viernes, 29 de noviembre de 2024

 Entre el cielo y la tierra
se dibujan tus silencios,
profundos, indescifrables,
pero siempre presentes,
como un enigma que abraza,
como una verdad que guía.
Entre el mar y la inmensidad
de la arena en sus costas,
entre el viento y las nubes,
ahí estás vos,
eterna, luminosa,
anclada en mis días
como el faro que nunca se apaga.
En tus ojos habita el universo,
en tus palabras,
la calma que detiene tormentas,
y en tus consejos,
la sabiduría que solo el amor
puede enseñar.
Mujer de noches inolvidables,
de caricias perfectas,
de palabras justas
que llegan en el momento preciso.
Tu espalda,
carga con la vida y sus pesos,
con las heridas que no dices,
pero tu sonrisa,
ah, tu sonrisa,
es la cucharadita de vida
que me rescata de vez en cuando.
Eres única, irreemplazable,
imperfecta y perfecta a la vez,
tierna, caprichosa, dulce.
Sos la mujer
que desarma y construye,
que abraza sin manos
y acompaña con el alma.
Y aunque solo a veces
el tiempo nos regale
la dicha de compartirnos,
cada instante contigo
es un tesoro,
un regalo de la vida,
un suspiro que queda grabado
en mi pecho para siempre.

ELLA.

 El brillo de sus ojos,
danzando sobre el río,
cambia de color con cada ola que acaricia la orilla.
Su expresión,
como el agua que nunca es la misma,
se transforma lentamente,
mientras la luna, caprichosa,
refleja su esplendor en el lienzo de su rostro.
El río va y viene,
susurrando secretos antiguos,
y ella,
con una sonrisa que guarda mundos,
se emociona.
De sus ojos,
como tormenta de verano,
caen lágrimas que cuentan historias:
de amor profundo,
de cansancio callado,
y hasta de un hastío que solo ella comprende.
Pero en su fuerza,
en su inteligencia serena,
hay un poder que trasciende.
Ella supera cada momento,
cada ola que intenta arrastrarla,
con la gracia de quien sabe que la vida es un río,
y que fluir es su esencia.
Él la observa en silencio,
sintiendo que esos minutos,
tan fugaces y tan eternos,
son los mejores de su semana,
del mes, de su vida.
Porque en ella,
en su sonrisa luminosa,
en su mirada que atraviesa el tiempo,
él encuentra un refugio,
un rincón donde el amor se hace tangible,
donde la belleza no necesita palabras,
y donde el río, la luna y el cielo
parecen conspirar
para guardar ese instante único,
ese milagro llamado,Ella.


AMOR.

 El amor se construye
con manos firmes y frágiles,
con paciencia en los días grises
y risas en los días claros.
Se agradece con el alma abierta,
con cada gesto,
con cada suspiro que lo mantiene vivo.
El amor se perdona,
porque en su esencia
habita la imperfección,
y en el perdón,
se encuentran las raíces
que lo sostienen.
Abre el corazón
como un amanecer inesperado,
cierra heridas
que creíamos eternas,
y deja lágrimas,
a veces de dolor,
otras de pura alegría,
porque amar siempre duele,
pero también sana.
El amor es una sonrisa
que transforma un día cualquiera,
es una mirada
que dice lo que las palabras no pueden,
es un cambio de expresión,
un gesto mínimo
que grita infinito.
El amor es todo,
el centro, el camino,
la razón por la que seguimos adelante.
Valorarlo es un acto sagrado,
un agradecimiento a la vida,
momento a momento,
minuto a minuto.
Porque simplemente,
así es el amor:
imperfecto, eterno, real,
el milagro cotidiano
que da sentido a nuestra existencia.


Viernes de Tormenta.

 La tormenta de primavera llegó sin avisar,
con truenos que desgarraron el cielo
y relámpagos que encendieron la noche.
En esos minutos de caos,
la ciudad se detuvo,
inquieta bajo el peso de la lluvia,
sujeta al capricho del clima.
Diez minutos, quizás menos,
y el ruido se apagó.
La luna, impaciente,
asomó su rostro entre las nubes rotas,
esparciendo luz sobre el asfalto mojado.
Las estrellas siguieron su ejemplo,
adornando el cielo como un consuelo tardío,
y una brisa suave, enamorada de Buenos Aires,
vino a poner cada cosa en su lugar.
Pero en su corazón,
la calma no llegaba.
Era la distancia,
ese abismo invisible que la separaba de ella,
el peso de no verla,
de no poder abrazarla,
de no escuchar su voz
que siempre parecía saber
cómo ordenar su mundo en un susurro.
Ella era como esa luna inquieta,
rompiendo las nubes de su vida
con su sola presencia.
Era la tormenta y la calma,
el trueno que lo sacudía
y la brisa que lo devolvía a la paz.
La noche avanzó,
y mientras el cielo se aclaraba,
él pensó en sus ojos,
en cómo brillaban más que cualquier estrella,
en su risa, que apagaba cualquier trueno,
en sus caricias,
que podían cambiar cualquier clima interior.
Allí, bajo el cielo limpio,
en medio de una Buenos Aires renovada,
él cerró los ojos y la imaginó,
tan cerca y tan lejos,
tan suya y tan libre.
Y entendió que, como la primavera,
ella siempre regresaría,
trayendo consigo la tormenta,
la calma, y todo lo que hacía latir su alma.


ALAS.

 Le pusiste alas,
como quien siembra esperanza en un corazón dormido.
Le enseñaste a vivir,
a soñar despierto entre las nubes de su propia imaginación.
Le mostraste el arte de compartir,
de abrir las manos y entregar un pedazo del alma
sin esperar más que una sonrisa.
Le pusiste alas,
y con vos aprendió el vuelo,
el vértigo dulce de no tocar el suelo,
la paciencia de esperar al viento adecuado
y la sabiduría de entender
que incluso el cielo tiene sus límites.
Con esas alas,
se convirtió en un guardián de tus días,
silencioso y fiel,
un vigía en la distancia,
cuidando cada uno de tus pasos
aunque vos nunca lo pidieras.
Le pusiste alas,
y al volar se enamoró,
sin saber que el cielo también guarda sus trampas,
que de vez en cuando las tormentas lo harían caer,
que el suelo frío le recordaría
lo difícil que es volver a alzar el vuelo.
Pero aún así, le enseñaste.
Le mostraste que la felicidad no siempre viene entera,
que a veces llega en pequeñas dosis,
en destellos breves pero eternos,
y que esos momentos,
aunque fugaces,
son suficientes para iluminar una vida.
Le pusiste alas,
y aunque nunca lo dijiste,
le diste el regalo más grande:
el poder de volar hacia su propia libertad
y, al mismo tiempo,
el destino irremediable de siempre volver a ti,
porque en cada vuelo,
en cada caída,
vos sos
su horizonte,
el lugar donde aprendió
que amar también es soltar
y que el amor verdadero
es el aire que lo mantiene en el cielo.

jueves, 28 de noviembre de 2024

Punta de Indio.

 El sol se había escondido cuando llegaron a Punta Indio. La cabaña, acogedora y escondida entre árboles, los esperaba a metros del río. Desde la ventana se escuchaba el suave murmullo del agua, y al abrir la puerta, un aroma a madera los envolvió. Dejaron las maletas a un lado y, casi de inmediato, sus miradas se encontraron, llenas de promesas.
La primera noche fue un festín sencillo pero delicioso. Quesos regionales, fiambres, pan crujiente y una ensalada fresca ocuparon la mesa. 
El río les cantaba de fondo mientras cenaban, y cada mirada era una caricia invisible. No necesitaban palabras; bastaba con los pequeños gestos: el roce de sus manos al pasar la bebida, el brillo en sus ojos al compartir una risa. Afuera, las estrellas comenzaban a asomarse tímidamente, pero para ellos, toda la luz del mundo estaba en sus miradas.
A la mañana siguiente, después del mate, el paseo por la costa fue un descubrimiento. El viento jugaba con su cabello mientras ella señalaba los pequeños detalles: una flor escondida entre las rocas, una bandada de pájaros que surcaba el cielo. Él la escuchaba atento, sintiendo que, con cada palabra, ella le revelaba un mundo nuevo.
El día los llevó a descubrir una feria regional. Compraron más  panes caseros y un pescado fresco que prometieron cocinar juntos esa noche. "Este lugar tiene algo mágico", dijo ella mientras caminaban de regreso, y él, sin dudarlo, respondió: "Como vos".
La segunda noche fue más íntima. Mientras el pescado se asaba lentamente, se sentaron en la galería a escuchar el río. Ella apoyó la cabeza en su hombro y él jugó con su cabello. “¿Te diste cuenta de que no hay un solo ruido que moleste?”, susurró ella. Él asintió y agregó: “Solo el latido de tu corazón”.
La cena fue un banquete de sabores sencillos y perfectos. Él cortó los trozos de pescado con cuidado y los sirvió en los platos. Cada bocado era un regalo, cada sonrisa un puente que los acercaba más. Cuando terminaron, ella tomó su mano y lo llevó al jardín. Se tumbaron bajo el cielo estrellado, sin decir nada, dejando que el silencio hablara por ellos.
¿Cuándo volvemos?, preguntó ella, rompiendo la calma con una sonrisa pícara. “Tan pronto como se acaben los quesos que te llevas, respondió él, besándole suavemente la frente.
Punta Indio ya no era solo un destino; se había convertido en su refugio. Una promesa de volver quedó suspendida en el aire mientras el río, eterno y sereno, les susurraba que siempre habría un rincón para su amor allí, a orillas del río, muy cerca de sus casas, donde a solas se fueron descubriendo milimetro a milimetro entre las sabanas, el río, la luna y el sol.



CHASCOMUS.

 Después de un día recorriendo las calles tranquilas de Chascomús, la pareja regresó al hotel con los aromas del pueblo impregnados en la piel: el pasto húmedo junto a la laguna, la brisa fresca que traía ecos de risas lejanas, y el suave perfume de los árboles que se inclinaban hacia el agua.
Habían pasado la tarde caminando de la mano, deteniéndose a contemplar el reflejo del cielo en la laguna, donde los botes se mecían despacio.
Almorzaron a la sombra de un árbol añoso en un pequeño restaurante, disfrutando de un pejerrey tan fresco que parecía traer consigo la esencia del agua. 
Se miraron por encima de los platos, entre charlas pausadas y sonrisas, saboreando no solo la comida, sino también la calma que solo un lugar así podía ofrecer.
Ya entrada la noche, el cansancio del día no era suficiente para apagar el romance que los envolvía. En la habitación, con las luces bajas y la ventana abierta dejando entrar la suave brisa nocturna, él se acercó a ella con una copa de agua fría. ¿Brindamos?, dijo. ¿Por qué?, preguntó ella. Por este día. Por vos. Por nosotros.
Se sentaron juntos en el pequeño balcón, mirando la ciudad iluminada por las farolas amarillas. Desde allí se alcanzaba a oír el susurro lejano de la laguna y el canto tímido de algún ave nocturna. 
Ella apoyó su cabeza en su hombro, y él pasó un brazo por su cintura, atrayéndola más cerca.
Cuando el frío de la noche empezó a colarse, regresaron al interior. La conversación fluyó suave, como el agua en la laguna que habían recorrido. Hablaron de las calles empedradas, de las casas antiguas con sus jardines prolijos, y de los sueños que compartían. Pero las palabras fueron quedando atrás, reemplazadas por miradas largas y silenciosas, por el roce de sus manos que no querían separarse.
Él la tomó por la cintura y, despacio, la llevó a la cama. Bajo las sábanas, se buscaron como si el tiempo no existiera. Cada caricia era una promesa, cada beso, una certeza. Afuera, la luna llena iluminaba la laguna y las calles dormidas de Chascomús, mientras ellos construían su propio refugio de amor.
Antes de dormir, ella susurró: Fue un día perfecto. Él la miró a los ojos y respondió: “Y la noche recién comienza”. Se abrazaron fuerte, dejando que el cansancio los envolviera mientras la ciudad, tranquila y serena, los acunaba en su magia silenciosa.

ALIVIO,

El alivio comienza en mi pecho
cuando tu voz rompe el silencio.
Es un río que corre, que arrastra
las piedras del día, los pesares,
y deja solo calma.
El alivio es verte,
es mirar tus ojos y perderme
en ese universo de secretos,
donde cada destello promete historias
que aún no me has contado.
Es sentir cómo el día,
con todo su peso,
se vuelve ligero con solo verte.
Y luego, tu sonrisa,
esa mezcla perfecta de picardía e inocencia,
un misterio que no intento resolver,
porque prefiero vivirlo.
Es un respiro en la tormenta,
un resplandor que atraviesa la penumbra
y llena de vida cada rincón
que antes parecía vacío.
Así es estar a tu lado
por unos minutos,
un renacer constante,
un despertar a los sentidos,
un latido que acelera,
que grita, que celebra tu existencia.
Así es hablar con vos,
un diálogo de almas
donde las palabras sobran
y el silencio es cómplice.
El amor, con vos,
es más que una palabra,
es un susurro en el viento,
es la promesa que florece
con cada instante que compartimos.
Después de extrañarte,
después de contar los segundos,
en tu ausencia,
todo cobra sentido al verte.
Tu presencia no solo calma,
transforma.
Hace del mundo un lugar distinto,
más brillante, más cálido.
Eres el alivio que despeja mis días,
el refugio donde las sombras se disuelven
y la vida se llena de colores.
Así es el amor con vos,
un milagro que sucede
cuando puedes,
porque tu sola existencia
es el regalo más grande 
de la vida.

viernes, 23 de agosto de 2024

 En el horizonte de lo desconocido,
se esconden momentos inolvidables,
luces que jamás imaginamos,
y sensaciones difíciles de reproducir en palabras.
Allí, más allá de lo que conocemos,
te invito a descubrir un mundo
donde el deseo y la ternura
se entrelazan en un abrazo eterno.
No temas, mujer hermosa,
a lo que aún no has explorado,
pues en cada paso que damos juntos,
se abre ante nosotros un nuevo horizonte,
una promesa de aventuras compartidas,
donde la piel se convierte en un mapa
de caricias y secretos,
y el corazón late al ritmo
de la pasión que nos envuelve.
Dejémonos llevar,
sin miedo, sin dudas,
a ese lugar donde los sueños
se convierten en realidad,
donde cada beso es un descubrimiento,
y cada suspiro, una confesión
que se pierde en la suavidad de la noche.
Hay tanto más allá,
tanto por sentir, por vivir,
y en tus ojos veo el reflejo
de un deseo latente,
de una curiosidad que aguarda
el momento de florecer.
No te detengas,
no te niegues a lo que podríamos ser,
pues en este viaje a lo desconocido,
te prometo que encontrarás
luces que iluminarán tus días,
y sombras que abrazarán tus noches,
en un baile de emociones
que te harán sentir más viva que nunca.
Tomá mi mano,
y juntos descubramos
qué hay más allá del horizonte,
donde la pasión y el amor
nos guiarán hacia lo inesperado,
hacia lo nuevo, hacia lo nuestro.


 Bella como el agua pura,
como el aire del campo
en mañanas de primavera,
y única como el suave rocío
de la madrugada,
donde tantas veces te pensé
sin conocerte.
Desde el bar Savoy o el Violín,
hasta la esquina de casa,
te imaginé en cada rincón,
escribiéndote en poesías
en un cuaderno de espirales,
dejando que las palabras fluyeran
como el río que nunca se detiene,
hasta que la llegada del sol
marcaba el fin de mis sueños nocturnos.
Así sos vos,
única en cada pensamiento,
en cada verso que nació
sin saber tu rostro,
sin conocer tu nombre,
pero sintiéndote tan cerca,
tan real,
como el aliento cálido
de una brisa matutina.
En cada línea te dibujé,
en cada rima te imaginé,
como un susurro que envuelve el alma,
como un destello que ilumina la noche.
Sos la musa que inspira,
la chispa que enciende,
el fuego que arde
en el corazón de mis palabras.

 La noche se escapa por Ibera,
de contra mano, camino al río,
y un montón de metáforas desordenadas
llevan consigo poemas enredados.
Un balcón en lo alto alberga una paloma,
mientras el semáforo titila en re bemol,
y el amor se cruza de vereda
con la luna que sonríe,
mientras las estrellas bailan
el último tango inédito de Piazzolla,
solo para ella.
El amor espera en un puesto de flores,
y juntos se pierden camino al río,
un hombre con zapatos de sandías
y una bella dama que Ferrer dibujó,
con medio melón en la cabeza,
tomados de la mano,
se fueron a caminar por Buenos Aires,
para ver amanecer entre versos
y música muda
que solo ellos escuchan
en el tono de sus conversaciones.
La historia de amor que escriben
sobre la calle,
en medio de un silencio difícil de explicar,
se teje entre besos y abrazos únicos,
como si el mundo se detuviera
para contemplar su danza,
una coreografía de miradas
y susurros que se pierden en la brisa.
Ellos, dos almas que encontraron
en el caos de la ciudad
un refugio en cada rincón,
un motivo en cada esquina
para volver a creer en lo eterno.
Y mientras el sol despuntaba en el horizonte,
seguirán caminando, sin prisa,
con el amor dibujado en cada paso,
como un poema sin final,
que solo ellos pueden entender,
como extraños personajes de una novela
escrita, sobre las páginas de la niebla
más acogedora de una noche porteña,
con una sola puntuación orográfica,

el amor, sin puntos, sin comas, ni final.


Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...