Y el viento comenzó sacudiendo las nubes,
como si quisiera arrancarlas del cielo
para dejar al mundo suspendido
en un instante sin tiempo.
Las nubes fueron cubriendo las estrellas,
una tras otra, hasta que la luna,
con la timidez de quien conoce un secreto,
se fue escondiendo lentamente
detrás de aquel inmenso telón gris.
La habitación quedó envuelta
en una oscuridad apenas interrumpida
por los relámpagos lejanos
que, por un segundo,
dibujaban el contorno de nuestros cuerpos.
La ventana al balcón permanecía cerrada.
No hacía falta abrirla.
La lluvia entraba igual,
convertida en música,
en perfume de tierra mojada,
en el rumor incesante
que parecía marcar el compás
de cada respiración compartida.
Entonces me acerqué a vos.
Y te besé
como si aquel beso
fuera el último refugio
antes de que el universo dejara de girar.
Vos, lentamente,
me abrazaste como si fuera la primera vez
que dos cuerpos desnudos
se descubrían en la penumbra,
sin promesas, sin relojes,
sin otro destino que el de permanecer juntos.
La lluvia golpeaba los cristales
con una paciencia infinita.
Cada gota parecía escribir
una palabra distinta
sobre la ventana empañada.
Y nuestros silencios decían mucho más
que cualquier conversación.
Un trueno desgarró el cielo.
Su voz profunda
interrumpió por un instante
la melodía del agua.
Pero apenas duró un segundo.
Porque enseguida volvimos
a encontrarnos, como dos mares
que conocen desde siempre
el camino hacia la misma orilla.
Tu respiración cambió de ritmo,
y una sonrisa luminosa,
nacida del placer y de la confianza,
encendió tu rostro más que cualquier relámpago.
El tiempo perdió su forma,
los minutos pasaron al galope,
como caballos desbocados cruzando la noche.
Otro trueno y casi al unísono,
entre risas, decidimos abandonar por un momento
el refugio de la cama.
Caminamos descalzos por el living silencioso,
mientras la tormenta seguía escribiendo su concierto
del otro lado de los vidrios.
Dos tragos compartidos, un beso robado.
Algunas caricias que parecían continuar
la conversación que habían iniciado nuestros labios.
La mesa fue testigo de nuestras sonrisas,
de las miradas largas, de esa complicidad
que sólo conocen quienes han aprendido
a desnudarse mucho antes que quitarse la ropa.
Después volviste a buscar mi boca.
Y entre un beso y otro,
con una voz apenas audible,
pediste regresar a la cama,
como quien vuelve
al lugar donde los sueños
se confunden con la realidad.
La lluvia comenzó lentamente
a disminuir su canto.
Las gotas ya no corrían con furia.
Ahora caían despacio,
como si el cielo también quisiera descansar.
Y mientras la tormenta
se despedía del amanecer,
el silencio de la habitación
se llenó de respiraciones entrelazadas,
de abrazos largos, de piel tibia
y de esa paz que sólo nace
después de haber amado intensamente.
Permanecimos así,
abrazados durante largos minutos,
con el cansancio dulce
de quienes han recorrido
un largo viaje sin moverse del mismo lugar.
Afuera, la primera claridad del día
comenzó a filtrarse entre las cortinas.
Las nubes abrían lentamente
un pequeño camino para la mañana.
La lluvia ya era apenas un recuerdo.
Y comprendimos,
sin necesidad de decir una sola palabra,
que algunas noches no terminan cuando amanece.
Permanecen para siempre
en la memoria de la piel,
en el perfume de una habitación,
en el eco lejano de los truenos,
en la música de la lluvia
y en ese abrazo final
y en ese abrazo final
que convierte una tormenta
en un recuerdo imposible de olvidar.

.webp)








