Corrientes ya no es la misma
cuando la pienso en silencio,
se me aparece en el pecho
como un rumor que lastima.
No hay farol que no me arrime
una escena que no está,
ni vereda que no sea
lo que no vuelve jamás.
Iba creciendo despacio
entre voces y vidrieras,
con ese pulso de espera
que tienen ciertos abrazos.
Y en cada paso, el pedazo
de una noche interminable,
donde el tiempo era maleable
y el alma no tenía atraso.
Desde Luna Park hasta el río
se peinaba de promesas,
y en Alem la tristeza
se disfrazaba de frío.
Pero bastaba un desvío
para encontrarse en la risa,
algún café, alguna brisa,
y un sueño medio tardío.
los gestos de otra vida,
y en calle Maipú recibía
tangos que el aire dejaba.
El Marabú la abrazaba
con un bandoneón antiguo,
y yo, perdido conmigo,
sin saber qué me pasaba.
Después venía el desborde,
las luces, la madrugada,
calle Esmeralda iluminada
como un deseo sin nombre.
El Teatro Maipo en su informe
de risas y de pecados,
y el Obelisco plantado
como un testigo del hombre.
Corrientes era un latido,
una promesa en la esquina,
una ciudad que camina
aunque todo esté perdido.
Y yo la llevo escondida
como se guarda un querer,
con ganas de no entender
por qué se fue de mi vida.
Y ahora que todo termina
en Cementerio de la Chacarita,
donde el silencio gravita
como una flor que se inclina,
me queda, entre la rutina,
un resto fiel de memoria,
la cito todos los días,
aunque a muchos les asombre
y en ese gesto sencillo
todavía vuelve a la historia.
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