jueves, 8 de enero de 2026

 Cuando llueve en el último piso
el cielo raso se agita
como si el edificio respirara con dificultad.
Las paredes pierden la escuadra,
la lógica se resbala,
y nada queda del todo firme.
Las ventanas lloran
con un llanto largo y sucio,
la cama flota
como un recuerdo que no encuentra fondo.
Todo tiembla, todo duda.
Abajo nadie parece notar
la ferocidad del tiempo,
nadie mira hacia arriba.
La ciudad sigue,
ordenada, indiferente,
creyendo que los relojes aún mandan.
Solo ella ve la grieta.
Solo ella navega
en un mundo detenido,
donde el tiempo se estancó
como Cenicienta después de la medianoche,
con el hechizo roto
y los sueños descalzos.
Al borde del abismo
grita desde un balcón.
No pide ayuda, grita lo que tuvo
cuando tuvo todo,
la fe,la promesa, el amor entero
antes de aprender la pérdida.
La lluvia cae y nadie escucha.
Pero el edificio sabe.
El cielo raso se estremece.
Y el tiempo, por un instante,
parece dudar antes de seguir cayendo.


 Llueve en la avenida.
La tormenta se sacude sobre el río
anunciando que, lenta,
va a entrar en la ciudad
como una verdad que nadie puede frenar.
La ropa baila en las sogas
antes de ser descolgada,
pequeñas banderas de una tregua breve.
Las flores del rincón de la puerta de calle
piden el refresco del cielo
sin que nadie tenga que regarlas.
Llueve en la ciudad
mientras los gritos retumban
en el hueco de la escalera,
rebotan en paredes viejas
y no encuentran salida.
En la parada del bondi
un paraguas se abre
y el viento se lo lleva,
como se lleva todo lo que intenta proteger.
Ella se pone la capucha de trabajo,
se cubre una vez más,
no del agua
sino del mundo.
Así como se olvida de todos
cada vez que llueve.
Camina con la cabeza baja,
con la lluvia marcándole el paso,
dejando que el agua borre nombres,
promesas,
caras que ya no duelen
porque ya dolieron demasiado.
Llueve en Buenos Aires.
El refresco alivia el día,
pero no calma la tormenta adentro.
Cuando vuelve,
empapada de ciudad y de rabia,
grita otra vez.
Y la lluvia,
cómplice perfecta,
la cubre, la escucha,
y se queda.


Debajo de mi almohada
tu respiración arde.
No suena, me invade.
Se desliza por mi cuello
y me despierta la piel
como si todavía estuvieras acá.
Me acuesto y te pienso
con el cuerpo primero,
con la memoria después.
Te recuerdo lenta,
como se recuerdan las cosas que marcaron,
tu aliento pesado,
tus manos aprendiendo mis bordes,
el calor compartido
hasta que el mundo deja de existir.
Nuestros cuerpos se encuentran
sin preguntas,
aceitados de deseo,
resbalando el uno en el otro
como si el tiempo no tuviera derecho
a interrumpirnos.
Sabemos dónde empieza el fuego,
pero jamás dónde se apagaba.
Hay una nube, la nuestra,
espesa, tibia, inevitable.
Todo es posible ahí,
las miradas que queman,
los silencios que gritan,
el roce que promete
más de lo que el día permite.
Vos y yo, suspendidos,
respirando el mismo aire,
flotando las horas
con la urgencia de quien sabe
que solo a solas
la verdad se permite existir.
Porque en este mundo prolijo e hipócrita
la felicidad se esconde, y la nuestra
solo aparece cuando tu respiración,
vuelve a buscarme debajo de mi almohada.

 Navegamos entre mates,
en un intercambio de palabras
único, irrepetible,
de esos que no se fuerzan
y nacen solos,
como si ya se conocieran.
Después de algunos temas livianos,
los riffs pusieron clima de rock
y los bailamos lento,
como cuando todo parecía eterno
y el tiempo todavía no sabía correr.
Pasaron los años,
y mejor que un whisky con hielo
y un café acompañando la conversación,
esa que nació cuando dejamos la ropa
apoyada en una silla y una pequeña ropa interior
nos cubría la nada con una simpatía desarmante.
Los dos del mismo color,
hablando de cosas perdidas,
esas que solo encuentra la memoria
cuando acomoda el lugar,
ese que está en el rincón del sótano
o en el galpón del fondo.
A veces lo abrimos sin pensar
y sale un perfume único,
antiguo y vivo, que nos gusta
porque nos reconoce.
Y entonces entendemos
que no todo se perdió,
que algunas historias
siguen respirando ahí,
entre mates, música, vasos sudados
y palabras que todavía
saben desnudarse despacio
igual que nosotros.

domingo, 4 de enero de 2026

El ventilador gira como un mantra inútil.
El calor no se mueve.
Se queda, late.
El aire espeso huele a piel inventada,
a almendras abiertas por el roce,
a vaselina brillando
como una luna privada
sobre los cuerpos.
Flotamos.
No volamos: flotamos,
a centímetros de la sábana
empapada de nosotros,
donde el sudor escribe
lo que la boca calla.
Yo la mojo con agua.
No para apagar nada.
El agua cae lenta,
aprende el mapa de su piel,
y entonces
como si el mundo hubiera mentido siempre
ella se prende fuego.
No hay humo.
No hay llama.
Hay un incendio que respira,
que se enciende hacia adentro
con cada gota.
El tiempo se desarma.
Los relojes pierden los números,
la luna se cubre los ojos,
y el agua sigue cayendo
como una catarata emocional,
como un momento que no quiere terminar.
Una mirada animal nos ancla al mundo,
la mascota espera, sin entender
cómo los cuerpos se borran
y regresan convertidos en respiración.
El silencio se vuelve líquido,
resbala, patina aceitado,
flota en el aire
a centímetros de quién sabe qué,
hasta romperse
en un murmullo húmedo.
Todo arde sin quemar.
Todo moja sin apagar.
Y cuando el sueño afloja su abrazo,
la realidad vuelve
en la forma más antigua,
un cuerpo rodeando a otro,
y el fuego bajando la voz.

La calma vive en el Delta,
donde la luz aprende a quedarse
y el río canta bajito
para no despertar al amor.
Allí el agua crece sin miedo,
como crece la ternura,
despacio, sabiendo que todo vuelve
si se lo espera con el alma abierta.
En el muelle, el mate pasa de mano en mano
y también las miradas, esas que dicen más
que cualquier promesa.
Los gritos no llegan hasta acá,
se quedan lejos,
porque este rincón del mundo
eligió la suavidad.
El río nos abraza cuando viene
y cuando se va, nos deja la certeza
de que amar es eso,
estar, fluir, y volver siempre.
El delta brilla, no por el sol,
sino porque el amor
aprendió a vivir en él.

Vuelvo caminando a esas noches como quien abre una caja de luz. No había prisa, había amigos, había compañía y una ciudad que nos ofrecía rincones donde soñar sin pedir permiso. 
Entrábamos juntos, riendo bajo, sabiendo que algo iba a pasar aunque no supiéramos qué.
Esos lugares eran pequeños, casi secretos. 
Mesas apretadas, luces suaves, el murmullo que se detenía cuando empezaba una canción. 
Y ahí, en esa cercanía, todo parecía posible; cantábamos por dentro, nos mirábamos cómplices, convencidos de que el mundo estaba empezando de nuevo, también para nosotros.
Las noches eran inolvidables porque no buscaban serlo. 
Eran simplemente verdaderas. Compartíamos el asombro, el café, el whisky, las palabras dichas a media voz. 
Soñábamos en esos rincones, creyendo que el arte, el amor y la amistad podían cambiarlo todo.
Con el tiempo, esos sueños llenaron estadios. Las voces que escuchamos tan cerca crecieron, se hicieron multitud. 
Pero en mi memoria siguen siendo nuestras nacidas ahí, en la intimidad de un comienzo espléndido, cuando todo estaba por hacerse y nosotros éramos parte del primer latido.
Hoy recuerdo esas noches con una sonrisa tranquila. No como algo que se perdió, sino como algo que vive en mí. Porque hay comienzos que no terminan nunca, siguen iluminando el camino, aunque la música suene ahora en otros lugares.

El Parakultural fue uno de esos lugares que no se explican: se recuerdan con el cuerpo. Estuve ahí, en esos años finales de los 80, cuando Buenos Aires todavía estaba saliendo de la dictadura y necesitaba, con urgencia, espacios donde respirar sin pedir permiso.
Funcionaba como un centro cultural subterráneo, casi clandestino, entre 1986 y 1990. Pero más que un lugar era un estado de ánimo. Entrar al Parakultural era aceptar que todo podía pasar: teatro, música, poesía, cuerpos mezclados, risas incómodas, provocación y libertad, Nada estaba del todo terminado, y eso era lo mejor.
Fundado por Omar Viola y Horacio Gabin, su nombre ya decía mucho: para-cultural, en contra de lo hegemónico, a favor de lo disidente. 
Ahí se ensayaban nuevas formas de decir, de moverse, de burlarse de una sociedad todavía rígida. El humor era ácido, el mal gusto se volvía vanguardia, y la parodia social era una forma de resistencia.
Vi pasar a Las Gambas al Ajillo, a Batato Barea, a Las Poetizas. Escuché rock, punk, post-punk. Los Redondos, Sumo, Flema, Los Fabulosos Cadillacs aparecían como parte de un mismo pulso subterráneo. Punks, artistas, curiosos y noctámbulos compartíamos el mismo espacio sin jerarquías. 
Todo era mezcla, tribu, experimento. Con el tiempo, el Parakultural también mutó y se volvió milonga, dejando otra huella inesperada: el tango convivía con ese espíritu libre que nunca se fue del todo. Muchos de quienes pasaron por ahí saltaron después a los medios masivos en los 90, pero en ese momento nadie pensaba en carreras ni en fama. Se trataba de estar, de probar, de romper.
Hoy lo recuerdo como un semillero irrepetible. Un lugar donde la libertad creativa no era un discurso sino una práctica diaria. El Parakultural no fue solo un centro cultural, fue una respuesta visceral a años de silencio. Y haber estado ahí es algo que todavía vibra cuando lo pienso.

Ayer.
Cuando el tiempo todavía estaba tibio
y Buenos Aires respiraba despacio.
No fui solo.
De mi brazo venía una mujer
hermosa y antigua.
Se llamaba Historia
y caminaba como quien sabe
que todo ya ocurrió
y, aun así, sigue doliendo.
Ayer sus dedos tocaron los muros
y las piedras recordaron.
San Ignacio nos miró en silencio,
con siglos colgados del campanario,
y yo sentí que rezaban
los que ya no están.
En la Sala de Representantes
el aire se volvió promesa.
Juramentos flotaban como polvo dorado
y hombres sin nombre pasaban despacio,
con la patria temblando en la voz.
Historia me apretó el brazo,
ella sabe cuándo el pasado pesa.
Ayer bajamos.
Los túneles nos tragaron
como una boca antigua.
Allí Historia era sombra y fuego,
contrabando de ideas,
miedo escondido,
pasos que no querían ser oídos.
Las paredes sudaban siglos
y yo entendí
que la memoria no es limpia ni cómoda.
De pronto, un golpe.
Otro,1966.
Historia cerró los ojos
y no me soltó.
Los bastones aún caen
cuando nadie mira.
Ayer salimos a la luz.
Los patios respiraban.
La ciudad seguía viva, ajena,
pero algo en mí
se había quedado allí abajo.
Antes de irse,
Historia me miró.
Sonrió con tristeza antigua
y me besó la frente
con labios de tiempo.
Ayer caminé la Manzana de las Luces.
Hoy la sigo caminando por dentro.

 Ni siquiera el viento se detuvo al verte pasar:
fue apenas una ráfaga leve,
un suspiro tibio, casi brisa,
como si el mundo respirara 
más hondo para no interrumpirte.
En ese instante
cuando tu andar dejó huella sin tocar el suelo
te vi llegar elegante,
abriendo un surco invisible
en la tierra blanda de la memoria,
dejando la marca exacta de tu presencia
donde antes no había nombre.
No hubo silencio, hubo un beso.
Y eso bastó, desde ese momento 
la noche giró sobre sí misma
como una moneda lanzada al destino,
y nunca volvió a ser la misma.
Vos lo supiste, yo lo supe.
Hay encuentros que cambian la forma de la oscuridad.
La luna esa que solo sale en mi barrio,
cuando llueve en la ciudad,
nos acompañó siempre,
aunque la lluvia cayera en otro barrio
y acá, sin embargo, brillarán las estrellas,
como si también ellas hubieran sido testigos.
Porque desde entonces,
cada vez que el cielo duda,
tu recuerdo le enseña a iluminarse.


Te escucho,
me escuchás,
y en ese gesto sencillo
vamos armando la metáfora más grande:
la vida.
Amar es decir sin gritar,
es comprender sin herir,
es compartir la palabra
como quien ofrece abrigo.
Los gritos alejan,
los insultos no construyen nada.
En cambio, el diálogo enriquece,
ensancha el alma,
acerca los cuerpos.
Amar es dialogar,
dialogar cada día,
elegirte palabra a palabra,
amarte un poco más
en cada conversación.
Porque el diálogo siempre es mutuo,
como el amor verdadero,
uno habla, el otro escucha,
y entre ambos
nace algo que vale la pena cuidar.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...