo, encuentro
la paz que solo el amor verdadero da,
una calma infinita, un refugio eterno.
Cada día contigo es un regalo,
un presente lleno de promesas,
donde la vida se pinta de colores nuevos,
y el futuro se dibuja
con pinceladas de esperanza.
Tus ojos, faros de luz y amor,
guían mi camino en la penumbra,
y en tu mirada, descubro
un universo de ternura,
donde quiero perderme, siempre,
en la inmensidad de tu ser.
En tu mejilla está la magia del cambio,
y en el brillo de tus ojos,
el reflejo de un amor sin fin,
un amor que florece cada mañana,
en el desayuno del sol,
entre frutas y café,
celebrando la vida a diario,
y escondiendo la tristeza
entre mermeladas de color tiempo.
Cada vez que me miras,
el mundo se transforma,
y en tu sonrisa, encuentro
el color de la felicidad,
la promesa de un mañana brillante,
la certeza de que contigo,
el amor siempre renace.

jueves, 25 de julio de 2024

 El sol está en tus ojos,
iluminando el camino con su brillo,
cada mirada tuya es un amanecer,
una promesa de un nuevo día lleno de vida.
La noche está en tus manos,
suaves y firmes, que envuelven
con la calma y ternura
los sueños más profundos.
Esa fuerza única, que a diario
enfrentas la vida con valentía,
está en toda vos, en cada gesto,
en cada risa y en cada suspiro.
Increíble mujer de los días compartidos,
en tus abrazos encuentro refugio,
y  la paz que el alma anhela,
el consuelo en los momentos más oscuros.
Eres la chispa que enciende un mundo,
la llama que nunca se apaga,
y en tus palabras, hallo siempre
la verdad que guía e inspira.
Tu risa, melodía que alegra,
es el himno de nuestra historia,
y en cada caricia, en cada mirada,
renace la unión.
Eres el sol y la luna,
el día y la noche,
el comienzo y el final
de todos mis pensamientos.
En tu valentía, veo la fortaleza
de quien ha luchado y ha vencido,
y en tu ternura, la dulzura
que me envuelve y me transforma.
Cada día contigo es un regalo,
una aventura compartida,
y en cada instante descubro
nuevas razones para seguir adelante-
Eres mi musa, mi inspiración,
la poesía que recito en silencio,
y en cada latido de mi corazón,
tu nombre resuena, eterno y fiel.
Increíble mujer de los días compartidos,
contigo he encontrado el verdadero sentido
de lo que es amar sin medida,
de lo que es vivir plenamente.
El sol está en tus ojos,
la noche está en tus manos,
y en cada rincón de tu ser,
encuentro el hogar que siempre soñé.
Así, bajo el cielo estrellado,
prometo seguir celebrando cada día contigo,
increíble, valiente y única mujer.


Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...