domingo, 31 de agosto de 2025

 La tormenta había terminado casi con un suspiro, con la última gota de lluvia resbalando por la tela, ella cerró el paraguas antes de cruzar la avenida. El semáforo le daba paso, y al fondo, en medio del caos de autos y colectivos, un rayo de sol tibio rompía la tarde anunciando su despedida.
Él también cruzaba y entre el tumulto de cuerpos y pasos apurados,  se miraron. Fue un instante breve, pero tan intenso que ninguno de los dos pudo seguir caminando igual, ella aceleró hasta la vereda, él dudó, pero al segundo volvió sobre sus pasos para seguirla.
Cuando ella puso los dos pies sobre la acera, giró la cabeza, quería comprobar si lo había imaginado, si aquel hombre se había perdido en la multitud, pero estaba allí, a su lado, demasiado cerca como para fingir casualidad. 
Sin decir palabra, le tomó la mano, ella no se resistió y caminaron juntos, como si los uniera un acuerdo antiguo, secreto.
Avanzaron por la avenida iluminada de ocaso, minutos después, bajo un cartel de cine ya desgastado por el tiempo, se detuvieron. Él la miró fijo, como si buscara permiso en su respiración agitada, y se inclinó. 
El beso fue torpe primero, urgente después, hasta que ambos se reconocieron en esa mezcla de labios húmedos y ternura contenida.
La ciudad desapareció, la gente, el ruido, el tránsito, todo quedó lejos, solo quedaron ellos dos, enredados en un deseo súbito que los arrastró hasta una esquina olvidada, donde las persianas bajas y los portales cerrados les ofrecieron refugio. 
Allí, entre sombras húmedas, él apoyó su espalda contra la pared y la atrajo hacia sí, ella dejó caer el paraguas, y con manos temblorosas buscó su cuello, su pecho, su cintura.
Él deslizó los dedos por su cabello mojado, bajando luego por la curva de su espalda hasta sentir el calor de sus caderas. se besaban como si quisieran devorarse, como si el tiempo se hubiera acortado y solo quedara esa oportunidad. 
Ella, con una mezcla de timidez y osadía, se pegó contra él, sintiendo el cuerpo erguido y fuerte que la reclamaba.
Los labios se multiplicaron en el cuello, en los hombros, en la piel recién descubierta cuando la blusa cedió a los botones apresurados, el roce de sus manos, la respiración entrecortada, el temblor de las piernas, todo fue creciendo como una tormenta distinta, que no se derramaba en agua, sino en deseo.
Cuando finalmente se perdieron en la penumbra de aquel pasillo, dejaron que el mundo se apagara afuera. 
Allí, entre caricias ansiosas y silencios cómplices, se entregaron, fue un encuentro breve, urgente, húmedo todavía por la lluvia, pero tan intenso que se grabó en la memoria de ambos como el verdadero inicio de todo.
Hoy, pasados los años, aún caminan por la misma avenida van de la mano a hacer las compras, se detienen en los mismos lugares, sonríen ante el mismo cine que ya no proyecta películas, sino que anuncia reuniones religiosa y cada vez que lo miran, no pueden evitar recordar aquella primera tarde, cuando se cruzaron en medio de la avenida y descubrieron, entre beso y deseo, que la vida entera podía empezar en un instante.


 La noche en Escobar tenía un aire espeso, cargado de misterio. El Paraná brillaba con reflejos de luna mientras las sombras de los buques inmensos pasaban a nuestro lado como bestias dormidas, nuestro bote, frágil como una media nuez, parecía insignificante frente a esa inmensidad.Sentí tu mano aferrarse a la mía, sudorosa, temblorosa, tus labios dibujaban una sonrisa confundida, mezcla de miedo y valentía, tus ojos, iluminados por el reflejo del agua, revelaban esa tensión deliciosa de quien se sabe vulnerable y, al mismo tiempo, viva.
El cruce fue un baile peligroso, el agua golpeaba, el motor vibraba como un corazón desesperado, y nosotros, diminutos, nos enfrentábamos al río como si la vida entera dependiera de llegar a la orilla, yo miraba tu rostro, esa expresión difusa de pánico contenido, y solo pensaba en protegerte, en ser tu refugio.Cuando al fin tocamos tierra firme, tu cuerpo se lanzó contra el mío, el abrazo fue feroz, un derrumbe de todo lo contenido, las lágrimas corrían calientes por tus mejillas y yo las bebí con un beso lento, profundo, que borraba el miedo y encendía otro fuego.Tus labios temblaban, y en ese temblor encontré deseo, tus manos, primero inseguras, comenzaron a deslizarse por mi espalda, apretándome contra vos, sentí tu pecho erguirse contra el mío, tus pezones endurecidos bajo la tela mojada, mi boca buscó la tuya y la encontré hambrienta, como si el cruce hubiera despertado un instinto nuevo, salvaje.Allí, en la arena húmeda, la pasión nos devoró, te recosté suavemente y mi boca comenzó un recorrido ansioso, tu cuello, tu clavícula, la sal de tu piel mezclada con el río. Tus gemidos, apenas contenidos, me guiaban, mis manos deslizaban tu ropa lentamente, descubriendo la tibieza húmeda de tu cuerpo.El aire se llenó de jadeos y del murmullo cómplice del Paraná. Cuando mis labios encontraron tus pechos, tu espalda se arqueó como buscando entregarse por completo, mis dientes jugaron con tus pezones mientras tus dedos se enredaban en mi cabello, pidiéndome más.Descendí, lento pero seguro, hasta hundirme en tu vientre palpitante, el aroma de tu sexo era un perfume salvaje que me enloquecía, te abriste para mí, generosa, vulnerable y poderosa a la vez. Mi boca recorrió tus pliegues húmedos y tu gemido se confundió con el rumor del río, te bebí como quien bebe agua en medio del desierto, sintiendo cómo tu cuerpo temblaba bajo mis caricias.Tus caderas comenzaron a danzar contra mi boca, tu respiración entrecortada se volvió un grito ahogado, tus manos me apretaban contra vos, exigiendo más, hasta que te desbordaste como una ola que rompe contra la orilla, estremecida, hermosa, dueña de la noche.Pero no nos detuvimos ahí, me buscaste con furia, me desnudaste con manos ansiosas y me recibiste entre tus muslos ardientes. Al entrar en vos, el tiempo se detuvo. El Paraná quedó atrás, solo existía tu cuerpo envolviendo el mío, húmedo, ardiente, reclamando cada embestida como un triunfo.La arena se volvió cómplice, el viento nos acariciaba, y el río, testigo eterno, nos miraba en silencio, cada movimiento era un recordatorio de que habíamos desafiado la muerte en el cruce y ahora celebrábamos la vida con un amor animal, desenfrenado.Tu boca gritó mi nombre al mismo tiempo que el mío se perdía en tu pie.
Al final, exhaustos, quedamos abrazados l, nos deshicimos juntos, en un estallido infinito, como si el Paraná entero hubiera corrido dentro de nosotros.bajo la luna, escuchando el rumor del agua, tu sonrisa, libre y seductora, brillaba más que las estrellas. Supimos entonces que ese cruce accidentado no solo había sido una aventura: había sido el inicio de una pasión que el río nunca olvidaría.

 Tus labios, frescos como el río,
se derriten en mi boca.
El cansancio del día desaparece
cuando te recorro lento,
palmo a palmo,
bebiendo tu piel como vino secreto.
Desnudos bajo la luna del Delta,
tu cuerpo es la isla donde me pierdo,
tus curvas son cauces ardientes
que guían mis manos y mi deseo.
El agua murmura a nuestro ritmo,
mi boca escribe en vos
palabras húmedas de placer.
Sos la poesía que se gime,
la canción prohibida de mis noches.
En la marea de tu vientre
encerrado sin querer huida
sos la mujer del Delta,
mi amante,
mi río desbordado de erotismo.

 Amarse sin tocarse es negar al sol su fuego.
Una mirada enciende,
pero es la piel la que pide la boca,
tu respiración, la que llama a la mía,
tu cuerpo el altar donde mi cuerpo se arrodilla.
Por eso mi deseo no se esconde,
necesito perderme en tu abrazo,
probar la dulzura de tu boca,
sentir cómo tu piel se abre como un secreto
que sólo mis manos pueden descifrar.
El amor no se conforma con palabras,
pide el roce, el gemido, la entrega.
Amar es hundirse en el cuerpo como en un río,
dejar que el agua nos arrastre,
y naufragar sin miedo,
porque tu abrazo es mi orilla.
Cuando entro en vos,
no es solamente el sexo el que habla,
es el amor que se hace carne,
El amor sin sexo es un sueño inconcluso,
una carta sin firma,
un fuego que no arde.
El amor verdadero pide desnudarse,
mezclar respiraciones,
y quedarse exhaustos y felices,
como dos cuerpos que han tocado el infinito.



 La mañana de domingo nos sorprendió con lluvia,
el Paraná se abrió como un espejo gris
donde el cielo se deshacía en gotas.
Tu mano buscó la mía,
y en ese gesto supe que el viaje sería más que un cruce,
sería un rito secreto entre vos y yo.
La pequeña embarcación se mecía suave,
el agua golpeaba como un tambor lento,
y cada gota que resbalaba por tu piel
me encendía más que el mismo sol ausente.
Te miraba, tu pelo húmedo pegado a la frente,
tus labios entreabiertos recibiendo la lluvia,
y mi deseo se mezclaba con la bruma del río.
Te acerqué, como si temiera perderte en la corriente,
y tu cuerpo tibio contra el mío fue la hoguera necesaria.
Tus pezones se endurecieron bajo la tela mojada,
tu risa tembló al sentir mis dedos recorrer tu cintura,
y el Paraná fue testigo del temblor
que no venía del frío sino del ardor.
La lluvia nos cubría como un velo,
nadie más existía, solo nosotros dos,
dos viajeros entregados al delirio del instante.
Mis labios se perdieron en tu cuello,
saboreando la sal de tu traspiración y el agua,
tu gemido se confundió con el rumor del río.
Amor, deseo, sexo, todo se mezcló allí,
en la pequeña embarcación que parecía flotar
no sobre agua, sino sobre nuestra fiebre compartida.
Cada caricia era un viaje,
cada beso, una orilla alcanzada,
cada penetración un estallido
que multiplicaba la lluvia dentro de nosotros.
Cuando al fin la tormenta se fue apagando,
no sabíamos si era el cielo el que había llorado,
o si éramos nosotros los que habíamos desbordado
el cauce inmenso del Paraná.
Y mientras el domingo seguía su curso,
yo supe que ese viaje había sido eterno,
un río, una lluvia, tu cuerpo y el mío
fundidos en el amor más carnal y más sagrado.


 Llueve, y el Delta se convierte en un mundo mágico, diferente, sin igual.
El interior de la casa se encoge para abrigarnos;
los leños en la cocina crujen lentamente,
y la pava siempre lista para el mate acompaña
a la humeante cafetera.
Desde la cama vemos el río,
ese río que durante toda la mañana fue,
y ahora regresa en su vaivén eterno.
Entre mates y besos, las horas se deslizaron suaves,
y nuestras caricias se hicieron más profundas,
más intensas, más necesarias.
Solamente te levantaste un instante
para abrirle la puerta a ella,
que quiso salir al mundo de lluvia,
y en ese breve momento tu cuerpo se enfrió.
Pero apenas volviste, nos encontramos otra vez,
y el calor encendido de nuestro abrazo
destapó la cama para llevarnos
a un largo paraíso compartido.
El sonido de la lluvia sobre el techo de chapa
se confundía con nuestros latidos,
marcando el ritmo secreto del domingo:
tu piel buscándome,
mi deseo fundiéndose en el tuyo,
una vez más, juntos,
uno dentro del otro,
mientras afuera el río y la tormenta
eran testigos silenciosos del amor.
Y así seguimos,
perdidos y hallados a la vez,
en el mágico Delta,
donde la lluvia, el río y nuestros cuerpos
se hicieron uno solo.


viernes, 29 de agosto de 2025

 Navegar tu locura
es perderme en un mar de llamas suaves,
es descubrir, sin mapa ni brújula,
la geografía sagrada de tu piel.
Cada rincón me llama,
cada curva es un secreto,
y yo, viajero insaciable,
recorro tu territorio de fuego y ternura.
Tus sentidos, al roce de mis pasos,
despiertan como campos en primavera:
flores invisibles se abren,
susurran perfumes de deseo,
y la vida estalla en colores
que solo existen entre tu piel y la mía.
Allí el sexo no es solo carne,
es un idioma profundo,
un pulso compartido,
un instante en que los cuerpos hablan
más allá de las palabras.
Allí el amor se vuelve río,
corriendo salvaje entre nuestras venas,
uniendo respiraciones,
fundiendo silencios,
haciendo eterno el segundo
en que tu mirada se incendia en la mía.
Y allí, en el centro mismo del vértigo,
la vida florece,
vida que late, que ruge,
vida que se entrega sin miedo,
vida que somos vos y yo
cuando nos encontramos enteros
en ese abrazo donde todo arde
y todo nace de nuevo.
 Tus labios me devoran con hambre, me besas como si quisieras arrancarme el alma. Nuestras lenguas se enredan húmedas, chocan, se muerden, se reconocen. La respiración se corta, el deseo nos atropella y ya no existe nada más que el calor creciente en nuestros cuerpos.
Arranco tu ropa sin paciencia. La seda resbala por tu piel y deja al descubierto tu desnudez temblorosa, lista, ansiosa. Mis manos recorren cada curva, aprietan tus senos, juguetean con tus pezones hasta endurecerlos bajo mis dedos. Te escucho gemir, morderte los labios, estremecerte al sentir cómo mi boca se apodera de tu pecho y lo devora, lamiendo, succionando, arrancándote jadeos cada vez más fuertes.
Tu cuerpo arde. Mis manos descienden lentamente hasta tu entrepierna húmeda. El calor que emana de vos me enloquece. Te abro de par en par, deslizo mis dedos por tus labios mojados y mi lengua se hunde en tu sexo con ansia, lamiendo profundo, saboreando cada gota de tu excitación.
Tu clítoris late bajo mi boca, lo succiono con fuerza, lo acaricio con mi lengua, mientras mis dedos penetran en vos, entrando y saliendo rápido, mojados, llenándote, hasta hacerte gritar sin pudor. Tus caderas se mueven desesperadas contra mi rostro, tus manos me hunden más, como si quisieras que me perdiera para siempre en tu humedad.
De repente, tu cuerpo se arquea, tus músculos se tensan, y un gemido desgarrado anuncia tu primer orgasmo, explosivo, líquido, caliente. Siento tu flujo desbordarse en mi boca y lo bebo sin detenerme, mientras tu cuerpo tiembla convulsionando de placer.
Pero no te dejo descansar. Te levanto, te tomo de la cintura y te penetró de golpe, con toda mi dureza, arrancándote un grito que se mezcla con un gemido salvaje. Entro hasta el fondo, una y otra vez, cada embestida más fuerte que la anterior, chocando contra tu carne mojada con un sonido obsceno que llena la habitación.
Tus uñas se clavan en mi espalda, me arañas, me suplicas que no pare. Te penetró con furia, con hambre, mientras tus piernas me aprisionan como si quisieras devorarme entero. Cambiamos de posición: te pongo de rodillas, tu espalda arqueada, tus nalgas ofrecidas. Te tomo por detrás, duro, profundo, sujetándote del cabello, marcando mi ritmo salvaje. La visión de tu cuerpo temblando, tu culo chocando contra mí, me lleva al borde de la locura.
El clímax se acerca. Tus gemidos se vuelven gritos, jadeos ahogados, palabras sueltas sin sentido. Siento cómo tu sexo late y me aprieta, tus músculos se contraen en oleadas de placer. No aguanto más: te tomo fuerte, te penetro hasta el fondo y explotamos juntos en un orgasmo brutal, desgarrador, que nos deja exhaustos, sudados, temblorosos.
Caemos rendidos entre las sábanas empapadas, nuestros cuerpos aún palpitando, entrelazados en el calor del deseo satisfecho. Te abrazo, beso tu cuello, y sonrío al saber que esta noche aún no termina.
 Sentir el roce de tu piel
es un viaje de ida sin retorno,
un abismo de deseo
donde el tiempo deja de existir.
Tus manos recorren mi cuerpo
con la sabiduría de quien conoce
cada rincón oculto,
cada sendero que despierta el fuego.
Tus labios, húmedos y urgentes,
se entregan al arte del beso profundo,
ese que no termina,
ese que arranca suspiros
y me arrastra a la frontera del delirio.
Las horas de pasión lavan la rutina,
borran los cansancios del día
y encienden una noche sin final.
El roce de tu piel contra la mía
es un lenguaje secreto,
una confesión que no necesita palabras,
solo gemidos que se enredan en el aire
como notas de una melodía prohibida.
La luz tenue del viejo velador
apenas ilumina la penumbra,
dejando sombras que insinúan
más de lo que revelan.
Pero al tacto, tu cuerpo
habla en su propio idioma:
en cada curva, en cada temblor,
en cada estremecimiento
que responda al mío con ansia.
Te abrazo en la desnudez,
y es como abrazar la eternidad,
tu calor me envuelve,
tu olor me embriaga,
y el deseo nos devora lentamente.
Tu boca desciende,
tus manos me exploran,
y mi piel se abre como un libro
que solo vos sabes leer.
Los minutos se vuelven eternos
cuando tus gemidos me guían,
cuando tu cuerpo se arquea
buscando fundirse en el mío.
Entonces ya no hay razón,
solo instinto,
solo placer que crece sin freno,
solo dos cuerpos entrelazados
en un ritual sagrado de sudor y piel.
Entregarme así es perderme,
es encontrarme en cada embestida,
en cada suspiro desgarrado,
en cada mirada que brilla húmeda
antes del clímax.
Y cuando llegamos juntos al borde,
cuando la explosión nos rompe
y el universo se reduce
a un grito ahogado entre tus labios,
entiendo que este instante
es el verdadero sentido de la vida.
Abrazarte después,
en el silencio tibio de la madrugada,
es tener en mis brazos
la más perfecta de las poesías,
la que se escribe con cuerpos,
la que se canta con jadeos,
la que se recuerda en la piel
aun cuando amanezca.

jueves, 28 de agosto de 2025

 Es jueves,
la tarde bosteza gris en el cielo
y una llovizna tímida se ensaya
detrás de las nubes que aún no se atreven.
ella descansa,
distendida como un suspiro largo,
con la calma dibujada en la comisura
de un sueño que no me pertenece.
Yo,
desde lejos,
desarmo el silencio con palabras suaves,
tejiendo versos que le rozan el cabello
como una brisa dulce,
escribiéndole en poesía
lo que mis manos no alcanzan,
lo que mi voz murmura al viento
para que la encuentre.
Mientras tanto,
la lluvia se demora,
y el jueves, cómplice,
nos regala este instante
donde todo cabe, la espera, el deseo,
y el leve temor de saber
que la miro sin que despierte.


 A metros del canal Emilio Mitre,
donde el mundo parece detenerse
y la ciudad se olvida de sí misma,
la mañana nos encuentra,
sin decir palabra,
escuchando el primer susurro del día.
El muelle cruje bajo nuestros pies descalzos,
como si la madera también despertará,
los álamos se sacuden,
el viento juega entre sus hojas
y se lleva el aroma dulce del río
 mezclado con tierra húmeda.
Vos me abrazás desde atrás,
sin apuro, como si el frío de la brisa
fuera la excusa para quedarte más cerca.
Tu pecho en mi espalda,
tu respiración tibia en mi cuello,
y ese silencio compartido
que dice más que cualquier palabra.
Nos quedamos así,
fundidos en un abrazo largo,
como si el tiempo nos perteneciera.
Del otro lado del arroyo,
una garza se eleva
y el reflejo del sol recién nacido
pinta de oro los sauces y los juncos.
Adentro, por la ventana entreabierta,
se cuela la luz tenue
y el sonido del arroyo
se mezcla con el canto de algún zorzal perdido.
Todo late a su propio ritmo,
el del agua, el del monte,
el de nuestros cuerpos quietos
pero llenos de vida.
El mate espera en la mesa,
la radio aún no suena,
y el mundo parece estar en pausa
solo para vernos amarnos,
sin urgencias, sin máscaras,
como si el Delta fuera cómplice
de este amor que se pronuncia sin voz.
Cada mañana acá, entre camalotes y abrazos,
siento que lo esencial
no está en los relojes
ni en los titulares, sino en este instante
donde el arroyo marca el pulso
de un día que comienza,
pero que ya es perfecto
porque estamos juntos.


 Escribo lo que pasa o lo que me pasa,
lo que veo o lo que invento;
lo que sueño o lo que apenas toco
cuando la vida me roza con el viento.
No sé si escribo verdades o reflejos,
si mis palabras caminan solas
o si son mis dedos quienes las arrastran
en un intento torpe de nombrarlas,
Te interpelo, lector,
no para que respondas,
sino para que sientas
esa misma pregunta quemándote la boca.
Pero así somos.
hechos de pensamientos que tropiezan,
de sueños que se olvidan,
de realidades que se disfrazan.
Más allá de la forma,
más allá de la coma o del punto,
hay algo que busca decir sin saber qué dice,
como si cada palabra tejiera un mapa
sin rumbo fijo, pero con deseo.
No escribo por claridad, escribo por necesidad.
Por locura, por ternura.
Por esa grieta mínima entre el ser y el parecer.
Escribo poesía, simplemente.
Confusa, hilada, desbordada, rebuscada, sí,
como la vida misma.


 El sol aún dormía en nuestra piel,
pegado como un secreto tibio,
y el ardor del día se fundía con la luna,
lentamente, como lo hacían nuestras miradas.
En los médanos, la arena raspaba suave
nuestra intimidad temblorosa,
y una brisa apenas murmuraba
historias viejas por la peatonal dormida,
ya sin luces ni bullicios, solo nosotros,
el mar y el deseo.
Eran noches de pueblo chico,
de la ciudad costera, donde el amor se tejía
entre puestos de artesanos y faroles apagados,
y se desataba en rincones sin testigos.
En el muelle de madera, crujía la vida entera,
cada paso vibraba como nuestros cuerpos
al borde de la marea.
Te besé con arena entre los dedos,
y tus manos, saladas, buscaron abrigo
debajo de mi ropa vencida.
Allí, en ese pedazo de mundo
que olía a pino y a crepúsculo,
se nos escapó la inocencia
envuelta en carcajadas y jadeos.
Locos recuerdos, de una noche de verano,
cuando el tiempo no pesaba
y el amor se sacudía como un medio mundo
lleno de ilusiones y piel de fuego.


 La inspiración no grita, susurra.
Nace en el rincón donde el ojo se detiene
y ve lo que otros solo miran.
Allí donde una lágrima se asoma,
y no huye, sino que se queda,
palpitando en el borde del alma.
Es en el temblor de un suspiro,
donde se oye un lenguaje
que no necesita palabras,
un idioma hecho de piel,
de tiempo suspendido
y de silencios que duelen.
No habita en montones de palabras,
ni en el ruido de los discursos vacíos;
vive en las justas, las precisas,
las que pesan aunque sean pocas.
Allí, en ese instante, mínimo invisible
comienza a germinar, una semilla de fuego
que no quema, pero ilumina.
Crece en la sombra, se fortalece en la duda,
bebe de la noche, y cuando menos se espera,
explota, no con un estruendo, sino con una luz
que algunos ven como un relámpago
en pleno pecho, y otros dejan pasar
como quien no entiende el lenguaje de los relámpagos.
Porque la inspiración no se enseña,
se siente, no se busca, te encuentra.
Y cuando lo hace,te atraviesa,
te transforma, y luego desaparece.


 La luna se reclinaba lentamente sobre las aguas del Carapachay, extendiendo un velo plateado que iluminaba el muelle como si fuera un altar secreto. Nuestros cuerpos, aún húmedos y manchados por el barro del río, subieron entre tropiezos, arrastrando consigo el perfume salvaje de la naturaleza y la urgencia contenida del deseo.
El barro era un amante más,  se pegaba a la piel, resbalaba entre nuestros dedos, marcaba huellas que no queríamos borrar. Entre risas y jadeos, lo sentíamos como un tatuaje vivo que nos unía al delta y a su misterio.
Tus pezones, duros y ansiosos, se erguían contra mi pecho, reclamando caricias como faros en la penumbra. Cada roce era un latido nuevo, un llamado que mi cuerpo no podía ignorar. Mis labios, enredados en el calor húmedo de tu vulva, se perdían en un lenguaje sin palabras, en un diálogo profundo donde la respiración se mezclaba con el río y el silencio se volvía música.
Allí, entre la oscuridad y la humedad de la noche, dejamos de ser dos. El barro nos envolvía, tus pezones me marcaban, tu vulva me abría las puertas de un universo donde la pasión no conocía límites. Fuimos uno solo, respirando el mismo aire, bebiendo la misma llama, entregados al abrazo más penetrante que el delta había presenciado.
Y así, con la luna como testigo y el río como cómplice, comprendimos que aquel rincón era más que un refugio: era nuestro templo secreto, único en el mundo, donde el barro, tus pezones y tu vulva se volvían protagonistas de una historia escrita con deseo, ternura y amor.


 La laguna escondida, celosa de nuestros secretos, 
nos recibía en silencio.
El bote, anclado entre juncos altos, parecía flotar inmóvil,
pero cada ola diminuta, cada soplo del viento en la proa,
acompañaba el movimiento de tu cuerpo sobre mí.
El delta era un mundo aparte,
los camalotes viajaban lentamente,
los sauces inclinaban sus ramas hasta tocar el agua,
y los pájaros, curiosos y discretos, nos espiaban desde la espesura.
Todo parecía detenido en un soplo ardiente de verano,
¡Como si la naturaleza entera aguardara nuestro estallido.
Y allí estabas vos, desnuda, con tus pechos
sacudiéndose con cada subida y bajada,
mientras tus caderas marcaban un ritmo lento, húmedo, perfecto.
La piel brillaba bajo el sol que se filtraba entre los árboles,
mezclándose con las gotas de sudor que corrían por tu vientre.
La madera tibia de la cubierta crujía bajo nuestros cuerpos,
y cada embestida tuya hacía vibrar no solo la barca,
si no también las aguas quietas de la laguna.
Tu vulva ardiente me envolvía una y otra vez,
¡Como si el río entero me penetrara de regreso a través de vos.
El perfume del barro mojado,
el murmullo de los juncos rozándose entre sí,
el eco lejano de un motor que se apagaba a lo lejos
todo conspiraba para que ese instante fuera eterno.
Tus gemidos se mezclaban con el canto de las aves,
y yo me perdía en tus pechos que me golpeaban el pecho, 
la boca, el rostro, en tu lengua que buscaba mi cuello,
en tus uñas que dejaban huellas como raíces en mi espalda.
El crucerito quedaba convertido en un altar flotante,
allí donde tu cuerpo me cabalgaba con furia y dulzura,
allí donde la laguna nos tragaba en su silencio,
allí donde el delta nos convertía en mito,
en amantes que dejaban grabado su amor
en cada rincón secreto, húmedo y salvaje del agua.



 Recorrer la casa fue un ritual secreto,
un viaje de piel contra piel,
del sillón que crujía bajo nuestros cuerpos
a la habitación donde las sábanas
se enredaron con nuestros gemidos.
Tus manos eran incendio,
mis labios, un deseo insaciable,
y cada rincón del cuarto
se volvió el escenario de tu entrega.
En la ducha, el agua tibia nos desnudó de nuevo,
resbalando como dedos invisibles
que se mezclaban con los míos,
mientras tu espalda arqueada
pedía más, pedía todo,
y yo respondía con hambre
de tu carne húmeda y ardiente.
La cocina, inesperada testigo,
recibió el clímax de nuestra locura,
sobre la fría mesada te hice altar,
y tu cuerpo, cálido y tembloroso,
se abrió como un universo para mí.
La frialdad del mármol cedió
ante el calor de tu piel,
mientras mis besos bajaban,
explorando cada pliegue,
cada rincón que me ofrecías
con la dulzura de un gemido.
No hubo paredes suficientes
para contener nuestra furia de amantes,
no hubo reloj capaz de detener
la marea que nos arrastraba.
Recorrer la casa fue recorrer tu cuerpo,
una y otra vez, sin descanso,
hasta que exhaustos y abrazados,
supimos que el amor y el deseo
pueden arder en un mismo fuego,
inmenso, sin límites, eterno.




 La hamaca paraguaya se balanceaba suavemente sobre el arroyo. La noche de verano era espesa, húmeda, cargada de deseo. Cuando me tomaste de la mano y me trajiste hacia vos, sentí que el mundo se apagaba alrededor. Tus labios buscaron los míos con una urgencia feroz, y en segundos ya estábamos devorándonos.
Tus manos me recorrieron con la impaciencia de quien quiere conocer cada rincón de un cuerpo. 
Me desnudaste con movimientos bruscos y a la vez cuidadosos, mientras yo me aferraba a tu nuca, sintiendo cómo tu respiración se volvía cada vez más profunda. La tela de la hamaca crujía bajo nuestro peso, marcando el compás de nuestros cuerpos.
Bajaste por mi cuello, por mis pechos, mordiéndolos y lamiéndolos hasta arrancarme gemidos. Tus dedos se hundieron entre mis piernas, abriéndome de golpe, húmeda y temblorosa. No me diste tregua, tu lengua me recorrió lenta y luego voraz, haciéndome arquear la espalda, haciéndome gritar en medio de la noche.
No supe si era el agua o mi propio sudor lo que me corría por la piel, pero me sentía derretirme entera. Me penetraste con fuerza, sujetándome las caderas para que no escapara, haciéndome tuya en cada embestida. El vaivén de la hamaca se mezclaba con el ritmo brutal de tu cuerpo dentro del mío. Todo eran gemidos, jadeos, carne contra carne.
Perdí la noción del tiempo, éramos solo vos y yo, uno adentro del otro, uno devorando al otro. El orgasmo me sacudió como un rayo, intenso, interminable, y todavía me estremecía cuando sentí cómo explotabas dentro de mí, hundido hasta lo más profundo, mordiéndome el cuello para contener tu grito.
Cuando el primer rayo de sol cruzó el horizonte, estábamos exhaustos, sudados, abrazados en esa hamaca que se volvió nuestro altar. Desde ese instante, lo supimos: no era solo sexo, no era solo pasión. Era el comienzo de algo que veinte años después sigue vivo, ardiente y tan necesario como aquella primera noche en medio del Delta.
Hoy, dos décadas más tarde, el fuego no se apagó. Tus manos siguen siendo las mismas que me recorren con hambre, tu boca sigue siendo la que me enciende en segundos, tu cuerpo sigue encontrando el mío con la misma fuerza. Y yo, cada vez que me penetras, vuelvo a aquella hamaca, a aquella primera vez en la que me descubriste y nos descubrimos.
Veinte años después, seguimos perdiéndonos en los mismos gemidos, seguimos temblando juntos, seguimos buscándonos como si el tiempo no hubiera pasado. Y cuando vuelvo a sentirte dentro de mí, sé que ese encuentro nunca clausuró, que sigue vivo en cada caricia, en cada orgasmo, en cada noche en la que todavía nos devoramos sin piedad y con todo el amor del mundo.


 El paseo por el Delta fue una caricia para los sentidos, el río Carapachay se abría ante nosotros, sinuoso y tranquilo, mientras el Paraná nos abrazaba con su inmensidad, el murmullo del agua se mezclaba con el canto de los pájaros y el rumor del viento entre los sauces, como si la naturaleza toda acompañara nuestro viaje secreto.
Te miraba, y la luz del sol se reflejaba en tu rostro, tus ojos brillaban con una intensidad que desarmaba cualquier palabra, y tu sonrisa tenía la magia de despejar el día entero, como si el mundo se resumiera en ese instante compartido. 
Nos acercamos, primero en un roce leve, casi tímido, hasta que nuestros brazos se encontraron y ya no hubo distancia, tu piel contra la mía fue encendiendo poco a poco un fuego silencioso, que viajaba con nosotros en cada curva del río.
Ambos sabíamos lo que aguardaba al final del recorrido. El deseo estaba escrito en nuestras miradas, en la manera en que tus dedos se entrelazaban con los míos, en cómo el silencio se volvía cómplice de un lenguaje más profundo que las palabras.
La cabaña nos esperaba, escondida entre los árboles, como un refugio íntimo preparado para nuestra entrega. Al entrar, el murmullo del agua quedó atrás, y en su lugar reinó el latido acelerado de nuestros cuerpos. Tus labios encontraron los míos en un beso primero suave, después urgente, mientras mis manos descubrían el contorno de tu piel. Cada caricia era una promesa, cada suspiro, una confesión callada.
Nos dejamos llevar por la corriente de un deseo que ya no podía contenerse, la ropa cayó como hojas al viento, y allí, bajo la luz que aún filtraba el atardecer, nos entregamos a un juego de besos, roces y caricias que encendían cada rincón de nuestro ser, tu respiración se confundía con la mía, y nuestros cuerpos se agitaban en un vaivén tan intenso como el mismo río que habíamos surcado.
La noche se hizo cómplice, las estrellas brillaban y, adentro, el resplandor de nuestra pasión iluminaba la penumbra. 
Nos amamos sin barreras, explorando cada rincón de nuestra piel, enredados en un abrazo que parecía eterno, entre gemidos y suspiros, el tiempo se detuvo, y solo existíamos vos y yo, unidos en un solo cuerpo, en un mismo latido.
Cuando los primeros rayos del sol atravesaron la ventana, aún permanecíamos fundidos, exhaustos y plenos, como si el amanecer nos encontrara en un único y último suspiro. El Delta quedaba atrás como testigo mudo de una noche de amor ardiente, libre, infinita.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...