domingo, 31 de agosto de 2025

 Amarse sin tocarse es negar al sol su fuego.
Una mirada enciende,
pero es la piel la que pide la boca,
tu respiración, la que llama a la mía,
tu cuerpo el altar donde mi cuerpo se arrodilla.
Por eso mi deseo no se esconde,
necesito perderme en tu abrazo,
probar la dulzura de tu boca,
sentir cómo tu piel se abre como un secreto
que sólo mis manos pueden descifrar.
El amor no se conforma con palabras,
pide el roce, el gemido, la entrega.
Amar es hundirse en el cuerpo como en un río,
dejar que el agua nos arrastre,
y naufragar sin miedo,
porque tu abrazo es mi orilla.
Cuando entro en vos,
no es solamente el sexo el que habla,
es el amor que se hace carne,
El amor sin sexo es un sueño inconcluso,
una carta sin firma,
un fuego que no arde.
El amor verdadero pide desnudarse,
mezclar respiraciones,
y quedarse exhaustos y felices,
como dos cuerpos que han tocado el infinito.



 La mañana de domingo nos sorprendió con lluvia,
el Paraná se abrió como un espejo gris
donde el cielo se deshacía en gotas.
Tu mano buscó la mía,
y en ese gesto supe que el viaje sería más que un cruce,
sería un rito secreto entre vos y yo.
La pequeña embarcación se mecía suave,
el agua golpeaba como un tambor lento,
y cada gota que resbalaba por tu piel
me encendía más que el mismo sol ausente.
Te miraba, tu pelo húmedo pegado a la frente,
tus labios entreabiertos recibiendo la lluvia,
y mi deseo se mezclaba con la bruma del río.
Te acerqué, como si temiera perderte en la corriente,
y tu cuerpo tibio contra el mío fue la hoguera necesaria.
Tus pezones se endurecieron bajo la tela mojada,
tu risa tembló al sentir mis dedos recorrer tu cintura,
y el Paraná fue testigo del temblor
que no venía del frío sino del ardor.
La lluvia nos cubría como un velo,
nadie más existía, solo nosotros dos,
dos viajeros entregados al delirio del instante.
Mis labios se perdieron en tu cuello,
saboreando la sal de tu traspiración y el agua,
tu gemido se confundió con el rumor del río.
Amor, deseo, sexo, todo se mezcló allí,
en la pequeña embarcación que parecía flotar
no sobre agua, sino sobre nuestra fiebre compartida.
Cada caricia era un viaje,
cada beso, una orilla alcanzada,
cada penetración un estallido
que multiplicaba la lluvia dentro de nosotros.
Cuando al fin la tormenta se fue apagando,
no sabíamos si era el cielo el que había llorado,
o si éramos nosotros los que habíamos desbordado
el cauce inmenso del Paraná.
Y mientras el domingo seguía su curso,
yo supe que ese viaje había sido eterno,
un río, una lluvia, tu cuerpo y el mío
fundidos en el amor más carnal y más sagrado.


 Llueve, y el Delta se convierte en un mundo mágico, diferente, sin igual.
El interior de la casa se encoge para abrigarnos;
los leños en la cocina crujen lentamente,
y la pava siempre lista para el mate acompaña
a la humeante cafetera.
Desde la cama vemos el río,
ese río que durante toda la mañana fue,
y ahora regresa en su vaivén eterno.
Entre mates y besos, las horas se deslizaron suaves,
y nuestras caricias se hicieron más profundas,
más intensas, más necesarias.
Solamente te levantaste un instante
para abrirle la puerta a ella,
que quiso salir al mundo de lluvia,
y en ese breve momento tu cuerpo se enfrió.
Pero apenas volviste, nos encontramos otra vez,
y el calor encendido de nuestro abrazo
destapó la cama para llevarnos
a un largo paraíso compartido.
El sonido de la lluvia sobre el techo de chapa
se confundía con nuestros latidos,
marcando el ritmo secreto del domingo:
tu piel buscándome,
mi deseo fundiéndose en el tuyo,
una vez más, juntos,
uno dentro del otro,
mientras afuera el río y la tormenta
eran testigos silenciosos del amor.
Y así seguimos,
perdidos y hallados a la vez,
en el mágico Delta,
donde la lluvia, el río y nuestros cuerpos
se hicieron uno solo.


viernes, 29 de agosto de 2025

 Navegar tu locura
es perderme en un mar de llamas suaves,
es descubrir, sin mapa ni brújula,
la geografía sagrada de tu piel.
Cada rincón me llama,
cada curva es un secreto,
y yo, viajero insaciable,
recorro tu territorio de fuego y ternura.
Tus sentidos, al roce de mis pasos,
despiertan como campos en primavera:
flores invisibles se abren,
susurran perfumes de deseo,
y la vida estalla en colores
que solo existen entre tu piel y la mía.
Allí el sexo no es solo carne,
es un idioma profundo,
un pulso compartido,
un instante en que los cuerpos hablan
más allá de las palabras.
Allí el amor se vuelve río,
corriendo salvaje entre nuestras venas,
uniendo respiraciones,
fundiendo silencios,
haciendo eterno el segundo
en que tu mirada se incendia en la mía.
Y allí, en el centro mismo del vértigo,
la vida florece,
vida que late, que ruge,
vida que se entrega sin miedo,
vida que somos vos y yo
cuando nos encontramos enteros
en ese abrazo donde todo arde
y todo nace de nuevo.
 Tus labios me devoran con hambre, me besas como si quisieras arrancarme el alma. Nuestras lenguas se enredan húmedas, chocan, se muerden, se reconocen. La respiración se corta, el deseo nos atropella y ya no existe nada más que el calor creciente en nuestros cuerpos.
Arranco tu ropa sin paciencia. La seda resbala por tu piel y deja al descubierto tu desnudez temblorosa, lista, ansiosa. Mis manos recorren cada curva, aprietan tus senos, juguetean con tus pezones hasta endurecerlos bajo mis dedos. Te escucho gemir, morderte los labios, estremecerte al sentir cómo mi boca se apodera de tu pecho y lo devora, lamiendo, succionando, arrancándote jadeos cada vez más fuertes.
Tu cuerpo arde. Mis manos descienden lentamente hasta tu entrepierna húmeda. El calor que emana de vos me enloquece. Te abro de par en par, deslizo mis dedos por tus labios mojados y mi lengua se hunde en tu sexo con ansia, lamiendo profundo, saboreando cada gota de tu excitación.
Tu clítoris late bajo mi boca, lo succiono con fuerza, lo acaricio con mi lengua, mientras mis dedos penetran en vos, entrando y saliendo rápido, mojados, llenándote, hasta hacerte gritar sin pudor. Tus caderas se mueven desesperadas contra mi rostro, tus manos me hunden más, como si quisieras que me perdiera para siempre en tu humedad.
De repente, tu cuerpo se arquea, tus músculos se tensan, y un gemido desgarrado anuncia tu primer orgasmo, explosivo, líquido, caliente. Siento tu flujo desbordarse en mi boca y lo bebo sin detenerme, mientras tu cuerpo tiembla convulsionando de placer.
Pero no te dejo descansar. Te levanto, te tomo de la cintura y te penetró de golpe, con toda mi dureza, arrancándote un grito que se mezcla con un gemido salvaje. Entro hasta el fondo, una y otra vez, cada embestida más fuerte que la anterior, chocando contra tu carne mojada con un sonido obsceno que llena la habitación.
Tus uñas se clavan en mi espalda, me arañas, me suplicas que no pare. Te penetró con furia, con hambre, mientras tus piernas me aprisionan como si quisieras devorarme entero. Cambiamos de posición: te pongo de rodillas, tu espalda arqueada, tus nalgas ofrecidas. Te tomo por detrás, duro, profundo, sujetándote del cabello, marcando mi ritmo salvaje. La visión de tu cuerpo temblando, tu culo chocando contra mí, me lleva al borde de la locura.
El clímax se acerca. Tus gemidos se vuelven gritos, jadeos ahogados, palabras sueltas sin sentido. Siento cómo tu sexo late y me aprieta, tus músculos se contraen en oleadas de placer. No aguanto más: te tomo fuerte, te penetro hasta el fondo y explotamos juntos en un orgasmo brutal, desgarrador, que nos deja exhaustos, sudados, temblorosos.
Caemos rendidos entre las sábanas empapadas, nuestros cuerpos aún palpitando, entrelazados en el calor del deseo satisfecho. Te abrazo, beso tu cuello, y sonrío al saber que esta noche aún no termina.
 Sentir el roce de tu piel
es un viaje de ida sin retorno,
un abismo de deseo
donde el tiempo deja de existir.
Tus manos recorren mi cuerpo
con la sabiduría de quien conoce
cada rincón oculto,
cada sendero que despierta el fuego.
Tus labios, húmedos y urgentes,
se entregan al arte del beso profundo,
ese que no termina,
ese que arranca suspiros
y me arrastra a la frontera del delirio.
Las horas de pasión lavan la rutina,
borran los cansancios del día
y encienden una noche sin final.
El roce de tu piel contra la mía
es un lenguaje secreto,
una confesión que no necesita palabras,
solo gemidos que se enredan en el aire
como notas de una melodía prohibida.
La luz tenue del viejo velador
apenas ilumina la penumbra,
dejando sombras que insinúan
más de lo que revelan.
Pero al tacto, tu cuerpo
habla en su propio idioma:
en cada curva, en cada temblor,
en cada estremecimiento
que responda al mío con ansia.
Te abrazo en la desnudez,
y es como abrazar la eternidad,
tu calor me envuelve,
tu olor me embriaga,
y el deseo nos devora lentamente.
Tu boca desciende,
tus manos me exploran,
y mi piel se abre como un libro
que solo vos sabes leer.
Los minutos se vuelven eternos
cuando tus gemidos me guían,
cuando tu cuerpo se arquea
buscando fundirse en el mío.
Entonces ya no hay razón,
solo instinto,
solo placer que crece sin freno,
solo dos cuerpos entrelazados
en un ritual sagrado de sudor y piel.
Entregarme así es perderme,
es encontrarme en cada embestida,
en cada suspiro desgarrado,
en cada mirada que brilla húmeda
antes del clímax.
Y cuando llegamos juntos al borde,
cuando la explosión nos rompe
y el universo se reduce
a un grito ahogado entre tus labios,
entiendo que este instante
es el verdadero sentido de la vida.
Abrazarte después,
en el silencio tibio de la madrugada,
es tener en mis brazos
la más perfecta de las poesías,
la que se escribe con cuerpos,
la que se canta con jadeos,
la que se recuerda en la piel
aun cuando amanezca.

jueves, 28 de agosto de 2025

 Es jueves,
la tarde bosteza gris en el cielo
y una llovizna tímida se ensaya
detrás de las nubes que aún no se atreven.
ella descansa,
distendida como un suspiro largo,
con la calma dibujada en la comisura
de un sueño que no me pertenece.
Yo,
desde lejos,
desarmo el silencio con palabras suaves,
tejiendo versos que le rozan el cabello
como una brisa dulce,
escribiéndole en poesía
lo que mis manos no alcanzan,
lo que mi voz murmura al viento
para que la encuentre.
Mientras tanto,
la lluvia se demora,
y el jueves, cómplice,
nos regala este instante
donde todo cabe, la espera, el deseo,
y el leve temor de saber
que la miro sin que despierte.


 A metros del canal Emilio Mitre,
donde el mundo parece detenerse
y la ciudad se olvida de sí misma,
la mañana nos encuentra,
sin decir palabra,
escuchando el primer susurro del día.
El muelle cruje bajo nuestros pies descalzos,
como si la madera también despertará,
los álamos se sacuden,
el viento juega entre sus hojas
y se lleva el aroma dulce del río
 mezclado con tierra húmeda.
Vos me abrazás desde atrás,
sin apuro, como si el frío de la brisa
fuera la excusa para quedarte más cerca.
Tu pecho en mi espalda,
tu respiración tibia en mi cuello,
y ese silencio compartido
que dice más que cualquier palabra.
Nos quedamos así,
fundidos en un abrazo largo,
como si el tiempo nos perteneciera.
Del otro lado del arroyo,
una garza se eleva
y el reflejo del sol recién nacido
pinta de oro los sauces y los juncos.
Adentro, por la ventana entreabierta,
se cuela la luz tenue
y el sonido del arroyo
se mezcla con el canto de algún zorzal perdido.
Todo late a su propio ritmo,
el del agua, el del monte,
el de nuestros cuerpos quietos
pero llenos de vida.
El mate espera en la mesa,
la radio aún no suena,
y el mundo parece estar en pausa
solo para vernos amarnos,
sin urgencias, sin máscaras,
como si el Delta fuera cómplice
de este amor que se pronuncia sin voz.
Cada mañana acá, entre camalotes y abrazos,
siento que lo esencial
no está en los relojes
ni en los titulares, sino en este instante
donde el arroyo marca el pulso
de un día que comienza,
pero que ya es perfecto
porque estamos juntos.


 Escribo lo que pasa o lo que me pasa,
lo que veo o lo que invento;
lo que sueño o lo que apenas toco
cuando la vida me roza con el viento.
No sé si escribo verdades o reflejos,
si mis palabras caminan solas
o si son mis dedos quienes las arrastran
en un intento torpe de nombrarlas,
Te interpelo, lector,
no para que respondas,
sino para que sientas
esa misma pregunta quemándote la boca.
Pero así somos.
hechos de pensamientos que tropiezan,
de sueños que se olvidan,
de realidades que se disfrazan.
Más allá de la forma,
más allá de la coma o del punto,
hay algo que busca decir sin saber qué dice,
como si cada palabra tejiera un mapa
sin rumbo fijo, pero con deseo.
No escribo por claridad, escribo por necesidad.
Por locura, por ternura.
Por esa grieta mínima entre el ser y el parecer.
Escribo poesía, simplemente.
Confusa, hilada, desbordada, rebuscada, sí,
como la vida misma.


 El sol aún dormía en nuestra piel,
pegado como un secreto tibio,
y el ardor del día se fundía con la luna,
lentamente, como lo hacían nuestras miradas.
En los médanos, la arena raspaba suave
nuestra intimidad temblorosa,
y una brisa apenas murmuraba
historias viejas por la peatonal dormida,
ya sin luces ni bullicios, solo nosotros,
el mar y el deseo.
Eran noches de pueblo chico,
de la ciudad costera, donde el amor se tejía
entre puestos de artesanos y faroles apagados,
y se desataba en rincones sin testigos.
En el muelle de madera, crujía la vida entera,
cada paso vibraba como nuestros cuerpos
al borde de la marea.
Te besé con arena entre los dedos,
y tus manos, saladas, buscaron abrigo
debajo de mi ropa vencida.
Allí, en ese pedazo de mundo
que olía a pino y a crepúsculo,
se nos escapó la inocencia
envuelta en carcajadas y jadeos.
Locos recuerdos, de una noche de verano,
cuando el tiempo no pesaba
y el amor se sacudía como un medio mundo
lleno de ilusiones y piel de fuego.


 La inspiración no grita, susurra.
Nace en el rincón donde el ojo se detiene
y ve lo que otros solo miran.
Allí donde una lágrima se asoma,
y no huye, sino que se queda,
palpitando en el borde del alma.
Es en el temblor de un suspiro,
donde se oye un lenguaje
que no necesita palabras,
un idioma hecho de piel,
de tiempo suspendido
y de silencios que duelen.
No habita en montones de palabras,
ni en el ruido de los discursos vacíos;
vive en las justas, las precisas,
las que pesan aunque sean pocas.
Allí, en ese instante, mínimo invisible
comienza a germinar, una semilla de fuego
que no quema, pero ilumina.
Crece en la sombra, se fortalece en la duda,
bebe de la noche, y cuando menos se espera,
explota, no con un estruendo, sino con una luz
que algunos ven como un relámpago
en pleno pecho, y otros dejan pasar
como quien no entiende el lenguaje de los relámpagos.
Porque la inspiración no se enseña,
se siente, no se busca, te encuentra.
Y cuando lo hace,te atraviesa,
te transforma, y luego desaparece.


Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...