Un disfraz de tres colores,
un mate sin azúcar,
que solo se encuentra en el lugar indicado…
Después de una cena,
cuando el viento se lleva
los últimos rastros de la lluvia
y la luna se confunde,
con el brillo de sus ojos,
la noche deja de pertenecer al tiempo.
Y ahí, entre silencios,
miradas y pequeños instantes,
uno descubre que hay noches
que no necesitan promesas ni explicaciones…
solo el encanto de estar
donde el corazón quisiera quedarse.
Una noche sin tiempo,
una mirada infinita y la magia de lo irrepetible
de una noche en Buenos Aires.

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