viernes, 24 de julio de 2026

Detras del Vidrio.

 Detrás de un vidrio esmerilado
y una luz tenue, cansada de ser tarde,
tu silueta se deshace lentamente
entre mis manos y la penumbra.
La noche, entonces, se vuelve primavera,
y en cada mínima partícula que nace sobre tu piel
no hay sudor
hay un amor antiguo derritiéndose en silencio,
sin verse, sin saberse,
pero dejándose caer entre mis dedos.
Intentas alcanzarme con una caricia,
pero el deseo es un río más fuerte,
y se enreda en tu cabello húmedo,
como si el tiempo hubiera olvidado su camino.
El cristal continúa empañándose;
afuera, la ciudad suspira con envidia
y confunde nuestra sombra
con la llama vacilante de una vela encendida.
Pero no es una vela.
Es la unión de dos silencios,
la casi desnudez de tu misterio,
más intensa que cualquier certeza,
más hermosa que la memoria del primer día.
Y mientras las palabras encuentran refugio en tu oído,
te cuento ese amor que todos buscan
y que sólo aparece
cuando el corazón deja de esperarlo.
Entonces el ventilador comienza su lenta danza,
el agua hierve en su paciencia,
como si el mundo entero aguardara un descanso
antes de continuar girando.
Y nosotros, ajenos al ruido de las horas,
permanecemos allí, detrás del vidrio,
donde el amor aprende a tener cuerpo
y la noche, por un instante, olvida terminar. 

Atropello Bonito.

 Me atropelló su manera sensual de saludarme,
y la noche, sin pedir permiso, se vistió de fiesta en microsegundos.
El río detuvo su antiguo murmullo para contemplarnos,
y aquella esquina solitaria de la plaza
dejó de ser un lugar en el mundo
para convertirse en el sitio exacto donde el destino decidió alcanzarme.
La vi aparecer como aparecen los milagros.
Caminaba hacia un inmenso mar de luces,
y cada paso suyo parecía inventar un nuevo latido en mi pecho.
Había en su andar una mezcla de dulzura y de fuego,
esa elegancia silenciosa de quien ha aprendido a levantarse
cada vez que la vida le ha puesto una piedra en el camino.
Luego descendió aquella escalera fría e inclinada,
y comprendí que la belleza no siempre habita en la perfección,
sino en la valentía de quienes siguen avanzando
cuando el alma está cansada.
Porque ella es así:
una mujer capaz de mirar de frente a sus tormentas,
de abrazar sus cicatrices sin avergonzarse de ellas,
de sostener la esperanza con ambas manos
aunque el tiempo insista en ponerle obstáculos.
Y yo la miraba.
La miraba como quien contempla por primera vez el mar,
como quien descubre que los sueños, a veces,
también tienen nombre, voz y mirada.
Entonces ocurrió.
En aquel microespacio donde dos respiraciones se encontraron,
sus labios rozaron los míos
y el universo olvidó por un instante continuar su marcha.
Fue un beso que no pidió permiso,
un beso que dijo más que mil palabras,
más que todos los poemas que aún no he escrito,
más que todas las promesas que alguna vez se hicieron los amantes bajo la luna.
Y en ese instante supe.
Supe que el río volvería a repetir su nombre en cada orilla.
Supe que las estrellas guardarían para siempre la memoria de sus ojos.
Supe que mi piel aprendería el idioma secreto de sus caricias
y que mi corazón, al fin, había encontrado su casa.
Desde aquella noche, el tiempo ya no se mide en horas,
sino en momentos compartidos:
en la forma en que me sonríe,
en la manera en que busca mi mano sin darse cuenta,
en el brillo que aparece en sus ojos cuando la felicidad la visita.
Porque ella está aquí.
Está a mi lado mientras escribo estas palabras,
y todavía consigue desordenarme el alma con un simple saludo.
Todavía logra que el mundo desaparezca cuando me besa.
Todavía convierte cualquier rincón en una celebración
y cualquier silencio en una conversación infinita.
A veces la observo sin que lo note,
y me descubro agradeciendo a la vida por haber insistido tanto.
Porque después de tantas despedidas, de tantos inviernos,
de tantas noches en las que pensé que el amor era apenas un recuerdo, llegó ella.
Y llegó para quedarse.
Ahora comprendo que el verdadero amor
no es solamente el vértigo de un primer beso,
sino la inmensa fortuna de despertar y encontrarla a mi lado;
de saber que, cuando el mundo se vuelva difícil,
habrá dos corazones enfrentando la tormenta en lugar de uno.
Ella está aquí, con la ternura de sus manos,
con la fortaleza de su historia,
con esa manera única e irrepetible de habitar mi vida.
Y si mañana el destino vuelve a desafiarnos,
caminaré junto a ella.
Si el camino se vuelve empinado,
seré la mano que la acompañe al descender cada escalera.
Y si alguna vez la tristeza intenta alcanzarnos,
volveré a besarla como aquella noche,
para recordarle que existen amores capaces de vencer al tiempo.
Porque ya no existe un yo sin ella.
Existe un nosotros.
Un nosotros escrito en la memoria del río,
en la sombra de aquella plaza, en el frío de aquella escalera,
en la eternidad de aquel beso
y en este presente maravilloso donde puedo decir,
con la absoluta certeza de quien ha encontrado un milagro,
que el amor tiene su nombre, su perfume,
la suavidad de su piel, la luz de sus ojos cuando me mira,
y el refugio perfecto de sus brazos.
Y mientras la noche vuelve a vestirse de fiesta allá afuera,
yo sólo puedo darle gracias a la vida.
Porque entre millones de caminos posibles,
entre infinitos encuentros que nunca ocurrieron,
el destino me concedió el más hermoso de todos,
tenerla a mi lado, amarla como la amo,
y saber, con la serenidad de quien ya no le teme al mañana,
que hay amores que no terminan nunca.
Simplemente permanecen, como el río,
como las estrellas, como aquel primer beso,
y como ella... que sigue aquí, a mi lado,
haciendo que mi corazón vuelva a enamorarse de la misma mujer,
todos los días de mi vida.

Perfume.

 Hay perfumes que nacen en el vidrio,
que duermen en frascos elegantes,
que esperan la tibieza de unas manos
para despertar apenas unas horas
y luego marcharse,
como se marcha la lluvia sobre las piedras,
sin dejar más memoria
que un nombre escrito en el aire.
Pero el suyo no.
El suyo no conoce escaparates,
ni etiquetas doradas,
ni anuncios luminosos en las grandes ciudades.
Su perfume es antiguo como la primera mujer,
y nuevo como la aurora que se derrama
cada mañana sobre el mundo.
Se esfuman los perfumes de su cuerpo
con la misma rapidez con que el tiempo
nos roba los días y los sueños.
Sin embargo, permanece ella,
con ese aroma secreto
que no se compra ni se vende,
porque nació con ella
el día en que la vida decidió darle forma.
Hay en su piel una historia silenciosa,
una música que sólo escuchan
los que saben mirar más allá de los ojos.
Y cuando camina,
parece que el aire aprende su nombre
y lo repite en voz baja
para no despertar a las estrellas.
Su verdadera fragancia
no cabe en un envase.
Viene con ella,
como viene la luna con la noche,
como viene el mar con su eterna nostalgia.
Es un perfume que cambia,
que crece y se enciende
según el instante que habita su corazón.
Hay días en que huele a primavera,
a jardines recién despiertos,
a flores que se abren sin pedir permiso.
Y otros días,
cuando la tristeza le visita los pensamientos,
su aroma tiene la profundidad
de la tierra después de la lluvia.
Es la intensidad de estar viva.
Y entonces,
sobre su suave y bella piel,
brilla el leve resplandor de la existencia,
ese que nace en los diminutos poros
cuando el verano abraza la tarde
y el mundo parece detenerse un momento
para contemplar el milagro de ser mujer.
La vida, con sus antiguas costumbres,
la cubre con telas, con formas, con nombres,
con deberes y calendarios.
Nos enseña a respetar la distancia,
a vestir los sentimientos,
a esconder bajo las palabras
lo que el alma quisiera decir a gritos.
Pero ni la tela más espesa
puede ocultar lo esencial.
Porque ella sigue siendo ella.
Única e irrepetible.
Como una melodía que jamás volverá a escribirse
de la misma manera.
Como un cometa que atraviesa una sola vez
la inmensidad del cielo.
Y aunque el tiempo insista
en dejarnos algunas canas y varias nostalgias,
hay cosas que no envejecen.
Su perfume es una de ellas.
No hablo de esencias extranjeras,
ni de notas de jazmín o de sándalo.
Hablo de ese misterio imposible de nombrar,
de esa presencia que permanece
mucho después de que ha partido.
Porque hay mujeres que dejan recuerdos.
Y hay mujeres que dejan estaciones enteras.
Ella pertenece a estas últimas.
Su perfume no anuncia su llegada,
la revela.
Está en la manera en que sonríe,
en la ternura que esconde detrás de sus silencios,
en la luz que derrama sobre las horas más simples,
en la manera en que convierte un instante cualquiera
en un lugar digno de ser recordado.
Y si alguna vez me preguntaran
a qué huele la eternidad,
no buscaría respuestas en antiguos libros
ni en las vitrinas del mundo.
Diría, sencillamente, que huele a ella.
A esa mujer que lleva consigo
el único perfume que jamás desaparecerá,
el de su propia esencia,
el de su historia, el de su alma.
Porque al final,
cuando todos los frascos estén vacíos
y el tiempo haya borrado nuestros pasos sobre la tierra,
seguirá existiendo ese aroma invisible
que ninguna mano pudo fabricar.
Ese perfume que simplemente huele a mujer.
Y basta una vez en la vida
haberlo sentido de cerca,
para comprender
que hay fragancias que pasan,
y otras, como ella,
que permanecen para siempre. 

Quédate.

 No te quedes donde te apaguen la risa,
ni donde te pidan permiso para ser quien sos.
No naciste para andar pidiendo disculpas
por el tamaño de tus sueños,
ni por la música que te habita.
Quedate donde te quieran despeinada por el viento,
con las medias verdades hechas poesía,
con las cicatrices brillando bajo la lluvia
de alguna noche porteña.
Quedate donde puedas putear al mundo,
reírte de vos misma
y volver a empezar un lunes cualquiera,
con un mate caliente entre las manos
y la certeza de que nadie va a pedirte
que seas menos de lo que sos.
Porque el amor,  amor,
no es una jaula con forma de promesa.
El amor es un tango mal bailado al principio,
que después encuentra el compás de dos corazones
que se buscan sin dejar de ser uno.
Y si alguna vez dudás de tu lugar en este mundo,
pensá en Buenos Aires.
Pensá en una esquina de San Telmo,
en un farol encendido después de la lluvia,
en una mesa para dos,
en un bandoneón llorando bajito,
mientras Charly se pelea con Piazzolla
y el Flaco Spinetta le roba unos versos a Gardel.
Ahí quiero encontrarte.
Porque te espero.
Con la paciencia de los locos lindos,
de los que todavía creen que las distancias
son apenas un mal chiste del calendario.
Te espero cuando el invierno afloje los puños,
cuando la gripe sea apenas una anécdota
que nos robó unos besos y algunos abrazos.
Te espero cuando el sol vuelva a colgarse
sobre el Río de la Plata
como una moneda de oro derramándose en el agua.
Y entonces sí...
Vamos a tomarnos de la mano
como si fuera la primera vez
y como si nunca nos hubiéramos soltado.
Vamos a caminar Buenos Aires
sin mirar la hora,
porque las mejores historias de amor
no llevan reloj.
Nos perderemos en Caminito como dos adolescentes,
nos encontraremos en Corrientes entre librerías y cafés,
nos besaremos bajo las luces de algún teatro antiguo,
y dejaremos nuestras huellas sobre las baldosas gastadas
que conocen más secretos de amor
que todos los poetas juntos.
Quiero verte sonreír
cuando un viejo tanguero nos guiñe un ojo desde la vereda,
mientras algún pibe con una guitarra eléctrica
se roba la noche tocando rock nacional.
Porque lo nuestro no es solamente tango.
Lo nuestro es tango con rock.
Es un bandoneón enamorado de una Fender.
Es una milonga bailada con zapatillas gastadas.
Es un beso con sabor a whisky y madrugada.
Es Cerati abrazando a Troilo.
Es Fito cantándole al amor desde alguna ventana abierta.
Es el corazón haciendo pogo en una milonga.
Y cuando la ciudad se quede en silencio,
cuando el último café nos eche con elegancia,
voy a mirarte a los ojos y entender algo 
que ya sé desde hace tiempo.
Mi casa no es una ciudad.
Mi casa no es un país.
Mi casa es el lugar exacto donde tus manos encuentran las mías.
Por eso, amor, quedate siempre donde seas celebrada.
Donde tu libertad sea bienvenida.
Donde tus derrotas reciban el mismo abrazo que tus victorias.
Donde nadie te quite las alas para enseñarte a caminar.
Y si el destino es generoso con nosotros, como creo que será,
muy pronto el sol brillará sobre Buenos Aires,
la gripe se habrá marchado para siempre,
y dos almas que se buscaron a la distancia
volverán a encontrarse en una esquina cualquiera.
Yo llegaré con el corazón hecho canción.
Vos llegarás con tu sonrisa de milagro.
Y la ciudad, cómplice de los enamorados,
nos regalará su mejor música.
Entonces, sin apuro, sin miedo y sin culpa,
volveremos a tomarnos de la mano.
Y al ritmo de un tango rockero,
de esos que se bailan abrazados y se cantan a los gritos,
sabremos que después de tanta espera,
por fin hemos llegado a casa.
Porque algunas personas no pasan por nuestra vida.
Algunas personas son la vida.
Y vos, sos la más hermosa melodía
que Buenos Aires todavía no ha terminado de tocar.

jueves, 21 de mayo de 2026

405/156

Un mundo de veintidós asientos
y mil historias latiendo en las ventanillas.
El inolvidable 405,
que después cambió su número
como cambian algunas calles con los años
y pasó a llamarse 156,
seguía siendo el mismo refugio de madrugada,
el mismo ruido de motor cansado,
la misma fila de sueños adolescentes
subiendo con carpetas bajo el brazo.
En Tronador y Núñez nacían las mañanas.
Todavía el sol dudaba entre las ramas
y ya había chicos esperando en la parada,
con sueño en los ojos, con tareas sin terminar,
con la corbata torcida o el guardapolvo todavía tibio de plancha.
Y ahí aparecía él, doblando despacio la esquina,
como si conociera de memoria
la ansiedad de quienes lo esperaban.
El bondi, el colectivo de todos los días.
El que llevaba nombres, secretos, amistades,
primeros amores escondidos entre asientos,
carcajadas que todavía resuenan
en alguna ventanilla empañada por invierno.
Veintidós asientos y un universo entero arriba.
Porque cada viaje era distinto.
Aunque el recorrido fuera el mismo,
nunca era igual la historia.
Algunos subían callados,
otros hacían del pasillo un recreo adelantado.
Siempre estaba el que corría desde media cuadra
gritando esperá, maestro; mientras el chofer sonreía
y frenaba unos segundos más.
Cuántas conversaciones nacieron ahí.
Cuántas amistades crecieron
entre frenadas y semáforos.
Compañeros de escuela,
profesores cargados de carpetas,
preceptores con mirada seria
que después terminaban riéndose
de alguna travesura en el fondo.
Y también estaban ellos, los choferes.
Hombres de ruta corta y corazón enorme,
que aprendían nuestros nombres
sin necesidad de preguntarlos.
Los que sabían quién rendía examen,
quién viajaba triste, quién volvía contento un viernes
porque empezaban las vacaciones.
Más de una vez, antes o después del recorrido,
el encuentro seguía en el Bar Primavera.
Ahí el café parecía durar más,
las charlas se mezclaban con humo y medialunas,
y el tiempo todavía no corría tan rápido.
Qué lindos momentos aquellos,
cuando la vida cabía en una mesa simple
y el futuro parecía enorme.
Había boletos capicúa guardados como amuletos.
Pequeños tesoros de papel que uno doblaba con cuidado
y dejaba escondidos en la billetera.
Como si un número repetido pudiera detener el tiempo.
Como si aquel viaje cotidiano fuera eterno.
Y estaban las monedas, la de diez centavos.
Las dos de un peso.
El sonido metálico cayendo en la máquina
era casi una ceremonia.
Una música sencilla que anunciaba el comienzo del viaje.
Después la SUBE borró aquellos ruidos,
pero no pudo borrar la memoria.
La estación Rivadavia esperaba al final del trayecto
como una estación del alma.
Y entre Tronador y Núñez hasta llegar allí,
iba creciendo una juventud entera.
Por las ventanas desfilaban árboles, kioscos, almacenes,
vecinos barriendo veredas,
la ciudad despertando lentamente.
Y adentro del colectivo iba un pequeño país de estudiantes
aprendiendo mucho más que materias.
Porque arriba del 405, después 156,
también se aprendía la amistad.
La lealtad, el compañerismo.
La alegría simple de compartir un asiento,
una anécdota repetida mil veces
que siempre hacía reír igual.
Quién pudiera volver una mañana cualquiera
a aquella parada.
Sentir otra vez el frío en las manos,
mirar a lo lejos esperando el colectivo,
y escuchar a alguien decir,
Ahí viene…
Entonces el corazón volvería a tener quince años.
Y otra vez subiríamos todos.
Los amigos, los compañeros,los profes.
Los sueños.
Y el viejo bondi seguiría avanzando
por las calles de Buenos Aires,
llevando en sus veintidós asientos
mucho más que pasajeros llevando una época entera
que todavía viaja en la memoria.

miércoles, 20 de mayo de 2026

Lancha Almacen.

Por los ríos callados del alba
cuando el camalote todavía sueña
y las garzas se peinan en la orilla,
aparece la lancha almacén
como un corazón de chapa y madera
latiendo despacio entre los arroyos.
Trae pan tibio, azúcar y remedios,
yerba para el mate de las islas,
velas para las noches de tormenta,
y noticias que cruzan el agua
como si fueran pájaros.
La esperan los muelles humildes,
las manos curtidas de los isleños,
los perros que reconocen el motor
mucho antes que asome en la curva
del Carapachay o del Pajarito.
Hay algo sagrado en su rutina,
el saludo temprano,
la libreta gastada de confianza,
la palabra cumplida
aunque crezca la sudestada
o el invierno se llene de niebla.
La lancha almacén no sólo vende; acompaña.
Sabe de silencios largos,
de ancianos que viven mirando el río,
de chicos descalzos corriendo al muelle
para recibir caramelos y sonrisas.
Cuántas veces llevó esperanza
entre juncales mojados,
cuántas veces fue abrazo
para quien pasó días enteros
sin otra visita que el canto oscuro de los sapos.
Romántica nave del Delta,
novia lenta de los arroyos,
con su estela pequeña
y su bandera cansada por el viento;
hay ternura en su andar paciente,
como si conociera el nombre secreto de cada isla.
Y el isleño la mira llegar
con ese agradecimiento simple
que no necesita palabras porque sabe
que mientras exista la lancha almacén,
nunca estará del todo solo
en el inmenso laberinto del Tigre.
Salud, vieja compañera del río.
Que nunca falte tu silbido en la mañana,
ni tu sombra cruzando el agua marrón
bajo los sauces.
Porque en cada viaje llevás mucho más
que mercadería, llevás confianza,
espera, amistad, y un pedazo noble del alma del Delta. 

La Colectiva.

 En el Delta la esperan como antes
se esperaba el silbido del tren
o el ruido querido del almacenero.
La lancha colectiva aparece doblando el arroyo
igual que un bondi sobre el agua,
con su estela marrón abriendo la mañana
entre sauces, ceibos y camalotes.
Desde temprano el muelle ya está atento.
Alguien mira el reloj,
otro alcanza a cebar un mate,
una mujer acomoda las bolsas del mercado,
un chico se cuelga la mochila de la escuela,
y algún viejo isleño
escucha el motor desde lejos
porque conoce ese sonido
como quien reconoce la voz de un amigo.
Entonces arrima despacio,
con paciencia de río antiguo,
y el capitán maniobra fino
hasta besar el muelle con la borda.
No falla.
No viene de largo como algunos colectivos de tierra
que dejan a la gente corriendo detrás;
la lancha se acerca bien,
como si supiera
que cada pasajero trae su historia encima.
Subir a la colectiva
nunca fue solamente viajar.
Era entrar en una pequeña comunidad flotante
donde todos terminaban conociéndose.
¿Cómo anda don Ricardo?
Y la nena, ya se mejoro?
supiste algo del viejo Navarro?
Y así el viaje avanzaba
entre preguntas sencillas
que valían más que cualquier noticia del mundo.
Porque en las lanchas del Delta
la vida siempre se contó de boca en boca.
La salud de uno, los hijos del otro,
los nietos que crecieron, las crecientes del río,
las sudestadas bravas, los amores, las pérdidas,
todo viajaba sentado entre mate y mate
mientras el agua golpeaba suave contra el casco.
Cuántos chicos habrán aprendido a viajar allí.
Con guardapolvos blancos todavía húmedos de rocío,
haciendo deberes sobre los asientos de madera,
estudiando multiplicaciones
mientras la lancha cruzaba el Carapachay o el Espera.
Más de una vez viajaron también los maestros,
con carpetas enormes y paciencia infinita,
saludando familia por familia
como si cada alumno fuera un sobrino del río.
Y cuando el viaje venía tranquilo,
sin lluvia ni viento bravo,
aparecía el mate compartido.
Uno cebaba, otro alcanzaba las tortas fritas,
alguno contaba una anécdota vieja
de cuando las lanchas llevaban gallinas, bicicletas,
cajones de fruta y hasta algún perro dormido bajo los bancos.
Había tiempo para conversar entonces.
El río parecía más lento, la gente más cercana,
y nadie tenía apuro porque el Delta enseña despacio
la verdadera medida del tiempo.
Pero algo fue cambiando.
Hoy muchos suben y se sientan en silencio.
Las pantallas encendidas iluminan las caras,
y el murmullo del río
a veces pierde lugar contra el ruido invisible del celular.
Ya casi no se escuchan aquellas conversaciones largas,
ni las discusiones sobre la creciente,
ni el comentario sobre el vecino enfermo
o la alegría porque nació un nieto nuevo en las islas.
Cada uno baja la cabeza y navega otro mundo pequeño
dentro de la mano.
Y sin embargo,
la lancha colectiva sigue teniendo magia.
Porque viajar por el Delta
continúa siendo distinto a todo.
Ninguna avenida puede compararse
con esos canales angostos cubiertos de verde,
ni existe semáforo más hermoso
que la luz del sol filtrándose entre los sauces.
La colectiva sigue cruzando historias.
Sigue uniendo familias, escuelas, almacenes y muelles.
Sigue llevando trabajadores dormidos al amanecer
y trayendo isleños cansados de regreso a casa.
Y todavía queda ese placer sencillo
de conocer a cada capitán.
Porque cada uno tiene su modo,
el serio,el bromista, el que silba tangos mientras conduce,
el que conoce cada poste del río,
el que frena para esperar al vecino que viene corriendo por el muelle.
Ellos también son memoria viva del Delta.
Saben dónde el río es traicionero,
dónde pega fuerte la corriente,
dónde una familia espera remedios,
o qué muelle quedó vacío para siempre.
Son conductores y testigos.
Guardianes silenciosos
de una geografía hecha de agua y recuerdos.
Y mientras exista una lancha colectiva
surcando las venas marrones del Tigre,
el Delta seguirá respirando humanidad.
Porque arriba de esas embarcaciones
no viajan solamente pasajeros.
Viajan costumbres antiguas,
amistades que duran décadas,
infancias enteras camino a la escuela,
historias de amor nacidas entre dos muelles,
y la esperanza humilde
de seguir saludándose por el nombre.
La lancha colectiva no es sólo transporte.
Es barrio flotando, es memoria navegando.
Es el corazón del Delta
yendo y viniendo todos los días sobre el agua.

domingo, 12 de abril de 2026

Ya no es lo Mismo.

 Corrientes ya no es la misma
cuando la pienso en silencio,
se me aparece en el pecho
como un rumor que lastima.
No hay farol que no me arrime
una escena que no está,
ni vereda que no sea
lo que no vuelve jamás.
Iba creciendo despacio
entre voces y vidrieras,
con ese pulso de espera
que tienen ciertos abrazos.
Y en cada paso, el pedazo
de una noche interminable,
donde el tiempo era maleable
y el alma no tenía atraso.
Desde Luna Park hasta el río
se peinaba de promesas,
y en  Alem la tristeza
se disfrazaba de frío.
Pero bastaba un desvío
para encontrarse en la risa,
algún café, alguna brisa,
y un sueño medio tardío.
En calle Florida se probaba
los gestos de otra vida,
y en calle Maipú recibía
tangos que el aire dejaba.
El Marabú la abrazaba
con un bandoneón antiguo,
y yo, perdido conmigo,
sin saber qué me pasaba.
Después venía el desborde,
las luces, la madrugada,
calle Esmeralda iluminada
como un deseo sin nombre.
El Teatro Maipo en su informe
de risas y de pecados,
y el Obelisco plantado
como un testigo del hombre.
Corrientes era un latido,
una promesa en la esquina,
una ciudad que camina
aunque todo esté perdido.
Y yo la llevo escondida
como se guarda un querer,
con ganas de no entender
por qué se fue de mi vida.
Y ahora que todo termina
en Cementerio de la Chacarita,
donde el silencio gravita
como una flor que se inclina,
me queda, entre la rutina,
un resto fiel de memoria,
la cito todos los días,
aunque a muchos les asombre
y en ese gesto sencillo
todavía vuelve a la historia.


Los Tuyos.

 Hay una forma en la sombra
que el mundo apenas adivina,
una presencia bajo la tela
como dos lunas contenidas.
No piden nombre ni prisa,
ni siquiera ser miradas,
pero guardan en su curva
la antigua voz de lo que llama.
Exuberantes,
como el verano en la piel,
como la fruta madura
que aún no se deja caer.
Atrevidos en silencio,
sin decir lo que prometen,
apenas rozan el aire
y ya todo se estremece.
Ocultos y sin embargo
dueños de cada latido,
porque hay misterios que viven
aunque no sean compartidos.
Y en esa forma perfecta,
eterna sin explicación,
se enciende un fuego pequeño
que no conoce razón.
No hace falta que se muestren
para saber que están ahí,
como un secreto del mundo
que eligió quedarse en sí.

Sos.

 Sos la musa que me arrastra
cuando la noche se agranda,
la que en versos me desbanda
y en silencio me desarma.
Tenés luz en la mirada
y un misterio que me enreda,
como farol de vereda
que alumbra y no dice nada.
Tu sonrisa, qué querés…
me desarma el andamiaje,
me deja en este viaje
sin saber cómo volver.
Y en tu voz, casi un querer,
hay un mimo que me alcanza,
como un fueye con nostalgia
que no se quiere callar.
Sos linda… pero a tu modo,
con ese tumbao canchero,
mezcla de barrio y de cielo
que no se compra ni en broma.
Tu piel, suave como loma
donde el día se descansa,
y esa forma que no cansa
de invitar sin decir nada.
Tus labios, qué tentación
versos bravos, medio atorrantes,
que se escapan desafiantes
y me roban la razón.
Y yo, gil del corazón,
me quedo ahí, medio en banda,
mientras tu sombra me manda
a perderme en tu calor.
Sos mi razón, mi desvelo,
mi porvenir y mi herida,
la que se mete en mi vida
como un tango sin consuelo.
Y aunque me hagas el duelo
de no saber si te tengo,
igual te nombro y me vengo
silbando bajito un ruego.
Porque sos, en este enredo,
más que un sueño de varón,
sos el verso que en canción
se me escapa sin remedio…
y aunque me haga el distraído,
te lo digo sin chamuyo
siempre termino en lo tuyo,
aunque me haga el perdido.


viernes, 10 de abril de 2026

Cumbre.

 En la memoria vibra el zumbido,
ese viento áspero de hélices cansadas,
los ventiladores girando a toda velocidad
como si quisieran sostener la noche.
Había un acomodador medio leyenda;
el gallego de pasos firmes,
que al final de cada velada
subía, estufa por estufa,
con una escalera apoyada en el silencio,
apagando el calor
como quien apaga los restos de un sueño.
Y ahí estaba el mundo,
un océano de butacas gastadas,
crujiendo historias,
abrazando cuerpos anónimos
que respiraban juntos
la misma película.
El Cumbre,
corazón encendido en la diagonal,
frente al mástil,
a metros de aquella Alborada inolvidable,
pegado a los pasos de la única galería,
era la estrella obstinada
de la cuadra más céntrica del barrio.
Noche a noche,
las luces bajaban como párpados cansados
y la pantalla abría otro universo
donde todo parecía posible.
Después venía la vida,
la charla suelta,
el comentario encendido,
el eco de los diálogos aún flotando.
La Alborada,
el Tren Mixto cruzando la noche,
Los Picapiedra con una pizza compartida,
o el Bar Alemán recibiendo mesas  y copas,
 discusiones eternas sobre héroes, villanos
y besos que todavía ardían.
Porque las películas no terminaban,
se escapaban, se deslizaban por la avenida
como fantasmas luminosos,
personajes inolvidables caminando entre nosotros
sin pedir permiso.
Y el barrio era eso, una extensión del cine,
una escena continua
donde cada vecino tenía su papel
y cada esquina guardaba un secreto.
Pero el Cumbre se fue.
Se apagó como esas estufas finales,
sin estruendo, sin despedida suficiente.
Y la modernidad callada, prolija
fue levantando rejas, cerrando puertas,
encerrándonos en casas
donde la noche ya no respira igual.
Sin embargo, de vez en cuando,
una voz en alguna cuadra, una frase suelta,
un recuerdo que se escapa
como rollo viejo de película,
nos devuelve el murmullo, el calor,
la risa compartida.
Y entonces, por un instante,
el Cumbre vuelve a encenderse,
los ventiladores giran otra vez,
el gallego sube su escalera,
y el barrio ese barrio respira como antes.
Como si nada se hubiera ido.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...