domingo, 26 de enero de 2025

   

En el Delta del Tigre, la libertad se despliega,
en cada rama que susurra su canción al viento,
en las aguas que serpentean, libres y serenas,
donde el alma encuentra refugio y aliento.
La libertad en el Delta es el aire puro,
que acaricia el rostro con su brisa suave,
es el canto de las aves en su vuelo seguro,
es la naturaleza viva, salvaje y colorida.
Es el reflejo del cielo en el agua tranquila,
donde los peces juegan en su danza sin fin,
es la tierra fértil, verde y fecunda,
que se extiende generosa hasta el confín.
Es el murmullo del río en su viaje constante,
sin fronteras, sin límites, solo fluir,
es la esencia de lo indomable y vibrante,
donde la vida late con fuerza al existir.
La libertad en el Delta es el abrazo del sol,
que despide la noche y recibe el día,
es la luna que se alza en su manto de cristal,
inspirando sueños de paz y alegría.
En todas sus dimensiones, el Delta es libertad,
es la conexión profunda con lo eterno y natural,
es la voz del universo en su más pura verdad,
un santuario donde la libertad es total.

 Dos reposeras junto al río,
un mate y una conversación inolvidable.
Niños que corren, amigos que se encuentran
y la luna, girando como un testigo eterno.
El río cambia el rumbo de sus aguas,
el viento amaina su danza
y la luna se pierde en el horizonte
detrás de los árboles oscuros.
Todo pasa con ella,
su risa es el eco que llena el paisaje,
su presencia, un fuego que abriga la noche.
Ella, musa encubierta,
teje poesía sin darse cuenta.
Ya no hay niños,
apenas alguien camina a lo lejos,
una sombra que se desvanece,
mientras ella sigue ahí,
alegre, profunda, infinita.
El mate se enfría
pero las palabras arden,
y los minutos, las horas, la vida,
todo gira en torno a ella
que transforma lo efímero en eterno,
lo cotidiano en poesía.

sábado, 18 de enero de 2025

Ella es la emoción que despierta la vida,
dulzura escondida en la simpleza infinita.
Es una palabra que danza con firmeza y calma,
pronunciando auxilio que acaricia el alma.
Ella son mis lágrimas, mi risa, mi anhelo,
en el silencio donde la escucho y me vuelo.
Guarda en sus manos problemas y claves,
casillas de vida con soluciones suaves.
Es sonrisa y fuerza, refugio y valor,
guarda las palabras como un fiel fulgor.
Es el sol, la luna, las estrellas lejanas,
la lluvia que canta, el viento que emana.
Es mi musa, mi poesía, mi melodía,
pero debería ser un libro, una vida.
Páginas enteras que cuenten su ser,
relatos sin fin de su modo de querer.
Todo en sus ojos, en su voz tan sincera,
en sus consejos, su esencia entera.
Ella, única en el vasto universo,
y en la vida, mi verso más sentido.
El cielo plomizo baña Buenos Aires,
las palomas esperan en el campanario.
Una lluvia se anticipa, refresco anhelado
para una ciudad sofocada por el calor.
Días de asfalto ardiente y pasos lentos,
de ventanas abiertas buscando un respiro,
mientras los ventiladores cantan su letanía.
Es la quincena de vacaciones,
el mar retrocede ante el bullicio.
La oposición se queja, calculadora en mano,
cuentan turistas, porcentajes, estadísticas.
En el peaje, el conteo no se detiene:
autos, familias, rutinas en tránsito.
Mientras tanto, aquí en la ciudad,
el asfalto comienza a dejarnos transitar
más libre y rápidamente.
El aire, aunque denso, promete alivio.
En la orilla del río, donde el mundo desacelera,
las sillas que manos trabajadoras restauraron con amor
aguardan como siempre nuestra llegada.
El mate nos acompaña, humeante y paciente,
mientras las primeras gotas intentan limpiar el cielo.
Conversamos como solo se conversa junto al agua:
sin apuro, sin tiempo, sin final.
Las palabras fluyen como el río,
tocando temas hondos y livianos,
tejiendo historias entre risas y silencios.
Y cuando la lluvia cede, la luna emerge.
Nos encuentra abrazados bajo miles de estrellas,
unidos no solo por el cielo inmenso,
si no, también por los sueños y los recuerdos
qué noche a noche compartimos al borde del río.
Mientras tanto, mirando por la ventana
en la paz del día plomizo, ella: toma café.

lunes, 13 de enero de 2025

 
Aquella tarde de magia sencilla,
apoyé mi cabeza en tu pecho,
y el mundo entero pareció detenerse.
En la penumbra suave que nos envolvía,
las palabras fluyeron como un río sereno,
descubriendo anécdotas guardadas,
tesoros escondidos en los recovecos del tiempo.
Hablamos de vidas largas y plenas,
de risas atrapadas en el recuerdo,
de sueños que aún esperan su turno.
Cada frase era una llave
que abría puertas secretas,
y entre palabra y suspiro,
nos perdimos en la complicidad del momento.
Todo fue fantástico, inolvidable.
Los relojes, rendidos ante nuestra unión,
clavaron sus agujas en un instante eterno.
El sol, celoso quizás, detuvo su camino,
y la luna se quedó quieta,
observando desde lejos
la magia que en silencio tejíamos.
¿Y cuál magia?
Esa que nace de algo más profundo
que las palabras pueden explicar.
Esa que solo tú conoces,
como un misterio guardado en tu voz,
en tu risa, en la forma en que miras.
Una magia que el resto del mundo
nunca podrá entender.
En medio de la oscuridad,
sin más luz que la de nuestra entrega,
creamos un universo propio,
un rincón secreto donde el tiempo no existe.
Allí, éramos solo nosotros,
sin prisa, sin miedo,
solo un par de almas que se encontraron
y decidieron quedarse.


 El sol comienza a despedirse sobre la laguna Idahome,
tiñendo el agua de tonos dorados y cobrizos,
reflejando la calidez de tu cuerpo,
que una y otra vez se desliza con gracia sobre el agua,
como una sirena que ha decidido reinar en la tarde.
Cada movimiento tuyo es poesía,
una danza que se funde con las ondas del agua,
mientras el bote se acuna suavemente,
acompañado por el susurro de la vegetación
y el canto lejano de las aves,
guardianas de este silencio profundo y sagrado.
Estamos escondidos en el corazón del delta,
a pocos metros del Carapachay,
un refugio donde el mundo se olvida de nosotros
y nosotros del mundo.
Subes y bajas del bote,
como un juego que no necesita reglas,
y entre risas intentas que me una,
que deje la seguridad de mi rincón
para abrazar la libertad del agua con vos.
El atardecer se viste de fiesta,
adornando el cielo con pinceladas de fuego.
Y allí, entre risas y miradas,
una danza de placer nos envuelve.
El agua, cálida y cómplice,
nos invita a ser niños y amantes a la vez,
a explorar ese instante eterno
donde todo lo demás deja de importar.
Es un sábado más,
una tarde más en este paraíso secreto,
pero cada momento contigo
parece nuevo, irrepetible,
como si el delta nos reinventara con cada encuentro.
Tu voz, dulce y melodiosa,
se convierte en la canción del verano,
una melodía que llena el aire
y que solo los que aman profundamente pueden escuchar.
Cuando el crepúsculo comienza a ceder,
y las sombras anuncian la llegada de la noche,
nos abrazamos, envueltos en un amor que no conoce tiempo.
El bote, fiel compañero, nos lleva río arriba,
a un destino que solo nosotros conocemos.
El nido que construimos es un misterio,
un rincón escondido en el delta,
donde el amor nos cobija
y la belleza del mundo parece detenerse para contemplarnos.
Las estrellas, una a una,
comienzan a guiarnos con su brillo silencioso.
Ellas son testigos de nuestro secreto,
del amor que crece en medio de estas aguas,
donde el delta se convierte en cómplice
de lo que solo vos y yo compartimos.
Allí, bajo el manto nocturno,
con el río como testigo eterno,
nos dejamos llevar por la corriente,
sin importar el destino,
porque en este refugio de amor y naturaleza,
todo lo que importa es que estamos juntos,
y el resto del mundo puede esperar.

 El sol se hundía con pereza tras el horizonte, bañando el paraje de Las Palmas en tonos dorados y anaranjados. Allí, al final de la ruta 25, donde la civilización parecía ceder ante la inmensidad de la naturaleza, el mundo se ralentizaba, y el tiempo, como una brisa tibia, envolvía todo con suavidad. Ella apareció como si formara parte de aquel paisaje, caminando entre los altos pastizales, con una delicadeza que hacía dudar si sus pasos realmente tocaban el suelo. Sus ojos capturaban los colores del atardecer y los multiplicaban en matices que parecían infinitos. Su cabello, libre y rebelde, danzaba al compás del viento, y su risa –una música que ninguna melodía podría igualar– se deslizaba sobre las aguas tranquilas del río cercano. Desde el momento en que sus miradas se cruzaron, algo en el aire cambió. Hablaron poco al principio, porque el lenguaje de las palabras era torpe comparado con lo que sus gestos y silencios decían. Él, un viajero que había llegado buscando soledad, halló en ella un hogar al que nunca había pertenecido.Ella lo condujo a un rincón escondido, donde las palmas se alzaban como columnas que sostenían el cielo. Bajo su sombra compartieron historias y risas, mientras el tiempo parecía doblarse para extender cada instante. Esa noche, a la orilla del río, ella le propuso lo impensable: partir juntos.¿Adónde?, preguntó él, aunque sabía que no importaba. Donde nos lleve el río, respondió ella, y su sonrisa contenía todas las promesas que el mundo podía ofrecer. Al amanecer, con el canto de los pájaros como despedida, subieron a un viejo bote de madera que parecía esperarles. Con el río como guía, dejaron atrás Las Palmas, llevándose en sus almas la esencia del paraje. El agua reflejaba sus rostros, iluminados por un nuevo amanecer. No sabían a dónde los llevaría la corriente, pero la incertidumbre era un alivio cuando estaban juntos. Ella cantaba canciones antiguas, y él remaba al ritmo de su voz. Ambos aprendieron a leer en los susurros del río y en las señales del cielo.Con el tiempo, el mundo cambió a su alrededor, pero su amor permaneció inmutable. Cada puerto que tocaban era un capítulo nuevo; cada río que navegaban, un hilo más en la trama de su historia.
Nunca regresaron a Las Palmas, pero el paraje vivía en ellos, en cada mirada, en cada risa compartida, como un recuerdo de la primera vez que el destino los unió.


 Los domingos son mares sin viento,
silencios de arena en el reloj,
calma que asfixia entre tanto intento
de encontrarle sentido al sol.
El cielo se tiñe de una pereza amarga,
la brisa no arrastra promesas ni flor,
y el tiempo se cuelga como una carga,
ajeno a la prisa, ajeno al fervor.
Se cuelan las horas con pasos de plomo,
la luz desgastada dibuja un rincón;
el alma se enreda, sin rumbo, en el lomo
de un sueño que nunca tendrá conclusión.
Busco en la mesa algún eco de vida,
pero el mantel solo guarda el ayer.
La tarde se extiende, doliente y herida,
con un horizonte que no quiere ceder.
Domingo eterno, jornada baldía,
donde el aire pesa y el pecho se hundió.
Si acaso el reloj acelerará el día,
quizás su condena me deje en paz hoy.


 El lunes empieza con la parsimonia de enero, como si hasta el calendario se negara a correr. Los colectivos retoman su ritmo habitual, aunque con un aire distinto, casi resignado. Enero tiene esa calma rara, como un bostezo largo entre días iguales. ¿Qué sé yo, viste?, pienso mientras espero en la parada.
Subo al colectivo que me deja cerca del trabajo. Apenas me acomodo en el asiento, siento el dolor punzante en el dedo del pie, recuerdo el golpe torpe de ayer por la mañana. Una esquina de la cama me ganó la batalla antes de salir. Ahora el dolor sube hasta las muelas y no puedo evitar dibujar con los dedos en el aire globos de historieta: caricaturas mudas que protestan por el calor pegajoso.
Las calles, un poco más vacías que de costumbre, respiran esa mezcla de letargo y transpiración que trae enero. El viento, ese aliado ocasional, parece haberse tomado vacaciones, dejando al sol su reino. El aire está denso, como si cada bocanada costara un poco más.
El colectivo avanza, y el vaivén monótono me arrulla, aunque no tanto como para olvidarme de que es lunes. Lunes otra vez, pienso, y no puedo evitar tararear en mi cabeza esa canción de Sui Generis que habla de semanas que empiezan y terminan en un suspiro.
La rutina es un engranaje bien aceitado. Las mismas caras en las mismas paradas. Las mismas conversaciones que parecen un eco de semanas anteriores. Aun así, hay algo en esta repetición que me reconforta. Es como caminar por un sendero conocido, aunque el paisaje no sea especialmente emocionante.
Unas horas más, unos días más, y quién sabe, quizás algo cambie. Por ahora, el sudor del sol nos empuja hacia adelante, como si cada paso, cada respiración, fuera un pequeño triunfo sobre este calor aplastante.
El colectivo dobla la esquina, ya estoy cerca. Y aunque el día recién empieza, ya puedo imaginarme en casa, con un ventilador girando como una promesa de alivio después de la ducha nocturna. Porque sí, enero es pesado, lento, y a veces insoportable. Pero, al final, Alla vamos ¡¡¡, como decía una famosa que se autoproclamaba inmortal:  porque siempre, hay algo que nos espera al final del camino.

 En la plaza que me vio crecer,
entre toboganes altos de madera
y hamacas que rozaban el cielo,
un busto de Alberdi guardaba el centro,
y la calesita giraba sin tregua,
como si el tiempo quisiera quedarse.
Los domingos eran una fiesta,
el paseo entre risas y pasos lentos,
con la promesa dulce de la panadería,
donde la cola interminable,
como un río de aromas y charlas,
anunciaba las facturas que cerraban el día.
Hoy vuelvo, pero no estoy solo.
Ella camina a mi lado,
su risa es la brisa que acaricia la tarde.
Nos sentamos en el mismo banco de antaño,
los mates calientan las manos
mientras el sol se despide del cielo.
La plaza nos envuelve en su abrazo,
los árboles murmuran secretos del viento,
y la noche, tímida, se une al encuentro.
Bajo el manto estrellado de un verano,
la poesía se escribe en silencio,
con cada mirada, con cada suspiro,
y el amor florece donde la infancia dejó su huella.


 La luna llena, altiva y eterna,
asciende esta noche desde el río,
pero en su resplandor hay un dejo de envidia,
pues sabe que tus ojos iluminan más que ella.
Ese brillo, tan profundo como el cielo estrellado,
no solo acaricia la noche;
la domina, la transforma, la hace suya.
Tus ojos, faroles de un verde o un azul indescifrables,
como el agua que corre en el delta,
conducen miradas, despiertan sonrisas,
y esconden secretos que ni la luna puede alcanzar.
Con picardía dibujan días enteros,
y son el faro de los paseos a orillas del río,
donde el viento murmura historias de amor
y el agua refleja nuestras sombras, tan juntas.
La luna, esta noche, parece detenerse;
queda suspendida, embelesada por tu presencia.
Intenta igualar la fuerza de tu mirada,
pero se pierde en su propia distancia.
Mientras tanto, tú, aquí cerca,
con esa risa suave que embriaga
y esos ojos que movilizan todo a su paso,
conviertes al delta en un escenario eterno.
Cada ola que besa la orilla lleva tu nombre,
cada estrella que aparece lo hace por ti.
Y yo, perdido entre las luces de tus pupilas,
me encuentro y me pierdo a la vez.
El universo esta noche se rinde ante ti:
la luna, gigante y orgullosa, se inclina;
el río, eterno y paciente, te canta;
y yo, en esta poesía que nunca basta,
intento atrapar en palabras lo inalcanzable:
el color inigualable de tus ojos
y el amor infinito que despiertan en mí.








Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...