jueves, 21 de mayo de 2026

 Había un cielo celeste rodando por Buenos Aires.
No era nube, ni bandera,
ni verano reflejado en los vidrios.
Era el viejo 149, aquel colectivo inolvidable
que unía Constitución con Villa Cerini
como quien cose recuerdos
de punta a punta de la ciudad.
Sus coches parecían navegar las avenidas
con la calma de un tiempo distinto.
Un tiempo donde los viajes no eran apuro,
sino parte misma de la vida.
Y en Holmberg y Manuela Pedraza
comenzaban tantas historias.
Ahí esperaba el mundo.
Ahí estaba la infancia parada en una esquina,
mirando a lo lejos
hasta descubrir la silueta del colectivo
doblando despacio.
Entonces aparecía él; el 149.
Con su ruido querido, con su olor a cuero, 
gasoil y ventanas abiertas,
con los asientos gastados
por miles de pasajeros
que llevaban sueños simples en los bolsillos.
Qué largo parecía el viaje
y qué corto quedó en la memoria.
En verano, el destino era el Club Pinocho.
La pileta brillando bajo el sol,
las lonas de colores,
las ojotas calientes sobre el cemento,
las risas de chicos corriendo mojados,
el sonido de las pelotas
y las madres llamando desde lejos.
El 149 llevaba veranos enteros arriba.
Toallones, gaseosas,sandwiches envueltos en servilletas,
y esa felicidad pequeña
que no necesitaba demasiado para existir.
Otras veces, el viaje era junto a los padres.
Pasear por Triunvirato
como quien recorre una avenida infinita de maravillas.
Las luces de los negocios, las vidrieras encendidas,
el perfume mezclado de café y pizzería
subiendo desde las veredas.
Y allá estaba el Cine 25 de Mayo,
majestuoso y querido,
esperando detrás de sus carteles luminosos.
Entrar ahí era entrar en otro mundo.
La penumbra elegante,
las butacas rojas,
los murmullos antes que empezara la película,
y los ojos de los chicos
abriéndose enormes frente a la pantalla.
Cuántas historias nacieron también ahí,
entre aventuras de matiné
y la mano cálida de los padres acompañando.
Y después estaba la kermese.
La inolvidable kermese de la estación Urquiza.
Año tras año, el terreno se llenaba de luces,
banderines de colores
y canciones que parecían no terminar nunca.
Qué mágico era aquello.
Los puestos de juegos, las rifas,
las ruedas girando, el olor a choripán 
mezclado con algodón de azúcar,
los chicos corriendo con premios baratos
que parecían tesoros inmensos.
La estación entera respiraba fiesta.
Y cuando llegaba carnaval,
Triunvirato explotaba de alegría.
Serpentinas cruzando el aire,
espuma volando entre carcajadas,
murgas haciendo temblar la noche
con bombos y lentejuelas.
Buenos Aires todavía sabía bailar en la calle.
Después del corso,
la familia seguía la celebración en Gambrinus.
Ah, Gambrinus, qué nombre lleno de memoria.
Las mesas, las picadas rebosando de salame, 
jamón y queso, las aceitunas brillando bajo la luz amarilla,
los sifones sobre el mantel,
las cervezas heladas y las conversaciones interminables.
Ahí estaban los padres, los abuelos.
Las sobremesas eternas.
Las historias repetidas mil veces
que nadie se cansaba de escuchar.
El mundo parecía quedarse quieto en esos momentos.
Y mientras tanto, el 149 seguía pasando.
Como un hilo invisible
uniendo todos esos recuerdos.
Quién hubiera pensado
que un colectivo podía guardar tanta vida.
Pero algunos bondis
no transportaban pasajeros solamente.
Transportaban épocas.
El 149 cruzaba San Cristóbal,  Caballito,
Agronomía, Urquiza, Saavedra…
y en cada barrio dejaba un pedazo de historia.
Como un viejo amigo
que conocía cada esquina de memoria.
Cincuenta y ocho minutos duraba el recorrido completo,
pero para muchos
fue un viaje que todavía no terminó.
Después desapareció.
A comienzos de los años ochenta
sus coches dejaron de rodar.
Las paradas quedaron vacías.
Y la ciudad siguió adelante
como hacen las ciudades,
sin darse cuenta
de que a veces también se mueren los recuerdos.
Pero hay cosas que no desaparecen nunca.
Porque todavía vive
en la memoria de quienes lo esperaban en la esquina.
En quienes viajaban mirando por la ventanilla.
En quienes fueron felices sin saberlo.
Todavía vive
en el eco lejano de un boleto cortado,
en el brillo de una noche de carnaval,
en la espuma sobre Triunvirato,
en las luces del Cine 25 de Mayo,
en las mesas familiares de Gambrinus,
en los veranos rumbo al Club Pinocho.
Y quizá,
cuando alguna tarde cae despacio sobre Saavedra,
todavía pueda verse, aunque sea por un instante,
aquel viejo colectivo en  la esquina de Holmberg y Pedraza,
llevando arriba una ciudad entera de recuerdos. 


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