martes, 7 de abril de 2026

 San Telmo nos caminaba,
más que nosotros a él,
como si cada piedra supiera
el peso leve de lo que fuimos.
El empedrado, húmedo de historia,
devolvía pasos que no eran nuestros,
ecos de otras noches,
de faroles encendidos con paciencia,
de nombres dichos al oído
cuando la ciudad todavía sabía escuchar.
Las veredas angostas
nos obligaban a rozarnos,
como si el barrio insistiera
en que el amor no se diga,
sino que se sostenga
en una mano tomada sin apuro.
Y ahí, entre fachadas cansadas,
descubrimos casas que resisten,
ventanas que miran sin ser vistas,
puertas que guardan secretos
de un pasado que no supimos cuidar.
En la plaza,
una pareja bailaba tango
como si el mundo no doliera,
como si el tiempo no pasara.
El fuelle, terco, respiraba
haciendo lo posible con lo poco,
como hace siempre esta ciudad
cuando la empujan al olvido.
Y entre idiomas cruzados,
turistas que pronuncian distinto,
hubo un voseo que cortó el aire,
claro, íntimo, como una verdad que no se exporta.
Ahí fue el beso,
robado o encontrado, qué importa.
Ahí fue la mano,
la tuya, aferrándose a la mía
como si el mundo no tuviera bordes.
Y también, claro, el vivo de siempre,
el que intenta lo que no debe,
el que confunde picardía con descuido,
como si olvidáramos
que lo nuestro se rompe fácil.
En Dorrego y Defensa
pasó un auto antiguo, alquilado,
vendiendo nostalgia por vueltas,
más caro que cualquier metro del mundo,
pero incapaz de llevarnos
a donde realmente queríamos volver.
Porque Buenos Aires es eso,
una sonrisa que se quiebra,
una lágrima que no cae,
una memoria que insiste
aunque la neguemos.
Y nosotros, caminando en el medio,
entre lo que fue y lo que queda,
con una flor en la noche
y un tango latiendo despacio.
El sol empezó a bajar
como bajan las certezas,
y el empedrado transpiró otra historia,
otra noche que se armaba
con retazos de lo mismo.
Y vos a mi lado, caminando.
Sin promesas,
sin pasado que nos pese más que el presente,
pero con esa forma tuya de existir cerca
que hace que todo 
hasta la nostalgia valga la pena.
San Telmo quedó atrás,
o tal vez se quedó en nosotros,
como un amor que no se dice del todo,
como una ciudad que todavía respira
aunque no siempre sepamos cuidarla.


 Se fue sin decir palabra,
ni un portazo, ni un adiós,
como sombra que se borra
cuando amanece el dolor.
Quedó el vaso a medio trago,
la silla mirándome,
y ese tango que en la radio
no se anima a comprender.
La calle sigue su rumbo,
como si nada pasó,
pero el barrio sabe todo
cuando un amor se perdió.
No dejó ni una excusa,
ni un papel, ni una razón,
solo un hueco en la penumbra
donde late el corazón.
Y yo, necio, la imagino
regresando en el andén,
con los labios temblorosos
y un perdón que no fue.
Pero el tiempo no perdona,
ni la noche ni el rencor,
y hay silencios que lastiman
mucho más que un no.
Se fue sin decir palabra
y en ese mudo final,
me dejó toda la vida
para aprender a olvidar.
 En la esquina de Ugarte y Cabildo
todavía respira el humo de otras voces,
se arrastra un bandoneón invisible
entre baldosas gastadas de espera.
El bar Savoy, con sus mesas heridas,
supo de tardes largas y discusiones bajas,
cuando el país se deshilachaba en gris
y el café era trinchera sin bandera.
Había un olor, sí…
mezcla de pocillo fuerte y costumbre vieja,
ese ácido rincón del baño
que también era parte del ritual,
porque la vida no pedía perfume,
pedía presencia.
Ahí se armaban mundos
sin más pantalla que los ojos,
sin más red que una charla
que se enredaba hasta la madrugada.
Salían del cine General Paz
con la película todavía latiendo en la lengua,
y antes de que se enfríe la emoción
ya estaban sentados,
desmenuzando escenas,
rearmando finales,
corrigiendo la vida como si fuera un guión.
Y del Savoy, ni hablar…
ese otro templo de historias compartidas,
donde cada mesa tenía su misterio
y cada taza un secreto por decir.
Un café, un bar, un mundo…
y en el medio, un amor que asomaba despacio,
como quien no quiere interrumpir la charla
pero igual se roba todas las miradas.
Qué distinto era todo,
cuando el tiempo se apoyaba en los codos
y se quedaba a escuchar.
Hoy la esquina sigue ahí,
pero le falta el murmullo espeso,
la risa que chocaba contra los vidrios,
la vida pasando sin apuro.
Porque antes,
en ese rincón de ciudad y rutina,
uno no iba a conectarse…
iba a encontrarse.




domingo, 5 de abril de 2026

 Al límite de lo desconocido,
de lo casi sobrenatural,
hay un placer callado
que sólo nace
de la entrega total.
Descubrir que es posible
con la simple sensibilidad
de dejarse ir,
de verte sonreír, sudar,
cerrar los ojos
como si el mundo fuera un sueño.
Fue y sigue siendo
uno de esos instantes
más intensos,
más verdaderos.
A media luz,
en el preciso momento
en que la cabeza se desprende del cuerpo
y el alma, sin pedir permiso,
encuentra refugio en otra.
Ahí,
donde todos los sentidos
se reúnen al borde de la piel,
marcando un compás de latidos
que ningún instrumento
podría imitar.
La poesía
que sólo sucede
donde sólo vos sabés encontrarme,
y yo sé
que vamos,
una vez cada tantas vueltas
de una aguja que ni existe.
En ese lugar
que nadie imagina,
que sólo vos y yo conocemos.
Cuando se cierra la puerta,
baja la persiana
y la ventana se entreabre apenas,
mientras gira, persistente,
el ritmo tibio de un ventilador.
El aire se vuelve denso,
la mirada se nubla,
la voz apenas susurra
lo que sólo existe entre dos.
Porque hay cosas
que sólo pasan
cuando el mundo queda afuera,
cuando el sudor canta
la más sincera de las melodías.
Entre tus labios
 mi cuerpo y la poesía.


viernes, 3 de abril de 2026

 Llora, cuando el eco de aquellos gritos
todavía rompe el aire,
cuando los insultos quedan suspendidos
como ropa húmeda en la memoria,
y el corte de la llamada
no termina de caer nunca.
Llora, porque hay finales que no saben cerrarse,
porque hay palabras que no llegan a destino
y se pudren en la garganta.
Pero con los días, lentos, torpes, inevitables,
algo empieza a cambiar de forma.
Se comprende sin querer 
comprender que el amor
no se rompe con la muerte,
ni con la distancia,
ni con ese último silencio que dolió más que nada.
Perder no siempre es dejar de tener.
Y que hay presencias
que se vuelven diarias
como el mate tibio de la mañana
o el ruido lejano de un colectivo al pasar.
Un amigo dice, hay que hacer el duelo.
Otro insiste, el tiempo lo acomoda todo.
Y algunos, más cansados o más sabios,
miran la vida de costado
y dicen que hay historias
que simplemente se guardan
en el cajón del recuerdo
para poder seguir caminando.
Pero la verdad, la verdad es que nadie sabe del todo.
Porque la vida, el barrio, la ciudad entera,
están llenos de historias inconclusas.
De gritos que no llegaron a ser abrazo.
De insultos que escondían miedo.
De despedidas que nunca se dijeron.
Y sin embargo, en cada esquina
hay un tango respirando despacio.
En cada árbol, hay una poesía escondida
esperando que alguien la mire de verdad.
En cada bondi que avanza
con su cansancio de siempre,
viaja una lágrima silenciosa
guardando una historia
que casi nadie escucha.
Pero está y alcanza con detenerse un segundo,
no solo mirar, sino ver,
para sentir cómo todo eso
se vuelve materia sensible, carne de poema.
Entonces aparecen nombres,
rostros lejanos o cercanos,
vidas que podrían ser propias
o de cualquiera.
Y alguien tal vez lo lea.
Aunque digan que cada vez se lee menos,
aunque el ruido del mundo intente tapar la palabra,
aunque parezca inútil.
Porque escribir no es para todos.
Es para los que no pueden evitarlo.
Para los que siguen, aunque nadie mire,
aunque nadie responda, 
aunque la soledad se siente al lado
como una vieja compañera.
Y entonces,
cuando la noche cae despacio
y el recuerdo vuelve sin permiso,
la hoja en blanco deja de ser vacío.
Se llena de nombres, de calles.
De heridas que todavía respiran.
Y escribir aunque duela
se vuelve una forma de quedarse,
de entender, de no perder del todo.  
Porque a veces,
cuando ya no queda nada,
queda esto, una historia,
una letra, y alguien en algún lugar
que la lee y, sin saber por qué,
también llora.
 El sol se escondió,
pero hubo puerto,
y en ese llegar sin ruido
estaban tus brazos abiertos,
como si siempre hubieran sabido
el camino de regreso.
Tu voz suave, casi susurro
despejó los restos del mundo,
apagó los gritos antiguos
y encendió un horizonte nuevo,
donde la noche ya no era oscura
sino apenas un velo.
La luna se volvió piel,
yacía entre nosotros
como una tibieza compartida,
entre sábanas de hojas de otoño
y palabras dulces,
decoradas de silencios
que también decían.
Quizás nos fuimos esquivando,
quizás elegimos caminos opuestos,
perdiéndonos a propósito
para encontrarnos más ciertos.
Y un día sin estruendo
todo se alineó en secreto:
tu vida encontró la mía
en la calma de un encuentro.
No hizo falta alzar la voz,
ni discutirle al destino,
porque en una conversación callada
se dijeron todos los latidos.
Y así, sin darnos cuenta,
fuimos llegando a ese instante
donde el amor no irrumpe,
sino que permanece.


 Ese sonido absurdo
que brota de una pantalla táctil
no es voz: es descarga.
Un dedo toca vidrio
y estalla una guerra mínima,
ridícula, pero insistente,
como si el mundo dependiera
de quién grita más fuerte
en un rectángulo iluminado.
Suben los decibeles
como sube la espuma sucia,
tapando todo:
ideas, matices, dudas.
Insultos en fila,
uno atrás de otro,
mal escritos, peor pensados,
escupidos con urgencia
como si pensar
fuera perder tiempo.
En nombre de qué.
De la verdad
La verdad, si es verdad,
no necesita pulmones inflados
ni gargantas tensas.
No se impone a los gritos,
no atropella, no empuja.
La verdad se sostiene sola,
no necesita disfrazarse de enojo.
Pero acá no.
Acá todo es volumen,
todo es exageración,
todo es teatro barato.
El grito asusta, sí,
pero es un miedo corto,hueco,
que se disuelve apenas
uno decide pensar.
El grito no llama a la atención:
la secuestra.
Te obliga a mirar,
pero no te deja ver.
Y el insulto…
el insulto es la renuncia final,
la rendición disfrazada de ataque.
Cuando aparece, la idea ya murió.
Lo hace un presidente
desde un estrado, creyéndose trueno.
Lo hace una expresidenta desde un balcón,
jugando a la épica.
Lo hace cualquiera,
encerrado en una habitación,
con la cara iluminada por una pantalla
y la cabeza a oscuras.
Distintos lugares, misma pobreza.
Gritar para no escuchar,
gritar para no pensar,
gritar para no ceder
ni un centímetro de razón.
Porque conversar implica riesgo:
el riesgo de entender,
el riesgo de cambiar,
el riesgo imperdonable
de no tener razón.
Entonces mejor el ruido.
Mejor el golpe seco
de palabras usadas como piedras.
Pero en el fondo
todo ese escándalo
no construye nada.
Es puro desgaste, puro eco,
pura repetición de vacío.
Y mientras tanto, lo simple 
lo verdaderamente difícil
queda intacto:
sentarse, callar un poco,
y decir lo que se piensa
sin necesidad de romper nada.
Porque, aunque nadie lo practique,
aunque parezca olvidado,
conversando nos entendemos
igual… o mejor.
 Pánico a la tormenta,
como si el cielo fuera a caer sobre la piel
y no a lavarla.
Pánico al deseo, esa chispa mínima
que insiste en arder aunque la tapen con años,
aunque la nombren pecado,
aunque la escondan bajo la mesa
como un secreto que respira.
Pánico al sexo, al cuerpo dicho en voz alta,
a las manos que buscan sin permiso de la culpa,
a la humedad de lo vivo
que desarma cualquier catecismo.
Pánico a la vida, y entonces sobrevivir:
cerrar ventanas, bajar persianas,
archivar latidos.
Encerrarse en un mundo que ya fue,
donde todo estaba escondido:
el cuerpo doblado, el deseo en silencio,
la sexualidad como una palabra prohibida
y el amor… el amor apenas insinuado
en cartas que nunca decían todo.
Encerrarse es no querer vivir,
es repetir la escena antigua
como una fotonovela gastada,
donde el beso se corta antes de existir,
donde la piel nunca se nombra.
La radio murmura compañía,
pero no alcanza: no abraza, no incendia,
no desordena.
Vestirse de largo para ocultar las rodillas,
como si la carne fuera delito,
como si mostrarse fuera caer.
Pero algo cruje una grieta mínima
en la costumbre.
Y entonces la poesía:
no pide permiso, no baja la voz,
no se arrodilla ante el miedo.
Rompe el dobladillo del silencio,
rompe la tela vieja del pudor heredado,
rompe la idea de que vivir
es esconderse.
Y deja al cuerpo en su sitio:
ardiendo, deseando, temblando sin culpa.
Porque no es la tormenta lo que asusta,
es descubrir que siempre hubo cielo
y nunca se miró.


Tus manos acarician el día
como si el tiempo fuera una tela dócil,
un terciopelo tibio donde descansa la luz
y aprende a pronunciar tu nombre.
Tus labios esa frontera suave
abren la mañana como una fruta madura,
y cada palabra tuya
enciende el aire con un fuego lento,
casi secreto,
como si el mundo recién empezara
cada vez que hablás.
Por las noches, en cambio,
sos refugio;
una casa encendida en medio del viento,
un rincón donde el cuerpo se vuelve lenguaje
y el silencio respira más hondo.
Tus ojos,
color del tiempo detenido entre dos latidos,
son faros en este camino extenso
que recorremos despacio,
como quien no quiere llegar
para no interrumpir la magia.
Y entonces aparece el paisaje:
el río, la caminata sin destino,
la orilla donde el deseo se vuelve brisa
y roza la piel apenas,
como una promesa que no necesita apurarse.
Hay en tus besos
un sabor antiguo y nuevo a la vez,
una forma de quedarse
sin decirlo, una manera de incendiar lo cotidiano
sin hacer ruido.
Y cuando la noche cae
y el mundo se deshace en sombras,
tu cercanía se vuelve otra cosa:
más honda, más íntima,
un temblor que recorre la piel
como si cada centímetro recordara
por qué existe.
No hace falta nombrarlo todo.
Algunas cosas viven mejor en la insinuación:
la pausa entre dos respiraciones,
el roce que no termina,
la cercanía que enciende sin consumirse.
El resto es apenas una poesía tibia,
un intento torpe de decir lo indecible,
porque esta historia
no habla de vos solamente,
ni siquiera de nosotros,
sino de todo el tiempo perdido
antes de encontrarte.
Y aun así, en cada verso queda algo:
una huella leve,
un eco de tu forma de habitar el mundo,
y ese modo tuyo de convertir lo simple
en eternidad.
 Son delgados, infinitamente delgados y frágiles,
como hilos de un tiempo que apenas se atreve a tocarse.
Alguna vez tomaron el color de la vida,
y entonces fueron fuego,
rojos encendidos, naranjas temblorosos,
un borde de luz latiendo en la penumbra.
No castaños, no quietos,
sino vivos en el aire que rodea tu rostro,
dibujando un perfil apenas enredado
donde el amor respira despacio,
como si cada curva supiera
que está siendo mirada.
Y cae el sudor, no como lluvia,
sino como un susurro que se desliza,
mojando todo lo que existe alrededor,
volviendo duro al mundo, haciéndolo dócil,casi tuyo.
Hermosa mujer de noches finas,
de hilo tenue y copas compartidas,
donde el whisky arde lento
y la crema suaviza el instante,
y en ese leve gusto a vainilla
se deshace el tiempo,
se vuelve tibio y se deja llevar.
Y una suave tela tapa tenuemente,
un velador encendido apenas,
dejando que la luz roce las sombras
mientras posás esas elevaciones
entre mis labios y la noche,
como si el mundo se detuviera
a contemplar ese instante.
La noche se vuelve única, irrepetible,
se estira en largos minutos
que parecen eternos,
donde todo lo que existe
respira más lento, late más hondo,
 y permanece erguido.
Todo se vuelve más intenso cuando estás,
más cercano al lugar donde quedarse
aunque sea por unos instantes,
aunque el destino insista en el movimiento.
Y viajás, no en distancia,
sino en esa forma única de elevarte
sin despegar los pies del deseo,
en ese vuelo irrepetible
que no necesita alas,
porque se escribe en la piel,
en la ropa olvidada,
en el gesto mínimo que delata
lo que no se dice.
Y al describirte, algo se marca,
como una huella suave en la tela del mundo,
la certeza de que hay cuerpos
que no se olvidan, instantes que no se repiten,
y un modo de arder que sólo existe,
cuando dos silencios deciden rozarse.
 Gotas, truenos,
y el cielo que habla en relámpagos,
abriéndose en luces breves
como si escribiera tu nombre
sobre la noche.
Hay un zumbido en el aire,
ese susto dulce de la tormenta,
y al mismo tiempo
la alegría inevitable
de saberla llegar.
Porque la lluvia también es espera cumplida.
Tu temor y tu risa
se mezclan en algún rincón
que no alcanzo a ver, pero siento.
Como siento la distancia
pesando entre los dos,
nombrando mi no llegada
con una insistencia callada.
Y sin embargo, mañana será de fiesta,
lo dice la tierra mojada,
lo dicen los charcos
guardando pedazos de cielo.
Hoy dejáselo al agua,
dejáselo al cielo abierto
que descarga todo lo que tiene,
como si también supiera cuánto hacía falta.
No te escondas de la lluvia,
dejá que te encuentre, que te roce lento,
que te enfríe apenas la piel
para que después imagines mis manos.
Y mientras tanto,
el sonido de la chapa nos acompaña,
constante, íntimo,
como un idioma compartido:
a mí, acá…y a vos, allá…
dos refugios distintos,
una misma tormenta.
Entre trueno y trueno
hay silencios que te buscan,
espacios donde te nombro
sin voz, donde te acerco
aunque no estés.
Cierro los ojos
y te dibujo en la penumbra,
con la lluvia deslizándose
por tu cuello, bajando despacio,
como si supiera el camino
que yo todavía no puedo recorrer.
El ventilador gira, terco,
peleando con la humedad,
pero hay otra brisa
que insiste más hondo:
nubes cargadas de mí,
cruzando la noche para alcanzarte.
Que te lleven besos,
uno por cada gota que golpea tu techo.
Que te envuelvan despacio,
como abrazos largos,
de esos que no se apuran
y se quedan un poco más de lo necesario.
Que te cuiden el descanso,
que te rocen el sueño, que se queden cerca
hasta que yo llegue.
Porque voy a llegar.
Y cuando pase la tormenta,
cuando el cielo se calme
y la tierra respire hondo,
vamos a reírnos del miedo,
de la distancia, de esta noche interminable.
Pero ahora, en este instante exacto
en que el mundo cae en lluvia,
dejame estar así, hecho tormenta,
hecho sonido, hecho cielo sobre vos.
Porque incluso lejos, incluso sin tocarte,
hay algo que no sabe de distancias:
este amor que insiste, que cae,
que vuelve siempre, como la lluvia.


Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...