domingo, 12 de abril de 2026

 Corrientes ya no es la misma
cuando la pienso en silencio,
se me aparece en el pecho
como un rumor que lastima.
No hay farol que no me arrime
una escena que no está,
ni vereda que no sea
lo que no vuelve jamás.
Iba creciendo despacio
entre voces y vidrieras,
con ese pulso de espera
que tienen ciertos abrazos.
Y en cada paso, el pedazo
de una noche interminable,
donde el tiempo era maleable
y el alma no tenía atraso.
Desde Luna Park hasta el río
se peinaba de promesas,
y en  Alem la tristeza
se disfrazaba de frío.
Pero bastaba un desvío
para encontrarse en la risa,
algún café, alguna brisa,
y un sueño medio tardío.
En calle Florida se probaba
los gestos de otra vida,
y en calle Maipú recibía
tangos que el aire dejaba.
El Marabú la abrazaba
con un bandoneón antiguo,
y yo, perdido conmigo,
sin saber qué me pasaba.
Después venía el desborde,
las luces, la madrugada,
calle Esmeralda iluminada
como un deseo sin nombre.
El Teatro Maipo en su informe
de risas y de pecados,
y el Obelisco plantado
como un testigo del hombre.
Corrientes era un latido,
una promesa en la esquina,
una ciudad que camina
aunque todo esté perdido.
Y yo la llevo escondida
como se guarda un querer,
con ganas de no entender
por qué se fue de mi vida.
Y ahora que todo termina
en Cementerio de la Chacarita,
donde el silencio gravita
como una flor que se inclina,
me queda, entre la rutina,
un resto fiel de memoria,
la cito todos los días,
aunque a muchos les asombre
y en ese gesto sencillo
todavía vuelve a la historia.


 Hay una forma en la sombra
que el mundo apenas adivina,
una presencia bajo la tela
como dos lunas contenidas.
No piden nombre ni prisa,
ni siquiera ser miradas,
pero guardan en su curva
la antigua voz de lo que llama.
Exuberantes,
como el verano en la piel,
como la fruta madura
que aún no se deja caer.
Atrevidos en silencio,
sin decir lo que prometen,
apenas rozan el aire
y ya todo se estremece.
Ocultos y sin embargo
dueños de cada latido,
porque hay misterios que viven
aunque no sean compartidos.
Y en esa forma perfecta,
eterna sin explicación,
se enciende un fuego pequeño
que no conoce razón.
No hace falta que se muestren
para saber que están ahí,
como un secreto del mundo
que eligió quedarse en sí.
 Sos la musa que me arrastra
cuando la noche se agranda,
la que en versos me desbanda
y en silencio me desarma.
Tenés luz en la mirada
y un misterio que me enreda,
como farol de vereda
que alumbra y no dice nada.
Tu sonrisa, qué querés…
me desarma el andamiaje,
me deja en este viaje
sin saber cómo volver.
Y en tu voz, casi un querer,
hay un mimo que me alcanza,
como un fueye con nostalgia
que no se quiere callar.
Sos linda… pero a tu modo,
con ese tumbao canchero,
mezcla de barrio y de cielo
que no se compra ni en broma.
Tu piel, suave como loma
donde el día se descansa,
y esa forma que no cansa
de invitar sin decir nada.
Tus labios qué tentación
versos bravos, medio atorrantes,
que se escapan desafiantes
y me roban la razón.
Y yo, gil del corazón,
me quedo ahí, medio en banda,
mientras tu sombra me manda
a perderme en tu calor.
Sos mi razón, mi desvelo,
mi porvenir y mi herida,
la que se mete en mi vida
como un tango sin consuelo.
Y aunque me hagas el duelo
de no saber si te tengo,
igual te nombro y me vengo
silbando bajito un ruego.
Porque sos, en este enredo,
más que un sueño de varón,
sos el verso que en canción
se me escapa sin remedio…
y aunque me haga el distraído,
te lo digo sin chamuyo
siempre termino en lo tuyo,
aunque me haga el perdido.


viernes, 10 de abril de 2026

 En la memoria vibra el zumbido,
ese viento áspero de hélices cansadas,
los ventiladores girando a toda velocidad
como si quisieran sostener la noche.
Había un acomodador medio leyenda;
el gallego de pasos firmes,
que al final de cada velada
subía, estufa por estufa,
con una escalera apoyada en el silencio,
apagando el calor
como quien apaga los restos de un sueño.
Y ahí estaba el mundo,
un océano de butacas gastadas,
crujiendo historias,
abrazando cuerpos anónimos
que respiraban juntos
la misma película.
El Cumbre,
corazón encendido en la diagonal,
frente al mástil,
a metros de aquella Alborada inolvidable,
pegado a los pasos de la única galería,
era la estrella obstinada
de la cuadra más céntrica del barrio.
Noche a noche,
las luces bajaban como párpados cansados
y la pantalla abría otro universo
donde todo parecía posible.
Después venía la vida,
la charla suelta,
el comentario encendido,
el eco de los diálogos aún flotando.
La Alborada,
el Tren Mixto cruzando la noche,
Los Picapiedra con una pizza compartida,
o el Bar Alemán recibiendo mesas  y copas,
 discusiones eternas sobre héroes, villanos
y besos que todavía ardían.
Porque las películas no terminaban,
se escapaban, se deslizaban por la avenida
como fantasmas luminosos,
personajes inolvidables caminando entre nosotros
sin pedir permiso.
Y el barrio era eso, una extensión del cine,
una escena continua
donde cada vecino tenía su papel
y cada esquina guardaba un secreto.
Pero el Cumbre se fue.
Se apagó como esas estufas finales,
sin estruendo, sin despedida suficiente.
Y la modernidad callada, prolija
fue levantando rejas, cerrando puertas,
encerrándonos en casas
donde la noche ya no respira igual.
Sin embargo, de vez en cuando,
una voz en alguna cuadra, una frase suelta,
un recuerdo que se escapa
como rollo viejo de película,
nos devuelve el murmullo, el calor,
la risa compartida.
Y entonces, por un instante,
el Cumbre vuelve a encenderse,
los ventiladores giran otra vez,
el gallego sube su escalera,
y el barrio ese barrio respira como antes.
Como si nada se hubiera ido.

jueves, 9 de abril de 2026

Hay barrios que no se nombran:
se respiran y Saavedra
no se dice, se camina despacio
como quien vuelve a un abrazo que nunca terminó.
Sabe a tarde larga en sus parques,
a banco gastado por historias,
a sombra que cobija más de lo que tapa.
El verde ahí no es paisaje:
es memoria viva,
es promesa de domingo que no falla,
es infancia que no se deja ir.
Y su gente, esa forma de mirarte
como si te conociera de antes,
aunque recién cruces la esquina.
Como si cada cara guardara
un pedacito de barrio
para el que viene llegando.
En el aire, todavía, late el eco de la Sirena, 
esa que cortaba el tiempo en dos
y los Los Picapiedras riéndose en alguna tele lejana,
mientras el mundo era más chico
y alcanzaba con volver antes de que oscurezca.
El boulevard se estiraba como un suspiro largo,
con árboles que aprendieron a escuchar
más que a hablar, y veredas que saben
todos los pasos que pasaron por ahí.
El empedrado, ah, el empedrado.
No es calle, es corazón antiguo.
Es el ritmo irregular
que obligaba a bajar la velocidad
para que la vida no se te escape.
Y los cines, fantasmas luminosos de otras noches,
todavía proyectan besos en penumbra,
todavía guardan aplausos que nadie vino a retirar.
Porque Saavedra siempre está al borde…
como si fuera a caerse del mapa,
como si la provincia la estuviera llamando bajito.
Pero la Avenida General Paz la sostiene.
Como una línea terca,
como un límite que no es frontera
sino abrazo apretado
para que no se vaya del todo.
Y cuando llueve…
cuando llueve el barrio se vuelve otra cosa.
No se inunda de tristeza, se empapa de historia.
Se puede caminar igual,
aunque el cielo se venga abajo,
porque hay algo en el suelo,
algo secreto, como un swing de suelas de zapatilla de goma
que hace rebotar la nostalgia en cada baldosa.
Y entonces, cada esquina perfuma el día.
No con flores, ni con promesas nuevas,
sino con ese olor a vida vivida,
a charla en la vereda, a mate que no se apura,
a amor sin espectáculo.
Es un tango, sí, pero no de escenario.
Un tango que se arrastra despacio
por las calles de Saavedra,
que se mete en los bolsillos,
que se queda en los huesos.
Un tango que no pide permiso
para doler un poco, para querer quedarse.
Porque hay barrios que pasan…
y hay barrios que se quedan a vivir
en la forma en que uno recuerda.
Y Saavedra con sus parques, su gente, su lluvia mansa—
no se olvida. Se vuelve.
 Sábado a la noche,
la ciudad se afloja el nudo del día
y en la piel de la avenida Cabildo
la luz se vuelve promesa.
Ella baja como si nada,
rubia de viento suelto,
con una sonrisa que no pide permiso
y sin embargo lo cambia todo.
Hay algo en su andar
que no es apuro ni destino,
sino esa forma de saber
que alguien la está esperando
aunque todavía no haya llegado.
Las veredas murmuran su nombre
sin conocerlo, los faroles la siguen
como viejos cómplices del deseo,
y la noche esa vieja cantora
le acomoda el ritmo en la cintura.
En Cabildo y Juramento
el aire se detiene apenas,
como si la ciudad misma contuviera el aliento
para ver qué va a pasar.
Y pasa.
Un guapo se recorta entre sombras,
no por valiente, sino por esa manera de mirar
que ya es un roce.
No hay saludo, no hay palabras que sobren.
Alcanza con un tango
que se escapa de algún rincón,
de una radio gastada
o de un corazón que no se resigna.
Entonces, sin más vueltas,
como si el mundo fuera solamente eso,
la esquina se vuelve pista.
Y bailan.
Bailan con la noche prendida en los pies,
con la luna apoyada en los hombros,
con el deseo dibujando figuras
que nadie se anima a nombrar.
Ella se deja llevar pero no se entrega,
él la conduce pero no la tiene.
Y en ese equilibrio exacto,
en esa cuerda fina entre el fuego y la distancia,
nace el milagro breve del tango:
dos soledades que por un instante
se creen eternas.
La ciudad los mira de reojo,
algún colectivo pasa sin entender nada,
y los balcones guardan silencio
como si respetaran un secreto antiguo.
Después, cuando el último giro se apaga
y la música se vuelve recuerdo,
no hay despedidas que pesen.
Se miran apenas,
como quien guarda algo
sin llevarlo en las manos.
Y se pierden.
Por Juramento hacia el bajo,
donde la noche es más honda
y las promesas no necesitan cumplirse.
Buscan, anda a saber qué buscan,
quizás otro tango, quizás otro cuerpo,
quizás esa forma de no estar solos
sin dejar de ser libres.
Pero nunca un no, nunca un grito desesperado,
nunca la ruptura brutal del hechizo.
Sólo la luna, redonda y cómplice,
derramando luz sobre sus espaldas
mientras se alejan.
Y en la esquina queda algo,
una huella que no se ve pero late.
Porque el tango no termina,
se esconde. Y espera.

miércoles, 8 de abril de 2026

 En la esquina cansada del barrio antiguo,
donde el farol suspira su luz amarilla,
camina la morocha con ojos de tiempo,
como si llevara la historia en las pupilas.
Tiene la noche enredada en el pelo suelto,
y un tango quebrado temblándole en la voz,
de esos que nacen del fondo del alma
y mueren despacio pidiendo perdón.
La vereda la nombra, la sigue la brisa,
los gatos la miran pasar sin maullar,
porque saben que en su paso hay un misterio
que ni el silencio se anima a nombrar.
Y entonces, como un bandoneón que se abre en el pecho
se desborda este amor que no sabe callar:
Morocha de ojos color del tiempo detenido,
de nostalgias que duelen como un invierno largo,
de manos tibias que saben a abrigo,
cómo decirte sin romper el aire
que en vos se me queda la vida latiendo despacio.
Morocha, si supieras que en cada rincón del barrio
te nombro en voz baja como una oración,
que tu risa me salva del gris de los días
y tu pena se vuelve también mi dolor.
No sos mía ni hace falta que el mundo lo entienda
pero hay algo en tu forma de mirar la nada
que me ata a tu sombra sin pedir permiso,
como el tango se ata a la herida
y la herida se vuelve canción.
Yo te quiero así con tu historia a cuestas, 
sin preguntas, con ese pasado que no pide perdón,
con la lluvia escondida en los ojos
y el temblor inevitable del corazón.
Te quiero en la distancia breve del aire,
en la esquina donde el tiempo se va,
en el eco de un fue que no se resigna
y en todo lo que no pudo ser y será.
Morocha si alguna noche te gana el recuerdo
y el mundo se vuelve demasiado gris,
buscame en el humo lento del tango,
en la copa olvidada, en el último acorde
ahí voy a estar, esperándote sin fin.
Porque este amor no se grita:
se queda, se hunde, se hace raíz,
como el río callado que abraza la orilla
sin decir jamás que vive por vos,
pero no sabe existir sin tu latir

martes, 7 de abril de 2026

 Colorada,
con ese fuego en la melena
que alumbra más que farol de esquina,
y una sonrisa canchera
que te deja en orsai el alma.
Tenés un no sé qué en la mirada,
medio dulzona, medio maleva,
que te afana el respiro
sin pedir permiso ni nada.
Colorada,
si caminás por la vereda
se hace silencio el barrio entero,
hasta el viento se queda piola
mirando cómo te lleva el paso.
Sos brasa que no quema,
pero deja marca,
de esas que ni el tiempo
se anima a borrar.
Y uno, medio gil, medio rendido,
se queda dando vueltas
como trompo sin piolín,
por culpa de ese embrujo
que llevás en la piel.
Colorada…
si el amor fuera un tango,
seguro lo bailaría con vos
hasta que se apague la noche.




 San Telmo nos caminaba,
más que nosotros a él,
como si cada piedra supiera
el peso leve de lo que fuimos.
El empedrado, húmedo de historia,
devolvía pasos que no eran nuestros,
ecos de otras noches,
de faroles encendidos con paciencia,
de nombres dichos al oído
cuando la ciudad todavía sabía escuchar.
Las veredas angostas
nos obligaban a rozarnos,
como si el barrio insistiera
en que el amor no se diga,
sino que se sostenga
en una mano tomada sin apuro.
Y ahí, entre fachadas cansadas,
descubrimos casas que resisten,
ventanas que miran sin ser vistas,
puertas que guardan secretos
de un pasado que no supimos cuidar.
En la plaza,
una pareja bailaba tango
como si el mundo no doliera,
como si el tiempo no pasara.
El fuelle, terco, respiraba
haciendo lo posible con lo poco,
como hace siempre esta ciudad
cuando la empujan al olvido.
Y entre idiomas cruzados,
turistas que pronuncian distinto,
hubo un voseo que cortó el aire,
claro, íntimo, como una verdad que no se exporta.
Ahí fue el beso,
robado o encontrado, qué importa.
Ahí fue la mano,
la tuya, aferrándose a la mía
como si el mundo no tuviera bordes.
Y también, claro, el vivo de siempre,
el que intenta lo que no debe,
el que confunde picardía con descuido,
como si olvidáramos
que lo nuestro se rompe fácil.
En Dorrego y Defensa
pasó un auto antiguo, alquilado,
vendiendo nostalgia por vueltas,
más caro que cualquier metro del mundo,
pero incapaz de llevarnos
a donde realmente queríamos volver.
Porque Buenos Aires es eso,
una sonrisa que se quiebra,
una lágrima que no cae,
una memoria que insiste
aunque la neguemos.
Y nosotros, caminando en el medio,
entre lo que fue y lo que queda,
con una flor en la noche
y un tango latiendo despacio.
El sol empezó a bajar
como bajan las certezas,
y el empedrado transpiró otra historia,
otra noche que se armaba
con retazos de lo mismo.
Y vos a mi lado, caminando.
Sin promesas,
sin pasado que nos pese más que el presente,
pero con esa forma tuya de existir cerca
que hace que todo 
hasta la nostalgia valga la pena.
San Telmo quedó atrás,
o tal vez se quedó en nosotros,
como un amor que no se dice del todo,
como una ciudad que todavía respira
aunque no siempre sepamos cuidarla.


 Se fue sin decir palabra,
ni un portazo, ni un adiós,
como sombra que se borra
cuando amanece el dolor.
Quedó el vaso a medio trago,
la silla mirándome,
y ese tango que en la radio
no se anima a comprender.
La calle sigue su rumbo,
como si nada pasó,
pero el barrio sabe todo
cuando un amor se perdió.
No dejó ni una excusa,
ni un papel, ni una razón,
solo un hueco en la penumbra
donde late el corazón.
Y yo, necio, la imagino
regresando en el andén,
con los labios temblorosos
y un perdón que no fue.
Pero el tiempo no perdona,
ni la noche ni el rencor,
y hay silencios que lastiman
mucho más que un no.
Se fue sin decir palabra
y en ese mudo final,
me dejó toda la vida
para aprender a olvidar.
 En la esquina de Ugarte y Cabildo
todavía respira el humo de otras voces,
se arrastra un bandoneón invisible
entre baldosas gastadas de espera.
El bar Savoy, con sus mesas heridas,
supo de tardes largas y discusiones bajas,
cuando el país se deshilachaba en gris
y el café era trinchera sin bandera.
Había un olor, sí…
mezcla de pocillo fuerte y costumbre vieja,
ese ácido rincón del baño
que también era parte del ritual,
porque la vida no pedía perfume,
pedía presencia.
Ahí se armaban mundos
sin más pantalla que los ojos,
sin más red que una charla
que se enredaba hasta la madrugada.
Salían del cine General Paz
con la película todavía latiendo en la lengua,
y antes de que se enfríe la emoción
ya estaban sentados,
desmenuzando escenas,
rearmando finales,
corrigiendo la vida como si fuera un guión.
Y del Savoy, ni hablar…
ese otro templo de historias compartidas,
donde cada mesa tenía su misterio
y cada taza un secreto por decir.
Un café, un bar, un mundo…
y en el medio, un amor que asomaba despacio,
como quien no quiere interrumpir la charla
pero igual se roba todas las miradas.
Qué distinto era todo,
cuando el tiempo se apoyaba en los codos
y se quedaba a escuchar.
Hoy la esquina sigue ahí,
pero le falta el murmullo espeso,
la risa que chocaba contra los vidrios,
la vida pasando sin apuro.
Porque antes,
en ese rincón de ciudad y rutina,
uno no iba a conectarse…
iba a encontrarse.




Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...