La acompañé y ella me acompañó.
Parece una frase sencilla, pero encierra una historia inmensa. Una historia hecha de horas compartidas, de silencios que hablaban, de conversaciones que parecían no tener fin y de una presencia que, aun sin estar físicamente cerca, llenaba cada rincón de mis días.
Recuerdo cuando me senté junto a ella sobre su cama.
Mientras el mundo seguía girando afuera, me fue contando su vida paso a paso, día tras día, como quien abre lentamente las páginas de un libro que ha guardado durante años.
Cada recuerdo tenía un color, un aroma, una emoción.
Me habló de sus alegrías, de sus luchas, de sus sueños y de sus miedos. Y mientras la escuchaba, sentía que me estaba entregando algo mucho más valioso que una simple historia, me estaba mostrando su alma.
Después me llevó a conocer su mundo.
Desde el asiento de su auto recorrimos juntos las calles por las que transitaba cada día.
Me mostró dónde vivía, los rincones de su barrio, el condominio, las avenidas, los árboles, el movimiento del tránsito y esos pequeños lugares que sólo conocen quienes los habitan.
Yo observaba todo con la atención de quien descubre un territorio nuevo, porque cada esquina tenía algo de ella, cada paisaje estaba unido a algún recuerdo suyo.
Y así como ella me abrió las puertas de su mundo, también conoció el mío.
Fuimos compartiendo esos secretos íntimos que pocas veces se confiesan. Esas verdades que desnudan el corazón mucho más que cualquier otra cosa.
Historias guardadas durante años, dolores que habían dejado cicatrices y sueños que todavía seguían vivos.
La distancia nos obligaba a inventar formas de encontrarnos.
A veces el baño se convertía en nuestro lugar de conversación.
Ella vertía el shampoo sobre su hermoso cabello, lo masajeaba lentamente y luego lo enjuagaba mientras seguíamos hablando.
El vapor empañaba los espejos y, sin embargo, nuestras palabras seguían encontrando el camino para acercarnos.
Era curioso cómo podíamos compartir momentos tan cotidianos y hacerlos extraordinarios.
Yo la acompañaba mientras armaba aquellos rompecabezas maravillosos sobre la pequeña mesa del living.
Observaba cómo buscaba cada pieza, cómo sonreía cuando encontraba la correcta y cómo la imagen iba apareciendo poco a poco bajo sus manos pacientes.
No necesitaba tocar ninguna pieza para sentir que estaba construyéndolo junto a ella.
También estaba allí cuando se acomodaba a leer en el jardín vidriado. La luz entraba suave por los ventanales, iluminando las páginas de sus libros y dibujando reflejos sobre su rostro.
Había algo profundamente hermoso en verla leer. Era como contemplar a alguien conversar con otros mundos mientras permanecía en el suyo.
Ella es realmente única.
Y así, durante muchos días y muchos meses, nos fuimos conociendo mucho más de lo que habíamos imaginado cuando comenzó nuestra relación.
Porque no es fácil mantener una relación virtual.
No es sencillo acompañar a alguien desde una pantalla, desde un teléfono celular, desde una computadora o una tablet. No es fácil reemplazar abrazos con palabras, ni silencios compartidos con llamadas. Sin embargo, nosotros aprendimos a hacerlo.
Aprendimos a estar presentes.
Su voz era tan dulce que todavía hoy me parece escucharla.
A veces surge inesperadamente en mi memoria y llena el aire de una habitación vacía.
Hay momentos en que creo reconocer su risa entre otros sonidos, y por un instante vuelvo a sentir que está cerca.
la he extrañado más de una vez.
Muchas más de las que podría contar.
Pero la vida siguió su curso. Ella acomodó su vida, encontró nuevos caminos, nuevos proyectos.
Ahora escribe, como intento hacerlo yo. Y cada palabra que escribe me recuerda a la mujer extraordinaria que siempre conocí.
Sabe que desde aquí sigo escuchándola.
Sabe que, aunque la distancia nos haya cambiado, una parte de mí continúa pendiente de sus alegrías y de sus tristezas. No porque espere nada, sino porque algunas personas se vuelven parte de uno para siempre.
Cada tanto me escribe y yo le escribo.
Mensajes sencillos, palabras breves, pequeñas señales de que todavía existe ese puente construido entre dos almas que un día decidieron confiar la una en la otra.
Ella es, sin dudas, mi gran amor y sé que para ella tampoco fui solamente una imagen detrás de una pantalla.
Fuimos mucho más que eso, fuimos compañía, fuimos refugio, fuimos presencia.
Fuimos dos personas que encontraron la manera de acompañarse aun cuando el mundo insistía en mantenerlas separadas.
Y cuando la recuerdo, a veces una lágrima cae sobre el teclado mientras escribo.
Una lágrima silenciosa, convertida en poesía.
Entonces imagino que ella la seca con la misma sabiduría con la que tantas veces supo entenderme, porque sabe que siempre estaré allí, sentado en la cama donde tantas veces conversamos.
Sentado junto al sillón donde leía, junto a la mesa donde armaba sus rompecabezas.
En la cocina, observándola mientras prepara alguna receta y compartiendo historias.
En algún rincón del baño, acompañando sus pensamientos mientras el agua cae sobre sus hombros.
En los momentos felices, en los momentos difíciles, cuando sonríe.
Y cuando llora, porque hay amores que no dependen de la cercanía física para existir.
Amores que encuentran refugio en la memoria, en las palabras y en los recuerdos.
Amores que permanecen vivos en los pequeños detalles.
Y aunque el tiempo pase, aunque los caminos cambien y aunque la vida continúe llevándonos por rutas diferentes, seguirá existiendo un lugar donde siempre podremos encontrarnos.
Ese lugar donde viven los recuerdos, ese sitio donde habitan las almas que alguna vez se reconocieron.
Ese espacio donde ella seguirá siendo única y donde yo seguiré. . .