jueves, 8 de enero de 2026

 Respira Buenos Aires un domingo ladeado,
con olor a verano y baldosa caliente.
El sol, malevo manso,
se esconde entre nubes como quien no quiere lío,
y tu voz me vuelve desde la almohada
igual que un bandoneón llorando bajito.
Los pájaros se toman el día franco,
el calor los deja sin ganas de cantar,
y las calles, cansadas de apuro,
se entregan al tránsito lento,
marcando un compás de espera
que parece dos por cuatro.
La ciudad se afloja la corbata.
El Obelisco se despereza de historia
y yo voy por Corrientes sin reloj,
pisando recuerdos,
dejando que tu nombre me salga solo
entre librerías cerradas y teatros dormidos.
En el piso veintitrés llueve,
mientras en el sótano un jazz cansado
se mezcla con el humo de un bar que resiste,
y el corazón, en falta,
improvisa su propio tango.
Bailamos un rock perdido en la avenida,
sin público ni aplausos,
antes de que el verano endurezca el hormigón
y algún trasnochado pretenda
volver a tapar con asfalto
las huellas del tiempo.
Porque quererte es eso,
una ciudad en penumbras,
un tango sin final cerrado,
un abrazo que se queda
cuando Buenos Aires, cansada,
apaga las luces y sigue respirando.


 Caminar Buenos Aires
era afinar el oído contra el asfalto,
el tango respirando en las baldosas,
el rock incendiando una esquina
y un café humeando lento
junto a una ventana sin apuro
donde el tiempo pedía otra vuelta.
Pero algo se fue muriendo.
No de golpe como se apagan las voces queridas.
La avenida se angosta,
el tango camina rengo de recuerdos,
el rock se repite como un viejo
que ya no sabe a quién le canta.
Hoy la música nace apurada,
un tema se saca de encima
para que lo escuchen millones
sin importar la letra, sin importar la herida.
El amigo ya no cruza la calle, aparece.
Escucha y opina desde una pantalla,
sin humo, sin noche, sin temblor en la voz.
El café se enfría.
La ventana se enreja.
La modernidad le llama seguridad
al miedo bien presentado.
Y en medio de todo esto,
vos estás. Y quiero pensar que sos real
como tus besos, comoo tu cuerpo en mi boca,
como ese abrazo eterno cuando nos despedimos
después de hablar frente a frente,
la cabeza apoyada en una almohada,
el corazón expuesto en la mano
como una verdad sin defensa.
Pero dudo.
Porque escribo
y ya no sé si la poesía es mía
o de una inteligencia sin pulso
que me copia el alma
sin que mi cerebro lo note.
Envidio a la máquina que no se cansa,
mientras yo me gasto tratando de sentir
en una ciudad que todavía canta
aunque ya casi nadie se detenga a escuchar.
Caminar Buenos Aires hoy
es amar, dudar, escribir y preguntarse
si lo que abraza tiene cuerpo, memoria
o solo luz.


Trato de decir cómo sos
sin alzar la voz,
sin lluvias anunciadas en el último piso,
sin calles cortadas.
Sol cuando es sol,
luna cuando es luna.
Sin disfraces ni promesas raras.
Sos de las que cuidan el decir
y el estar,
de las que creen en los hijos,
en los nietos,
en eso invisible que sostiene todo
y no sale en las fotos.
Un brazo que se ofrece
sin preguntar,
una palabra que llega justa,
un vaso frío de limonada
en medio de la cena.
Una noche de luna abierta,
otra con el zumbido cansado
de un ventilador peleando con el verano,
una caminata lenta junto al río
como si no hiciera falta nada más.
Simple, pero con esa complejidad
que aparece cuando el aire escasea
en una noche clara.
Buenos Aires también está ahí,
en los cordones gastados,
en la esquina donde un fuelle respira,
en una cortada que suena a rock viejo.
Una noche en el Bollini,
un café largo en el Tortoni,
una tarde en La Biela
después del Bellas Artes,
o en el Recoleta, bajando el ritmo.
Mujer del rock perdido
y de los ojos de papel,
navegando la ciudad
cuando llueve
y todo parece más verdadero.
Así sos, urbana sin dureza,
amorosa sin alarde,
única como Buenos Aires
cuando decide quedarse en silencio.


 Bar de fondo,
en una esquina
donde la poesía se sienta a la mesa conmigo
sin pedir permiso.
Un café me cuenta un cuento,
un buen almuerzo
me devuelve a aquella tarde de verano
donde el tiempo no apuraba a nadie.
La noche pasa y me besa
como lo hacen las madrugadas
cuando saben quedarse.
Bar de fondo, en la esquina
donde la cultura se vuelve Julián y Álvarez,
y alguien lee una poesía mía
sin saber que salió de mis manos.
Ahí, donde el arte se hace magia
sin aplausos,
donde todo parece casual
pero nada lo es.
Tus ojos, una canción de amor
sonando bajito,
de esas que no se piden
y se quedan igual.
Bar de fondo,
al fondo del todo,
Buenos Aires respirando despacio
mientras la poesía hace lo suyo.


 Cuando la lluvia se queda dormida
sobre el piso tibio del viento,
las palomas descansan en el campanario
como pensamientos en pausa.
El sol se esconde para no interrumpir el milagro
y las flores guardan, celosas,
el perfume eterno de la primavera.
Tus ojos, dos faroles nocturnos,
encienden la calle de mi alma,
y vos, mujer de las mil noches,
sos un verso que nunca se repite.
En tu mirada hay lunas llenas,
hay promesas que no necesitan palabras,
hay un hogar donde siempre quiero volver.
Un riff de Pappo se derrama en el aire,
mezclado con un rock lento
que bailamos sin apuro,
como si el tiempo se rindiera a nuestros pies.
Cada acorde es un latido,
cada silencio, un beso suspendido.
El sol ilumina el balcón
como una bendición dorada,
y la luna avanza despacio,
curiosa,hasta encender el dormitorio
con la luz tímida de un solo velador.
Ahí, donde el mundo se apaga,
tu cuerpo es poesía viva
y mi corazón aprende de memoria
la forma exacta del amor.


 Desayunar en La Biela al amanecer
después de una noche larga en los boliches de la zona
era más que un ritual:
era una parada obligada,
un pacto silencioso con la madrugada.
El viento nos despabilaba sin pedir permiso,
todavía con el mareo girando en la cabeza,
y la avenida Alvear jugaba a moverse,
coqueta,entre luces que empezaban a apagarse
como estrellas cansadas de brillar.
El cementerio ponía su cuota de solemnidad,
recordándonos que todo pasa,
que la noche termina
y que vivir también es esto:
sentarse, respirar, mirarse en silencio.
Las copas amplias de los árboles
dejaban filtrar los primeros rayos de sol,
finos, tímidos, dorados,
acariciando la piel
antes de volver a casa
a rendirse al sueño.
Ahí,
con el café humeando y la ciudad despertando,
éramos testigos de algo simple y eterno:
el amor sobreviviendo a la noche,
guardándose en la memoria
para volver a latir, cada vez que amanece.


 Cuando llueve en el último piso
el cielo raso se agita
como si el edificio respirara con dificultad.
Las paredes pierden la escuadra,
la lógica se resbala,
y nada queda del todo firme.
Las ventanas lloran
con un llanto largo y sucio,
la cama flota
como un recuerdo que no encuentra fondo.
Todo tiembla, todo duda.
Abajo nadie parece notar
la ferocidad del tiempo,
nadie mira hacia arriba.
La ciudad sigue,
ordenada, indiferente,
creyendo que los relojes aún mandan.
Solo ella ve la grieta.
Solo ella navega
en un mundo detenido,
donde el tiempo se estancó
como Cenicienta después de la medianoche,
con el hechizo roto
y los sueños descalzos.
Al borde del abismo
grita desde un balcón.
No pide ayuda, grita lo que tuvo
cuando tuvo todo,
la fe,la promesa, el amor entero
antes de aprender la pérdida.
La lluvia cae y nadie escucha.
Pero el edificio sabe.
El cielo raso se estremece.
Y el tiempo, por un instante,
parece dudar antes de seguir cayendo.


 Llueve en la avenida.
La tormenta se sacude sobre el río
anunciando que, lenta,
va a entrar en la ciudad
como una verdad que nadie puede frenar.
La ropa baila en las sogas
antes de ser descolgada,
pequeñas banderas de una tregua breve.
Las flores del rincón de la puerta de calle
piden el refresco del cielo
sin que nadie tenga que regarlas.
Llueve en la ciudad
mientras los gritos retumban
en el hueco de la escalera,
rebotan en paredes viejas
y no encuentran salida.
En la parada del bondi
un paraguas se abre
y el viento se lo lleva,
como se lleva todo lo que intenta proteger.
Ella se pone la capucha de trabajo,
se cubre una vez más,
no del agua
sino del mundo.
Así como se olvida de todos
cada vez que llueve.
Camina con la cabeza baja,
con la lluvia marcándole el paso,
dejando que el agua borre nombres,
promesas,
caras que ya no duelen
porque ya dolieron demasiado.
Llueve en Buenos Aires.
El refresco alivia el día,
pero no calma la tormenta adentro.
Cuando vuelve,
empapada de ciudad y de rabia,
grita otra vez.
Y la lluvia,
cómplice perfecta,
la cubre, la escucha,
y se queda.


Debajo de mi almohada
tu respiración arde.
No suena, me invade.
Se desliza por mi cuello
y me despierta la piel
como si todavía estuvieras acá.
Me acuesto y te pienso
con el cuerpo primero,
con la memoria después.
Te recuerdo lenta,
como se recuerdan las cosas que marcaron,
tu aliento pesado,
tus manos aprendiendo mis bordes,
el calor compartido
hasta que el mundo deja de existir.
Nuestros cuerpos se encuentran
sin preguntas,
aceitados de deseo,
resbalando el uno en el otro
como si el tiempo no tuviera derecho
a interrumpirnos.
Sabemos dónde empieza el fuego,
pero jamás dónde se apagaba.
Hay una nube, la nuestra,
espesa, tibia, inevitable.
Todo es posible ahí,
las miradas que queman,
los silencios que gritan,
el roce que promete
más de lo que el día permite.
Vos y yo, suspendidos,
respirando el mismo aire,
flotando las horas
con la urgencia de quien sabe
que solo a solas
la verdad se permite existir.
Porque en este mundo prolijo e hipócrita
la felicidad se esconde, y la nuestra
solo aparece cuando tu respiración,
vuelve a buscarme debajo de mi almohada.

 Navegamos entre mates,
en un intercambio de palabras
único, irrepetible,
de esos que no se fuerzan
y nacen solos,
como si ya se conocieran.
Después de algunos temas livianos,
los riffs pusieron clima de rock
y los bailamos lento,
como cuando todo parecía eterno
y el tiempo todavía no sabía correr.
Pasaron los años,
y mejor que un whisky con hielo
y un café acompañando la conversación,
esa que nació cuando dejamos la ropa
apoyada en una silla y una pequeña ropa interior
nos cubría la nada con una simpatía desarmante.
Los dos del mismo color,
hablando de cosas perdidas,
esas que solo encuentra la memoria
cuando acomoda el lugar,
ese que está en el rincón del sótano
o en el galpón del fondo.
A veces lo abrimos sin pensar
y sale un perfume único,
antiguo y vivo, que nos gusta
porque nos reconoce.
Y entonces entendemos
que no todo se perdió,
que algunas historias
siguen respirando ahí,
entre mates, música, vasos sudados
y palabras que todavía
saben desnudarse despacio
igual que nosotros.

domingo, 4 de enero de 2026

El ventilador gira como un mantra inútil.
El calor no se mueve.
Se queda, late.
El aire espeso huele a piel inventada,
a almendras abiertas por el roce,
a vaselina brillando
como una luna privada
sobre los cuerpos.
Flotamos.
No volamos: flotamos,
a centímetros de la sábana
empapada de nosotros,
donde el sudor escribe
lo que la boca calla.
Yo la mojo con agua.
No para apagar nada.
El agua cae lenta,
aprende el mapa de su piel,
y entonces
como si el mundo hubiera mentido siempre
ella se prende fuego.
No hay humo.
No hay llama.
Hay un incendio que respira,
que se enciende hacia adentro
con cada gota.
El tiempo se desarma.
Los relojes pierden los números,
la luna se cubre los ojos,
y el agua sigue cayendo
como una catarata emocional,
como un momento que no quiere terminar.
Una mirada animal nos ancla al mundo,
la mascota espera, sin entender
cómo los cuerpos se borran
y regresan convertidos en respiración.
El silencio se vuelve líquido,
resbala, patina aceitado,
flota en el aire
a centímetros de quién sabe qué,
hasta romperse
en un murmullo húmedo.
Todo arde sin quemar.
Todo moja sin apagar.
Y cuando el sueño afloja su abrazo,
la realidad vuelve
en la forma más antigua,
un cuerpo rodeando a otro,
y el fuego bajando la voz.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...