domingo, 2 de agosto de 2026

Refugio Dulce.

 Sublime el entorno de tu cintura
cuando caminamos juntos,
cuando la noche se vuelve avenida,
costanera, boulevard infinito
donde el mundo desaparece
y sólo queda la tibieza de tus manos
apretando las mías
como quien conoce el destino
y aun así decide quedarse.
Hay un río latiendo en cada paso,
un murmullo de ciudad dormida
mientras tus ojos brillan
con el sudor suave de la madrugada,
esa luz pequeña y secreta
que vuelve eterna cualquier esquina.
Mujer de las noches interminables,
de los días con aroma a café recién hecho,
de los mates compartidos
entre silencios que dicen más
que todas las palabras del mundo.
Y esa sonrisa, esa sonrisa única
que se dibuja despacio entre tus dedos,
mostrando las uñas
como pequeñas lunas encendidas,
capaces de rasgar la tristeza
y dejarme el pecho lleno de verano.
Somos un cuento interminable,
una vida suspendida
entre el día y la luna,
entre el deseo y la calma,
entre tu respiración cercana
y mis ganas de no soltarte nunca.
Porque afuera
las redes se llenan de gritos,
de sombras buscando atención,
de palabras vacías
que duran apenas un instante.
Pero vos…
vos no sos contenido.
Sos la poesía.
La caricia que permanece.
La mujer que transforma la noche
en un refugio dulce,
sensual,
y profundamente humano.
y cuando camino junto a vos
por cualquier calle del mundo,
entiendo que el amor verdadero
a veces tiene la simple forma
de dos manos entrelazadas
negándose al olvido. 

Entre Mates.

 El río se descontrola suavemente sobre la orilla,
como si quisiera entrar despacio en la tarde
para quedarse a vivir entre los juncos.
El muelle cruje bajo el peso de la humedad
y tus pies descalzos hacen sonar la madera
con esa música pequeña
que sólo conocen las islas al anochecer.
Un mate más.
Las hojas caen lentas sobre la escalera,
girando en el aire
como cartas escritas por el otoño.
El bote vuelve a amarrarse con el leve zumbido del agua,
golpeando apenas los pilotes cansados,
mientras el río respira profundo
debajo de la noche que empieza a crecer.
Allá lejos, una lancha colectiva se acerca lentamente.
La última del día.
Trae luces amarillas, voces apagadas,
algún saludo perdido entre la bruma
y el cansancio de los isleños que regresan.
En tus labios la sonrisa endulza la tarde
como azúcar morena derritiéndose en el mate caliente.
Y entonces todo parece sencillo:
la ropa colgada en el alambre,
el perfume húmedo de la madera,
las ramas inclinándose sobre el arroyo,
el humo tímido escapando de alguna chimenea vecina.
Un mate más.
La línea se recoge vacía, sin carnada,
porque a veces el río decide guardar sus secretos
y ninguna paciencia alcanza para convencerlo.
Pero poco importa.
Hay tardes en las que pescar
es apenas una excusa para quedarse mirando el agua
mientras el tiempo afloja lentamente sus nudos.
La brisa comienza a molestar.
Se mete por las mangas, desordena el pelo,
apaga las palabras.
Y el cielo,
que hace un rato era de cobre encendido,
empieza a ponerse gris oscuro,
como un viejo sobretodo colgado detrás de la puerta.
Un mate más.
El sol se esconde detrás de los sauces,
dejando apenas un reflejo cansado
sobre el río que se mueve lento, espeso,
como un animal antiguo buscando dónde dormir.
Entonces decidimos entrar.
La casa de madera nos recibe
con olor a humedad noble,
a leña guardada, a invierno viejo.
Encendemos la salamandra
y el fuego comienza a crecer despacio,
iluminando tus piernas,
las tazas, las paredes,
las fotos desteñidas por el tiempo.
Afuera el Delta sigue respirando.
Las lanchas dejan de pasar.
Los perros ladran lejos, muy lejos, en otra isla.
El agua golpea apenas el borde del muelle
y las ramas raspan el techo
como dedos suaves queriendo entrar.
Un mate más.
Y se va lentamente el día.
La noche cae sobre el río
igual que una manta oscura y silenciosa.
Tus ojos reflejan el fuego de la salamandra
mientras acomodás las piernas sobre la silla
y yo entiendo, sin decir nada,
que existen amores hechos de ciudades,
de vértigo y de ruido,
pero también existen otros.
amores construidos con mates compartidos,
con el crujir de un muelle mojado,
con hojas cayendo sobre la escalera,
con la última colectiva cruzando el arroyo
y con el simple milagro
de quedarse juntos
mientras el día se apaga lentamente sobre el Delta.

KATIA.

 La acompañé y ella me acompañó.
Parece una frase sencilla, pero encierra una historia inmensa. Una historia hecha de horas compartidas, de silencios que hablaban, de conversaciones que parecían no tener fin y de una presencia que, aun sin estar físicamente cerca, llenaba cada rincón de mis días.
Recuerdo cuando me senté junto a ella sobre su cama. 
Mientras el mundo seguía girando afuera, me fue contando su vida paso a paso, día tras día, como quien abre lentamente las páginas de un libro que ha guardado durante años. 
Cada recuerdo tenía un color, un aroma, una emoción. 
Me habló de sus alegrías, de sus luchas, de sus sueños y de sus miedos. Y mientras la escuchaba, sentía que me estaba entregando algo mucho más valioso que una simple historia, me estaba mostrando su alma.
Después me llevó a conocer su mundo.
Desde el asiento de su auto recorrimos juntos las calles por las que transitaba cada día. 
Me mostró dónde vivía, los rincones de su barrio, el condominio, las avenidas, los árboles, el movimiento del tránsito y esos pequeños lugares que sólo conocen quienes los habitan. 
Yo observaba todo con la atención de quien descubre un territorio nuevo, porque cada esquina tenía algo de ella, cada paisaje estaba unido a algún recuerdo suyo.
Y así como ella me abrió las puertas de su mundo, también conoció el mío.
Fuimos compartiendo esos secretos íntimos que pocas veces se confiesan. Esas verdades que desnudan el corazón mucho más que cualquier otra cosa. 
Historias guardadas durante años, dolores que habían dejado cicatrices y sueños que todavía seguían vivos.
La distancia nos obligaba a inventar formas de encontrarnos.
A veces el baño se convertía en nuestro lugar de conversación. 
Ella vertía el shampoo sobre su hermoso cabello, lo masajeaba lentamente y luego lo enjuagaba mientras seguíamos hablando.
El vapor empañaba los espejos y, sin embargo, nuestras palabras seguían encontrando el camino para acercarnos.
Era curioso cómo podíamos compartir momentos tan cotidianos y hacerlos extraordinarios.
Yo la acompañaba mientras armaba aquellos rompecabezas maravillosos sobre la pequeña mesa del living. 
Observaba cómo buscaba cada pieza, cómo sonreía cuando encontraba la correcta y cómo la imagen iba apareciendo poco a poco bajo sus manos pacientes. 
No necesitaba tocar ninguna pieza para sentir que estaba construyéndolo junto a ella.
También estaba allí cuando se acomodaba a leer en el jardín vidriado. La luz entraba suave por los ventanales, iluminando las páginas de sus libros y dibujando reflejos sobre su rostro. 
Había algo profundamente hermoso en verla leer. Era como contemplar a alguien conversar con otros mundos mientras permanecía en el suyo.
Ella es realmente única.
Y así, durante muchos días y muchos meses, nos fuimos conociendo mucho más de lo que habíamos imaginado cuando comenzó nuestra relación.
Porque no es fácil mantener una relación virtual.
No es sencillo acompañar a alguien desde una pantalla, desde un teléfono celular, desde una computadora o una tablet. No es fácil reemplazar abrazos con palabras, ni silencios compartidos con llamadas. Sin embargo, nosotros aprendimos a hacerlo.
Aprendimos a estar presentes.
Su voz era tan dulce que todavía hoy me parece escucharla. 
A veces surge inesperadamente en mi memoria y llena el aire de una habitación vacía. 
Hay momentos en que creo reconocer su risa entre otros sonidos, y por un instante vuelvo a sentir que está cerca.
la he extrañado más de una vez.
Muchas más de las que podría contar.
Pero la vida siguió su curso. Ella acomodó su vida, encontró nuevos caminos, nuevos proyectos. 
Ahora escribe, como intento hacerlo yo. Y cada palabra que escribe me recuerda a la mujer extraordinaria que siempre conocí.
Sabe que desde aquí sigo escuchándola.
Sabe que, aunque la distancia nos haya cambiado, una parte de mí continúa pendiente de sus alegrías y de sus tristezas. No porque espere nada, sino porque algunas personas se vuelven parte de uno para siempre.
Cada tanto me escribe y yo le escribo.
Mensajes sencillos, palabras breves, pequeñas señales de que todavía existe ese puente construido entre dos almas que un día decidieron confiar la una en la otra.
Ella es, sin dudas, mi gran amor y sé que para ella tampoco fui solamente una imagen detrás de una pantalla.
Fuimos mucho más que eso, fuimos compañía, fuimos refugio, fuimos presencia.
Fuimos dos personas que encontraron la manera de acompañarse aun cuando el mundo insistía en mantenerlas separadas.
Y cuando la recuerdo, a veces una lágrima cae sobre el teclado mientras escribo. 
Una lágrima silenciosa, convertida en poesía.
Entonces imagino que ella la seca con la misma sabiduría con la que tantas veces supo entenderme, porque sabe que siempre estaré allí, sentado en la cama donde tantas veces conversamos.
Sentado junto al sillón donde leía, junto a la mesa donde armaba sus rompecabezas.
En la cocina, observándola mientras prepara alguna receta y compartiendo historias.
En algún rincón del baño, acompañando sus pensamientos mientras el agua cae sobre sus hombros.
En los momentos felices, en los momentos difíciles, cuando sonríe.
Y cuando llora, porque hay amores que no dependen de la cercanía física para existir.
Amores que encuentran refugio en la memoria, en las palabras y en los recuerdos.
Amores que permanecen vivos en los pequeños detalles.
Y aunque el tiempo pase, aunque los caminos cambien y aunque la vida continúe llevándonos por rutas diferentes, seguirá existiendo un lugar donde siempre podremos encontrarnos.
Ese lugar donde viven los recuerdos, ese sitio donde habitan las almas que alguna vez se reconocieron.
Ese espacio donde ella seguirá siendo única y donde yo seguiré. . . 

sábado, 1 de agosto de 2026

En Una Esquina Cualquiera.

 Niebla sobre el río
de un sábado por la tarde.
Un mensaje… y vos.
Esa manantial de ternura
que se acuna en el día
y se encuentra en la noche,
donde el café se confunde entre palabras
y el hielo le pone calor
a nuestro encuentro,
en una medida de alcohol
y miles de besos.
Solo con vos,
ese café con tres de azúcar
se diluye con la luna,
y asoma en tus labios
mientras los beso despacio.
En seis cuerdas,
una viola entona el mejor tango
en una esquina cualquiera,
cuando el semáforo se pone en rojo…
y yo,
te beso.

Un Tango Dudoso.

 El sol se posó en tus labios,
y fue verano de golpe,
como si el río en bajante
nos contara una historia antigua
que sólo nosotros supimos escuchar.
Sentí el calor de tu boca en la mía,
y no fue magia, no . . . 
fue un tango hecho melodía,
apoyado en un jazz lento e inolvidable,
de esos que no se bailan,
se respiran.
Esa música la oímos solos,
entre la lluvia que caía donde nadie mira el sol,
y los gritos lejanos de quienes no conocen el diálogo,
ni el silencio que también dice.
Ahí, en ese borde difuso,
nació una poesía
que todavía no terminamos de escribir.
A veces nos acercamos,
como quien vuelve a una esquina conocida,
y la pasión —caprichosa—
nos desorienta,
nos empuja a buscar otro camino
sin querer dejar el anterior.
Somos eso:
un tango que duda,
una melodía que se rompe y se rehace,
dos cuerpos que insisten
en encontrarse en la misma nota.
Y aunque nunca la terminemos,
esa poesía nos nombra,
nos espera,
y nos sigue escribiendo. 

Del Otro Lado Del Cordon.

 El viento se acuesta despacio
en la vereda gastada del viernes,
como si supiera
que el fin de semana llega con ruido de motor
y nostalgia en punto muerto.
Un rugido lejano…
la Fórmula Uno dibuja curvas en el aire
y Buenos Aires, caprichosa,
se cree Mónaco por un instante,
mientras el frío entra de golpe,
afilado, como un sobrepaso sin permiso.
En algún balcón alguien grita,
nadie sabe a quién ni por qué,
pero el eco se mezcla con los colectivos,
con el humo, con ese cansancio
de ciudad que nunca duerme
aunque cierre los ojos.
Y sin embargo, en medio de todo,
la noche se desliza
como un bandoneón que respira.
Buenos Aires susurra.
Otra vez, siempre otra vez.
Y ahí aparece la luna, esa misma
que alguna vez miramos juntos
cuando el mundo no tenía apuro
ni amenazas de tormenta.
Pero el sábado se nubla,
como se nublan las certezas,
como se empañan los recuerdos
cuando el amor queda 
del otro lado del cordón.
Un tangorock suena lejos,
mezcla de herida y electricidad,
y en cada acorde late tu nombre,
aunque ya no lo diga.
El otoño cae en las manos,
frío, inevitable, y en esta ciudad
que no perdona olvidos
ni perdona ausencias, todavía queda algo
una esquina, una luna, y el eco de dos que fueron
más que un instante
en la respiración de Buenos Aires.
Vos y yo, solos…
caminando por Corrientes.

Tus Manos.

 Esas manos que enlazan,
que enhebran y reúnen lo disperso,
como si supieran el secreto
de todo lo que se rompe.
Esas manos que abrazan y contienen,
que no preguntan,
que simplemente están
cuando el mundo se vuelve incierto.
Esas que siembran en silencio
y cosechan con paciencia,
que conocen los tiempos
de la tierra y del alma.
Esas manos que indican el camino,
que protegen sin imponer,
que guían apenas,
como quien confía.
Esas manos, sin duda,
son las tuyas.
Y en ellas descansa
algo más que un gesto,
una forma de estar en el mundo,
una manera de cuidar,
una certeza suave
de que todo, incluso lo frágil,
puede sostenerse. 

Atrevido y Permitido

 Somos el puente entre lo atrevido y lo permitido,
la respiración compartida en una noche de verano,
el sudor que se queda en la piel
y la sábana que nos envuelve como un secreto.
Somos ese abrigo que no es de tela,
sino de brazos que se buscan sin pensarlo,
mientras en la pantalla se apaga
el último capítulo de una historia cualquiera
que ya no importa.
Porque afuera, por la ventana,
la ciudad sigue viva;
un grito de gol corta el aire,
una bocina se mezcla con el tránsito,
y en algún rincón de Buenos Aires llueve.
Pero acá, en esta penumbra tibia,
tus besos me llevan de la mano
hasta la orilla de un río
donde alguna vez juré no volver,
y sin embargo, regreso,
como vuelven las cosas que importan.
De fondo, un tango se enreda con un rock,
como si la ciudad no supiera elegir
entre la nostalgia y el impulso,
y nosotros tampoco.
Somos eso, un poco de cada cosa,
un instante suspendido
entre el ruido y el silencio,
entre la noche y la primera luz.
Y cuando el sol asome,
tal vez no quede nada más
que esta certeza leve, casi invisible,
que en algún lugar de la ciudad
la luna nos regaló una poesía
y nosotros la hicimos cuerpo.

Tamborini y Tronador.

En la esquina de Tamborini y Tronador
quedó colgado un tiempo que ya no está,
un buzón de testigo, medio torcido,
y el umbral de la carne que olía a hogar.
El quiosco abierto a sueños de madrugada,
la panadería tibia como un querer,
la peluquería de Miguel charlando
de un mundo chico que quería crecer.
Y la bombita pobre que nos alumbraba,
como luna de barrio, sin pretensión,
nos juntaba en la esquina, entre risas
y algún picado bravo de corazón.
Fiuli, Roberto, el Tano, Avelino y el Tobi,
los hermanos Pascual, Daniel, Paccha
y tantos mas armando la rueda,
un mundo de caracteres, de ilusiones a flor de piel.
El umbral que fue tribuna de historias,
refugio y trinchera de alguna ocasión,
y aquella corrida de la cana en la siesta
por romperle el silencio a la modorra del sol.
Los picados eternos contra la vereda,
la pelota gastada, la voz del gol,
y después, apoyados frente al buzón,
la vida pasando… sin ningún control.
De pibes a no tan pibes, sin darnos cuenta,
se agrandaba el mundo, se iba a escapar,
cada cual con su rumbo, con su pelea,
con promesas que el viento supo llevar.
Era una esquina más, como tantas,
de Buenos Aires y de cualquier lugar,
pero guardaba historias que sólo el tiempo
se anima, de a poco, a desenterrar.
Antes de que la tecnología invadiera
con soluciones frías para la vida,
éramos carne y risa, barro y vereda,
presente puro… sin prisa medida.
Hoy vuelvo despacio por esa esquina
y no encuentro nada de lo que fue,
ni el buzón, ni la luz, ni la voz de Miguel,
ni el pan calentito, ni aquel café.
Sólo queda en el aire, como un suspiro,
la sombra de todo lo que se amó…
Tamborini y Tronador, esquina mía,
donde el tiempo, en silencio, nos olvidó.

La Escuela, Bar.

 Todavía quedan rincones donde Buenos Aires se reconoce en el espejo de su propia memoria; lugares que no necesitan vidrieras brillantes ni nombres extranjeros porque les alcanza con el perfume del café recién molido, con una medialuna verdadera, con el rumor de una charla que empieza a la mañana y, si nadie la interrumpe, puede seguir hasta que la tarde se entregue mansamente a la noche.
Uno de esos lugares vive en mi barrio.
Cada tanto entro buscando un café y termino encontrando mucho más que eso. 
Llego con la idea de escribir un poema y, como ocurre siempre en los cafés de verdad, descubro que primero hay que dejar que hablen las mesas, que murmuren las paredes, que el barrio acomode los recuerdos sobre el piso antes de que la lapicera se anime a decir una sola palabra.
Porque los versos, igual que los tangos, no nacen del apuro.
Nacen del silencio compartido, del tintinear de una cucharita contra la porcelana, del diario abierto sobre una mesa, del vecino que entra saludando a todos por el nombre y del humo invisible de las historias que nunca abandonaron ese salón.
Y detrás de todo eso está Kike.
Siempre está Kike.
Abriendo la persiana como quien abre la puerta de su propia casa, esperando que los primeros parroquianos ocupen las mesas de siempre, acomodando las sillas con ese gesto aprendido durante toda una vida, saludando con una sonrisa que no se ensaya porque pertenece a esa raza de bolicheros porteños que parece estar desapareciendo.
Él no pregunta solamente qué va a tomar cada uno.
Pregunta cómo anda la vida, cómo siguió aquel problema.
Cómo salió el nieto en la escuela.
Y mientras la máquina resopla preparando otro café, va repartiendo palabras cordiales con la misma naturalidad con la que sirve un cortado o alcanza un vaso de soda.
No hay clientes para Kike.
Hay vecinos, hay amigos.
Hay historias que vuelven todos los días a sentarse en la misma mesa.
Más de una vez entré con la cabeza llena de ideas desordenadas y bastó escucharlo decir un sencillo "¿Cómo andás?
 Sentate tranquilo... para sentir que el barrio todavía conservaba un lugar donde uno podía descansar un rato del mundo.
Ese saludo vale más que cualquier decoración elegante.
Porque los bares no los hacen las paredes.
Los hacen las personas, las manos que sostienen el pocillo, las miradas que reconocen.
Las conversaciones que nadie programa y, sin embargo, aparecen todas las mañanas como si también ellas fueran parte del mobiliario.
En un rincón alguien discute de política con la pasión de quien todavía cree que las palabras pueden cambiar algo; en otra mesa dos viejos reconstruyen un gol imposible de Platense como si hubiera ocurrido apenas ayer; un muchacho abre un libro mientras una pareja comparte un café con leche y una sola medialuna, y en la radio se escapa un tango que parece haber encontrado allí su última casa.
Entonces uno comprende que el barrio todavía respira.
Que todavía existen lugares donde el tiempo no se mide por la velocidad sino por la calidad de la conversación.
Ahí el reloj pierde importancia.
Nadie apura un café, nadie obliga a levantarse.
Las horas se acomodan al ritmo de las charlas y las amistades.
Quizás por eso me gusta ir, no siempre escribo.
Muchas veces simplemente miro, escucho, espero.
Porque aprendí que los mejores poemas no se inventan; se dejan encontrar, igual que un viejo tango que uno creía olvidado y de pronto vuelve a sonar desde el fondo de la memoria.
En estas mesas seguramente nacieron declaraciones de amor, reconciliaciones, proyectos, despedidas, promesas imposibles y sueños que todavía siguen esperando su oportunidad.
Cada marca guarda una historia, cada silla conoce ausencias.
Cada rincón conserva la risa de alguien que ya no está y que, sin embargo, continúa acompañando las sobremesas.
También está Platense.
No como un simple cuadro colgado en la pared, sino como un modo de entender la vida.
Porque ser calamar es aprender a resistir.
Es saber que la fidelidad vale más que las modas, es llevar con orgullo esos colores marrón y blanco que durante generaciones hicieron del barrio una enorme familia.
Entre un café y otro siempre aparece alguna discusión sobre el último partido, alguna cargada futbolera o el recuerdo de aquellas tardes inolvidables cuando el barrio entero caminaba hacia la cancha con la misma ilusión.
Y Kike sonríe, escucha, opina, se ríe.
Porque sabe que un café sin fútbol sería como Buenos Aires sin bandoneón.
Los años pasaron, muchos bares bajaron para siempre sus persianas.
Llegaron las cadenas, las franquicias, las luces iguales en todas las esquinas y los locales donde nadie conoce el nombre del que entra.
Pero este rincón sigue de pie.
Resiste, no por capricho.
Resiste porque todavía hay hombres como Kike que entienden que un boliche de barrio nunca fue solamente un comercio.
Es un refugio, es una esquina donde las tristezas pesan menos.
Es una casa prestada para el que necesita hablar o simplemente quedarse un rato en silencio.
Mientras exista un hombre capaz de abrir cada mañana esa persiana con la misma esperanza con que la abrió el primer día; mientras haya un café servido con cariño y una palabra cordial esperando al que cruza la puerta; mientras el tango encuentre un lugar donde seguir respirando y Platense continúe siendo tema de conversación entre amigos, Buenos Aires no habrá perdido del todo su alma.
Yo seguiré regresando, a veces con un cuaderno, a veces con una lapicera.
A veces solamente con ganas de pensar.
Porque ya entendí que no siempre voy al bar para escribir un poema.
Muchas veces voy simplemente para recordar que todavía existen personas como Kike, cafés como éste y barrios donde la amistad sigue sirviéndose caliente, en un pocillo blanco, junto a una medialuna y a un sentate tranquilo, hay tiempo...
Y mientras esa escena continúe repitiéndose cada mañana, habrá esperanza.
Porque los verdaderos cafés nunca cierran del todo.
Siguen abiertos en la memoria de quienes encontraron allí un amigo, un abrazo, una conversación inolvidable o el verso que llevaban años buscando sin saber que los estaba esperando, silenciosamente, del otro lado de la barra. 

Sabor a Limon.

Entre tus jardines de color carmesí
mis labios encontraron un instante eterno.
Me detuve despacio,
como quien teme romper el hechizo de un suspiro.
Entonces te escuché,
tu respiración cambió de ritmo,
como un mar que despierta bajo la luna,
como un corazón pronunciando un nombre sin palabras.
Tus labios guardaban un leve sabor a limón,
fresco y dulce,
y cuando alcé la mirada
tus ojos brillaban con la quietud de una noche sin descanso.
Permanecí allí,
donde el tiempo dejó de existir
y el silencio aprendió a decirlo todo.
Hasta que el fuego besó mis labios
y el amanecer abrió sus manos.
El sol comenzó a dibujar tu cuerpo desnudo
en la penumbra de la habitación,
vistiendo de oro lo que la noche
había cubierto de deseo.
Y comprendí,
mientras nacía la luz entre nosotros,
que hay amaneceres
que no llegan desde el horizonte,
sino desde la piel
de quien aprendemos a amar.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...