viernes, 24 de julio de 2026

Quédate.

 No te quedes donde te apaguen la risa,
ni donde te pidan permiso para ser quien sos.
No naciste para andar pidiendo disculpas
por el tamaño de tus sueños,
ni por la música que te habita.
Quedate donde te quieran despeinada por el viento,
con las medias verdades hechas poesía,
con las cicatrices brillando bajo la lluvia
de alguna noche porteña.
Quedate donde puedas putear al mundo,
reírte de vos misma
y volver a empezar un lunes cualquiera,
con un mate caliente entre las manos
y la certeza de que nadie va a pedirte
que seas menos de lo que sos.
Porque el amor,  amor,
no es una jaula con forma de promesa.
El amor es un tango mal bailado al principio,
que después encuentra el compás de dos corazones
que se buscan sin dejar de ser uno.
Y si alguna vez dudás de tu lugar en este mundo,
pensá en Buenos Aires.
Pensá en una esquina de San Telmo,
en un farol encendido después de la lluvia,
en una mesa para dos,
en un bandoneón llorando bajito,
mientras Charly se pelea con Piazzolla
y el Flaco Spinetta le roba unos versos a Gardel.
Ahí quiero encontrarte.
Porque te espero.
Con la paciencia de los locos lindos,
de los que todavía creen que las distancias
son apenas un mal chiste del calendario.
Te espero cuando el invierno afloje los puños,
cuando la gripe sea apenas una anécdota
que nos robó unos besos y algunos abrazos.
Te espero cuando el sol vuelva a colgarse
sobre el Río de la Plata
como una moneda de oro derramándose en el agua.
Y entonces sí...
Vamos a tomarnos de la mano
como si fuera la primera vez
y como si nunca nos hubiéramos soltado.
Vamos a caminar Buenos Aires
sin mirar la hora,
porque las mejores historias de amor
no llevan reloj.
Nos perderemos en Caminito como dos adolescentes,
nos encontraremos en Corrientes entre librerías y cafés,
nos besaremos bajo las luces de algún teatro antiguo,
y dejaremos nuestras huellas sobre las baldosas gastadas
que conocen más secretos de amor
que todos los poetas juntos.
Quiero verte sonreír
cuando un viejo tanguero nos guiñe un ojo desde la vereda,
mientras algún pibe con una guitarra eléctrica
se roba la noche tocando rock nacional.
Porque lo nuestro no es solamente tango.
Lo nuestro es tango con rock.
Es un bandoneón enamorado de una Fender.
Es una milonga bailada con zapatillas gastadas.
Es un beso con sabor a whisky y madrugada.
Es Cerati abrazando a Troilo.
Es Fito cantándole al amor desde alguna ventana abierta.
Es el corazón haciendo pogo en una milonga.
Y cuando la ciudad se quede en silencio,
cuando el último café nos eche con elegancia,
voy a mirarte a los ojos y entender algo 
que ya sé desde hace tiempo.
Mi casa no es una ciudad.
Mi casa no es un país.
Mi casa es el lugar exacto donde tus manos encuentran las mías.
Por eso, amor, quedate siempre donde seas celebrada.
Donde tu libertad sea bienvenida.
Donde tus derrotas reciban el mismo abrazo que tus victorias.
Donde nadie te quite las alas para enseñarte a caminar.
Y si el destino es generoso con nosotros, como creo que será,
muy pronto el sol brillará sobre Buenos Aires,
la gripe se habrá marchado para siempre,
y dos almas que se buscaron a la distancia
volverán a encontrarse en una esquina cualquiera.
Yo llegaré con el corazón hecho canción.
Vos llegarás con tu sonrisa de milagro.
Y la ciudad, cómplice de los enamorados,
nos regalará su mejor música.
Entonces, sin apuro, sin miedo y sin culpa,
volveremos a tomarnos de la mano.
Y al ritmo de un tango rockero,
de esos que se bailan abrazados y se cantan a los gritos,
sabremos que después de tanta espera,
por fin hemos llegado a casa.
Porque algunas personas no pasan por nuestra vida.
Algunas personas son la vida.
Y vos, sos la más hermosa melodía
que Buenos Aires todavía no ha terminado de tocar.

jueves, 21 de mayo de 2026

405/156

Un mundo de veintidós asientos
y mil historias latiendo en las ventanillas.
El inolvidable 405,
que después cambió su número
como cambian algunas calles con los años
y pasó a llamarse 156,
seguía siendo el mismo refugio de madrugada,
el mismo ruido de motor cansado,
la misma fila de sueños adolescentes
subiendo con carpetas bajo el brazo.
En Tronador y Núñez nacían las mañanas.
Todavía el sol dudaba entre las ramas
y ya había chicos esperando en la parada,
con sueño en los ojos, con tareas sin terminar,
con la corbata torcida o el guardapolvo todavía tibio de plancha.
Y ahí aparecía él, doblando despacio la esquina,
como si conociera de memoria
la ansiedad de quienes lo esperaban.
El bondi, el colectivo de todos los días.
El que llevaba nombres, secretos, amistades,
primeros amores escondidos entre asientos,
carcajadas que todavía resuenan
en alguna ventanilla empañada por invierno.
Veintidós asientos y un universo entero arriba.
Porque cada viaje era distinto.
Aunque el recorrido fuera el mismo,
nunca era igual la historia.
Algunos subían callados,
otros hacían del pasillo un recreo adelantado.
Siempre estaba el que corría desde media cuadra
gritando esperá, maestro; mientras el chofer sonreía
y frenaba unos segundos más.
Cuántas conversaciones nacieron ahí.
Cuántas amistades crecieron
entre frenadas y semáforos.
Compañeros de escuela,
profesores cargados de carpetas,
preceptores con mirada seria
que después terminaban riéndose
de alguna travesura en el fondo.
Y también estaban ellos, los choferes.
Hombres de ruta corta y corazón enorme,
que aprendían nuestros nombres
sin necesidad de preguntarlos.
Los que sabían quién rendía examen,
quién viajaba triste, quién volvía contento un viernes
porque empezaban las vacaciones.
Más de una vez, antes o después del recorrido,
el encuentro seguía en el Bar Primavera.
Ahí el café parecía durar más,
las charlas se mezclaban con humo y medialunas,
y el tiempo todavía no corría tan rápido.
Qué lindos momentos aquellos,
cuando la vida cabía en una mesa simple
y el futuro parecía enorme.
Había boletos capicúa guardados como amuletos.
Pequeños tesoros de papel que uno doblaba con cuidado
y dejaba escondidos en la billetera.
Como si un número repetido pudiera detener el tiempo.
Como si aquel viaje cotidiano fuera eterno.
Y estaban las monedas, la de diez centavos.
Las dos de un peso.
El sonido metálico cayendo en la máquina
era casi una ceremonia.
Una música sencilla que anunciaba el comienzo del viaje.
Después la SUBE borró aquellos ruidos,
pero no pudo borrar la memoria.
La estación Rivadavia esperaba al final del trayecto
como una estación del alma.
Y entre Tronador y Núñez hasta llegar allí,
iba creciendo una juventud entera.
Por las ventanas desfilaban árboles, kioscos, almacenes,
vecinos barriendo veredas,
la ciudad despertando lentamente.
Y adentro del colectivo iba un pequeño país de estudiantes
aprendiendo mucho más que materias.
Porque arriba del 405, después 156,
también se aprendía la amistad.
La lealtad, el compañerismo.
La alegría simple de compartir un asiento,
una anécdota repetida mil veces
que siempre hacía reír igual.
Quién pudiera volver una mañana cualquiera
a aquella parada.
Sentir otra vez el frío en las manos,
mirar a lo lejos esperando el colectivo,
y escuchar a alguien decir,
Ahí viene…
Entonces el corazón volvería a tener quince años.
Y otra vez subiríamos todos.
Los amigos, los compañeros,los profes.
Los sueños.
Y el viejo bondi seguiría avanzando
por las calles de Buenos Aires,
llevando en sus veintidós asientos
mucho más que pasajeros llevando una época entera
que todavía viaja en la memoria.

miércoles, 20 de mayo de 2026

Lancha Almacen.

Por los ríos callados del alba
cuando el camalote todavía sueña
y las garzas se peinan en la orilla,
aparece la lancha almacén
como un corazón de chapa y madera
latiendo despacio entre los arroyos.
Trae pan tibio, azúcar y remedios,
yerba para el mate de las islas,
velas para las noches de tormenta,
y noticias que cruzan el agua
como si fueran pájaros.
La esperan los muelles humildes,
las manos curtidas de los isleños,
los perros que reconocen el motor
mucho antes que asome en la curva
del Carapachay o del Pajarito.
Hay algo sagrado en su rutina,
el saludo temprano,
la libreta gastada de confianza,
la palabra cumplida
aunque crezca la sudestada
o el invierno se llene de niebla.
La lancha almacén no sólo vende; acompaña.
Sabe de silencios largos,
de ancianos que viven mirando el río,
de chicos descalzos corriendo al muelle
para recibir caramelos y sonrisas.
Cuántas veces llevó esperanza
entre juncales mojados,
cuántas veces fue abrazo
para quien pasó días enteros
sin otra visita que el canto oscuro de los sapos.
Romántica nave del Delta,
novia lenta de los arroyos,
con su estela pequeña
y su bandera cansada por el viento;
hay ternura en su andar paciente,
como si conociera el nombre secreto de cada isla.
Y el isleño la mira llegar
con ese agradecimiento simple
que no necesita palabras porque sabe
que mientras exista la lancha almacén,
nunca estará del todo solo
en el inmenso laberinto del Tigre.
Salud, vieja compañera del río.
Que nunca falte tu silbido en la mañana,
ni tu sombra cruzando el agua marrón
bajo los sauces.
Porque en cada viaje llevás mucho más
que mercadería, llevás confianza,
espera, amistad, y un pedazo noble del alma del Delta. 

La Colectiva.

 En el Delta la esperan como antes
se esperaba el silbido del tren
o el ruido querido del almacenero.
La lancha colectiva aparece doblando el arroyo
igual que un bondi sobre el agua,
con su estela marrón abriendo la mañana
entre sauces, ceibos y camalotes.
Desde temprano el muelle ya está atento.
Alguien mira el reloj,
otro alcanza a cebar un mate,
una mujer acomoda las bolsas del mercado,
un chico se cuelga la mochila de la escuela,
y algún viejo isleño
escucha el motor desde lejos
porque conoce ese sonido
como quien reconoce la voz de un amigo.
Entonces arrima despacio,
con paciencia de río antiguo,
y el capitán maniobra fino
hasta besar el muelle con la borda.
No falla.
No viene de largo como algunos colectivos de tierra
que dejan a la gente corriendo detrás;
la lancha se acerca bien,
como si supiera
que cada pasajero trae su historia encima.
Subir a la colectiva
nunca fue solamente viajar.
Era entrar en una pequeña comunidad flotante
donde todos terminaban conociéndose.
¿Cómo anda don Ricardo?
Y la nena, ya se mejoro?
supiste algo del viejo Navarro?
Y así el viaje avanzaba
entre preguntas sencillas
que valían más que cualquier noticia del mundo.
Porque en las lanchas del Delta
la vida siempre se contó de boca en boca.
La salud de uno, los hijos del otro,
los nietos que crecieron, las crecientes del río,
las sudestadas bravas, los amores, las pérdidas,
todo viajaba sentado entre mate y mate
mientras el agua golpeaba suave contra el casco.
Cuántos chicos habrán aprendido a viajar allí.
Con guardapolvos blancos todavía húmedos de rocío,
haciendo deberes sobre los asientos de madera,
estudiando multiplicaciones
mientras la lancha cruzaba el Carapachay o el Espera.
Más de una vez viajaron también los maestros,
con carpetas enormes y paciencia infinita,
saludando familia por familia
como si cada alumno fuera un sobrino del río.
Y cuando el viaje venía tranquilo,
sin lluvia ni viento bravo,
aparecía el mate compartido.
Uno cebaba, otro alcanzaba las tortas fritas,
alguno contaba una anécdota vieja
de cuando las lanchas llevaban gallinas, bicicletas,
cajones de fruta y hasta algún perro dormido bajo los bancos.
Había tiempo para conversar entonces.
El río parecía más lento, la gente más cercana,
y nadie tenía apuro porque el Delta enseña despacio
la verdadera medida del tiempo.
Pero algo fue cambiando.
Hoy muchos suben y se sientan en silencio.
Las pantallas encendidas iluminan las caras,
y el murmullo del río
a veces pierde lugar contra el ruido invisible del celular.
Ya casi no se escuchan aquellas conversaciones largas,
ni las discusiones sobre la creciente,
ni el comentario sobre el vecino enfermo
o la alegría porque nació un nieto nuevo en las islas.
Cada uno baja la cabeza y navega otro mundo pequeño
dentro de la mano.
Y sin embargo,
la lancha colectiva sigue teniendo magia.
Porque viajar por el Delta
continúa siendo distinto a todo.
Ninguna avenida puede compararse
con esos canales angostos cubiertos de verde,
ni existe semáforo más hermoso
que la luz del sol filtrándose entre los sauces.
La colectiva sigue cruzando historias.
Sigue uniendo familias, escuelas, almacenes y muelles.
Sigue llevando trabajadores dormidos al amanecer
y trayendo isleños cansados de regreso a casa.
Y todavía queda ese placer sencillo
de conocer a cada capitán.
Porque cada uno tiene su modo,
el serio,el bromista, el que silba tangos mientras conduce,
el que conoce cada poste del río,
el que frena para esperar al vecino que viene corriendo por el muelle.
Ellos también son memoria viva del Delta.
Saben dónde el río es traicionero,
dónde pega fuerte la corriente,
dónde una familia espera remedios,
o qué muelle quedó vacío para siempre.
Son conductores y testigos.
Guardianes silenciosos
de una geografía hecha de agua y recuerdos.
Y mientras exista una lancha colectiva
surcando las venas marrones del Tigre,
el Delta seguirá respirando humanidad.
Porque arriba de esas embarcaciones
no viajan solamente pasajeros.
Viajan costumbres antiguas,
amistades que duran décadas,
infancias enteras camino a la escuela,
historias de amor nacidas entre dos muelles,
y la esperanza humilde
de seguir saludándose por el nombre.
La lancha colectiva no es sólo transporte.
Es barrio flotando, es memoria navegando.
Es el corazón del Delta
yendo y viniendo todos los días sobre el agua.

domingo, 12 de abril de 2026

Ya no es lo Mismo.

 Corrientes ya no es la misma
cuando la pienso en silencio,
se me aparece en el pecho
como un rumor que lastima.
No hay farol que no me arrime
una escena que no está,
ni vereda que no sea
lo que no vuelve jamás.
Iba creciendo despacio
entre voces y vidrieras,
con ese pulso de espera
que tienen ciertos abrazos.
Y en cada paso, el pedazo
de una noche interminable,
donde el tiempo era maleable
y el alma no tenía atraso.
Desde Luna Park hasta el río
se peinaba de promesas,
y en  Alem la tristeza
se disfrazaba de frío.
Pero bastaba un desvío
para encontrarse en la risa,
algún café, alguna brisa,
y un sueño medio tardío.
En calle Florida se probaba
los gestos de otra vida,
y en calle Maipú recibía
tangos que el aire dejaba.
El Marabú la abrazaba
con un bandoneón antiguo,
y yo, perdido conmigo,
sin saber qué me pasaba.
Después venía el desborde,
las luces, la madrugada,
calle Esmeralda iluminada
como un deseo sin nombre.
El Teatro Maipo en su informe
de risas y de pecados,
y el Obelisco plantado
como un testigo del hombre.
Corrientes era un latido,
una promesa en la esquina,
una ciudad que camina
aunque todo esté perdido.
Y yo la llevo escondida
como se guarda un querer,
con ganas de no entender
por qué se fue de mi vida.
Y ahora que todo termina
en Cementerio de la Chacarita,
donde el silencio gravita
como una flor que se inclina,
me queda, entre la rutina,
un resto fiel de memoria,
la cito todos los días,
aunque a muchos les asombre
y en ese gesto sencillo
todavía vuelve a la historia.


Los Tuyos.

 Hay una forma en la sombra
que el mundo apenas adivina,
una presencia bajo la tela
como dos lunas contenidas.
No piden nombre ni prisa,
ni siquiera ser miradas,
pero guardan en su curva
la antigua voz de lo que llama.
Exuberantes,
como el verano en la piel,
como la fruta madura
que aún no se deja caer.
Atrevidos en silencio,
sin decir lo que prometen,
apenas rozan el aire
y ya todo se estremece.
Ocultos y sin embargo
dueños de cada latido,
porque hay misterios que viven
aunque no sean compartidos.
Y en esa forma perfecta,
eterna sin explicación,
se enciende un fuego pequeño
que no conoce razón.
No hace falta que se muestren
para saber que están ahí,
como un secreto del mundo
que eligió quedarse en sí.

Sos.

 Sos la musa que me arrastra
cuando la noche se agranda,
la que en versos me desbanda
y en silencio me desarma.
Tenés luz en la mirada
y un misterio que me enreda,
como farol de vereda
que alumbra y no dice nada.
Tu sonrisa, qué querés…
me desarma el andamiaje,
me deja en este viaje
sin saber cómo volver.
Y en tu voz, casi un querer,
hay un mimo que me alcanza,
como un fueye con nostalgia
que no se quiere callar.
Sos linda… pero a tu modo,
con ese tumbao canchero,
mezcla de barrio y de cielo
que no se compra ni en broma.
Tu piel, suave como loma
donde el día se descansa,
y esa forma que no cansa
de invitar sin decir nada.
Tus labios, qué tentación
versos bravos, medio atorrantes,
que se escapan desafiantes
y me roban la razón.
Y yo, gil del corazón,
me quedo ahí, medio en banda,
mientras tu sombra me manda
a perderme en tu calor.
Sos mi razón, mi desvelo,
mi porvenir y mi herida,
la que se mete en mi vida
como un tango sin consuelo.
Y aunque me hagas el duelo
de no saber si te tengo,
igual te nombro y me vengo
silbando bajito un ruego.
Porque sos, en este enredo,
más que un sueño de varón,
sos el verso que en canción
se me escapa sin remedio…
y aunque me haga el distraído,
te lo digo sin chamuyo
siempre termino en lo tuyo,
aunque me haga el perdido.


viernes, 10 de abril de 2026

Cumbre.

 En la memoria vibra el zumbido,
ese viento áspero de hélices cansadas,
los ventiladores girando a toda velocidad
como si quisieran sostener la noche.
Había un acomodador medio leyenda;
el gallego de pasos firmes,
que al final de cada velada
subía, estufa por estufa,
con una escalera apoyada en el silencio,
apagando el calor
como quien apaga los restos de un sueño.
Y ahí estaba el mundo,
un océano de butacas gastadas,
crujiendo historias,
abrazando cuerpos anónimos
que respiraban juntos
la misma película.
El Cumbre,
corazón encendido en la diagonal,
frente al mástil,
a metros de aquella Alborada inolvidable,
pegado a los pasos de la única galería,
era la estrella obstinada
de la cuadra más céntrica del barrio.
Noche a noche,
las luces bajaban como párpados cansados
y la pantalla abría otro universo
donde todo parecía posible.
Después venía la vida,
la charla suelta,
el comentario encendido,
el eco de los diálogos aún flotando.
La Alborada,
el Tren Mixto cruzando la noche,
Los Picapiedra con una pizza compartida,
o el Bar Alemán recibiendo mesas  y copas,
 discusiones eternas sobre héroes, villanos
y besos que todavía ardían.
Porque las películas no terminaban,
se escapaban, se deslizaban por la avenida
como fantasmas luminosos,
personajes inolvidables caminando entre nosotros
sin pedir permiso.
Y el barrio era eso, una extensión del cine,
una escena continua
donde cada vecino tenía su papel
y cada esquina guardaba un secreto.
Pero el Cumbre se fue.
Se apagó como esas estufas finales,
sin estruendo, sin despedida suficiente.
Y la modernidad callada, prolija
fue levantando rejas, cerrando puertas,
encerrándonos en casas
donde la noche ya no respira igual.
Sin embargo, de vez en cuando,
una voz en alguna cuadra, una frase suelta,
un recuerdo que se escapa
como rollo viejo de película,
nos devuelve el murmullo, el calor,
la risa compartida.
Y entonces, por un instante,
el Cumbre vuelve a encenderse,
los ventiladores giran otra vez,
el gallego sube su escalera,
y el barrio ese barrio respira como antes.
Como si nada se hubiera ido.

jueves, 9 de abril de 2026

Se Respira.

Hay barrios que no se nombran:
se respiran y Saavedra
no se dice, se camina despacio
como quien vuelve a un abrazo que nunca terminó.
Sabe a tarde larga en sus parques,
a banco gastado por historias,
a sombra que cobija más de lo que tapa.
El verde ahí no es paisaje:
es memoria viva,
es promesa de domingo que no falla,
es infancia que no se deja ir.
Y su gente, esa forma de mirarte
como si te conociera de antes,
aunque recién cruces la esquina.
Como si cada cara guardara
un pedacito de barrio
para el que viene llegando.
En el aire, todavía, late el eco de la Sirena, 
esa que cortaba el tiempo en dos
y los Los Picapiedras riéndose en alguna tele lejana,
mientras el mundo era más chico
y alcanzaba con volver antes de que oscurezca.
El boulevard se estiraba como un suspiro largo,
con árboles que aprendieron a escuchar
más que a hablar, y veredas que saben
todos los pasos que pasaron por ahí.
El empedrado, ah, el empedrado.
No es calle, es corazón antiguo.
Es el ritmo irregular
que obligaba a bajar la velocidad
para que la vida no se te escape.
Y los cines, fantasmas luminosos de otras noches,
todavía proyectan besos en penumbra,
todavía guardan aplausos que nadie vino a retirar.
Porque Saavedra siempre está al borde…
como si fuera a caerse del mapa,
como si la provincia la estuviera llamando bajito.
Pero la Avenida General Paz la sostiene.
Como una línea terca,
como un límite que no es frontera
sino abrazo apretado
para que no se vaya del todo.
Y cuando llueve…
cuando llueve el barrio se vuelve otra cosa.
No se inunda de tristeza, se empapa de historia.
Se puede caminar igual,
aunque el cielo se venga abajo,
porque hay algo en el suelo,
algo secreto, como un swing de suelas de zapatilla de goma
que hace rebotar la nostalgia en cada baldosa.
Y entonces, cada esquina perfuma el día.
No con flores, ni con promesas nuevas,
sino con ese olor a vida vivida,
a charla en la vereda, a mate que no se apura,
a amor sin espectáculo.
Es un tango, sí, pero no de escenario.
Un tango que se arrastra despacio
por las calles de Saavedra,
que se mete en los bolsillos,
que se queda en los huesos.
Un tango que no pide permiso
para doler un poco, para querer quedarse.
Porque hay barrios que pasan…
y hay barrios que se quedan a vivir
en la forma en que uno recuerda.
Y Saavedra con sus parques, su gente, su lluvia mansa—
no se olvida. Se vuelve.

En Espera.

 Sábado a la noche,
la ciudad se afloja el nudo del día
y en la piel de la avenida Cabildo
la luz se vuelve promesa.
Ella baja como si nada,
rubia de viento suelto,
con una sonrisa que no pide permiso
y sin embargo lo cambia todo.
Hay algo en su andar
que no es apuro ni destino,
sino esa forma de saber
que alguien la está esperando
aunque todavía no haya llegado.
Las veredas murmuran su nombre
sin conocerlo, los faroles la siguen
como viejos cómplices del deseo,
y la noche esa vieja cantora
le acomoda el ritmo en la cintura.
En Cabildo y Juramento
el aire se detiene apenas,
como si la ciudad misma contuviera el aliento
para ver qué va a pasar.
Y pasa.
Un guapo se recorta entre sombras,
no por valiente, sino por esa manera de mirar
que ya es un roce.
No hay saludo, no hay palabras que sobren.
Alcanza con un tango
que se escapa de algún rincón,
de una radio gastada
o de un corazón que no se resigna.
Entonces, sin más vueltas,
como si el mundo fuera solamente eso,
la esquina se vuelve pista.
Y bailan.
Bailan con la noche prendida en los pies,
con la luna apoyada en los hombros,
con el deseo dibujando figuras
que nadie se anima a nombrar.
Ella se deja llevar pero no se entrega,
él la conduce pero no la tiene.
Y en ese equilibrio exacto,
en esa cuerda fina entre el fuego y la distancia,
nace el milagro breve del tango:
dos soledades que por un instante
se creen eternas.
La ciudad los mira de reojo,
algún colectivo pasa sin entender nada,
y los balcones guardan silencio
como si respetaran un secreto antiguo.
Después, cuando el último giro se apaga
y la música se vuelve recuerdo,
no hay despedidas que pesen.
Se miran apenas,
como quien guarda algo
sin llevarlo en las manos.
Y se pierden.
Por Juramento hacia el bajo,
donde la noche es más honda
y las promesas no necesitan cumplirse.
Buscan, anda a saber qué buscan,
quizás otro tango, quizás otro cuerpo,
quizás esa forma de no estar solos
sin dejar de ser libres.
Pero nunca un no, nunca un grito desesperado,
nunca la ruptura brutal del hechizo.
Sólo la luna, redonda y cómplice,
derramando luz sobre sus espaldas
mientras se alejan.
Y en la esquina queda algo,
una huella que no se ve pero late.
Porque el tango no termina,
se esconde y espera.

miércoles, 8 de abril de 2026

La Negra, pa los Amigos.

 En la esquina cansada del barrio antiguo,
donde el farol suspira su luz amarilla,
camina la morocha con ojos de tiempo,
como si llevara la historia en las pupilas.
Tiene la noche enredada en el pelo suelto,
y un tango quebrado temblándole en la voz,
de esos que nacen del fondo del alma
y mueren despacio pidiendo perdón.
La vereda la nombra, la sigue la brisa,
los gatos la miran pasar sin maullar,
porque saben que en su paso hay un misterio
que ni el silencio se anima a nombrar.
Y entonces, como un bandoneón que se abre en el pecho
se desborda este amor que no sabe callar:
Morocha de ojos color del tiempo detenido,
de nostalgias que duelen como un invierno largo,
de manos tibias que saben a abrigo,
cómo decirte sin romper el aire
que en vos se me queda la vida latiendo despacio.
Morocha, si supieras que en cada rincón del barrio
te nombro en voz baja como una oración,
que tu risa me salva del gris de los días
y tu pena se vuelve también mi dolor.
No sos mía ni hace falta que el mundo lo entienda
pero hay algo en tu forma de mirar la nada
que me ata a tu sombra sin pedir permiso,
como el tango se ata a la herida
y la herida se vuelve canción.
Yo te quiero así con tu historia a cuestas, 
sin preguntas, con ese pasado que no pide perdón,
con la lluvia escondida en los ojos
y el temblor inevitable del corazón.
Te quiero en la distancia breve del aire,
en la esquina donde el tiempo se va,
en el eco de un fue que no se resigna
y en todo lo que no pudo ser y será.
Morocha si alguna noche te gana el recuerdo
y el mundo se vuelve demasiado gris,
buscame en el humo lento del tango,
en la copa olvidada, en el último acorde
ahí voy a estar, esperándote sin fin.
Porque este amor no se grita:
se queda, se hunde, se hace raíz,
como el río callado que abraza la orilla
sin decir jamás que vive por vos,
pero no sabe existir sin tu latir.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...