miércoles, 20 de mayo de 2026

Por los ríos callados del alba
cuando el camalote todavía sueña
y las garzas se peinan en la orilla,
aparece la lancha almacén
como un corazón de chapa y madera
latiendo despacio entre los arroyos.
Trae pan tibio, azúcar y remedios,
yerba para el mate de las islas,
velas para las noches de tormenta,
y noticias que cruzan el agua
como si fueran pájaros.
La esperan los muelles humildes,
las manos curtidas de los isleños,
los perros que reconocen el motor
mucho antes que asome en la curva
del Carapachay o del Pajarito.
Hay algo sagrado en su rutina,
el saludo temprano,
la libreta gastada de confianza,
la palabra cumplida
aunque crezca la sudestada
o el invierno se llene de niebla.
La lancha almacén no sólo vende; acompaña.
Sabe de silencios largos,
de ancianos que viven mirando el río,
de chicos descalzos corriendo al muelle
para recibir caramelos y sonrisas.
Cuántas veces llevó esperanza
entre juncales mojados,
cuántas veces fue abrazo
para quien pasó días enteros
sin otra visita que el canto oscuro de los sapos.
Romántica nave del Delta,
novia lenta de los arroyos,
con su estela pequeña
y su bandera cansada por el viento;
hay ternura en su andar paciente,
como si conociera el nombre secreto de cada isla.
Y el isleño la mira llegar
con ese agradecimiento simple
que no necesita palabras porque sabe
que mientras exista la lancha almacén,
nunca estará del todo solo
en el inmenso laberinto del Tigre.
Salud, vieja compañera del río.
Que nunca falte tu silbido en la mañana,
ni tu sombra cruzando el agua marrón
bajo los sauces.
Porque en cada viaje llevás mucho más
que mercadería, llevás confianza,
espera, amistad, y un pedazo noble del alma del Delta. 

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