martes, 4 de agosto de 2026

Los Arquitectos del Nosotros.

Un beso robado,
un escote que desafía la prudencia,
una caricia llegando justo cuando el alma
olvidaba cómo latir.
Una noche en la rambla,
un paseo sin destino,
la calle Corrientes desbordando luces
entre pizzerías antiguas
y una mesa donde dos empanadas
sabían a promesa.
Una sonrisa.
Un instante de silencio compartido
al costado del viejo farol,
porque hay conversaciones
que solo pueden decirse callando.
Después, la ducha,
lavando el día,
dejando que el agua terminara
las frases que nuestros labios
ya no necesitaban pronunciar.
Un mate amargo,
como debe ser la vida
cuando también sabe regalar dulzura.
Dos cubos de hielo,
la medida justa cayendo del gotero,
y un café filtrado hasta el final,
como quien no quiere perder
ni la última gota de un recuerdo.
Una pelota de trapo,
una ruta interminable,
el Paraná respirando despacio
mientras el viento aprendía nuestros nombres.
Unos kilos de más,
o unos de menos...
Qué importancia tienen esas cuentas
cuando debajo del acolchado
se está construyendo un refugio.
Los arquitectos están de acuerdo.
La obra avanza.
Cada abrazo levanta una pared,
cada beso sostiene una viga,
cada mirada abre una ventana
por donde entra el futuro.
Lo demás
son palabras viejas,
ecos de recuerdos gastados
que el viento decidió llevarse.
Porque al final, amor,
no somos las calles que caminamos,
ni los cafés, ni las noches, ni las estaciones.
Somos esa casa invisible
que construimos de a dos,
donde cada regreso
siempre tiene el mismo destino:
tu abrazo,
el mío,
y la certeza de que el amor,
cuando encuentra a sus arquitectos,
jamás deja la obra inconclusa.

Locos en Buenos Aires.

 Sos el rock que bailamos sobre la cama,
cuando el mundo quedaba del otro lado de la ventana
y la única verdad era el calor de nuestras manos.
Sos el café con leche en medio de la ruta,
el silencio compartido entre kilómetros,
y ese instante eterno en el sillón
de un pequeño living prestado,
un fin de semana lejos de casa,
donde descubrimos que el hogar
nunca fue un lugar, sino vos.
Sos el mate con whisky,
el café después,
esa mezcla improbable
que sólo comprenden los locos de Buenos Aires,
los que caminan Corrientes de madrugada,
los que se confiesan entre besos interminables
mientras un perro rasca una puerta cualquiera
y un viejo ventilador gira sin ritmo,
como si también soñara.
Somos lo que somos,
lo que fuimos y lo que todavía nos espera.
Sentados en el piso
de un lugar cualquiera,
desnudos ante la vida,
sin más equipaje que la risa,
la música de siempre
y la certeza de que el amor
no necesita grandes escenarios.
Porque mientras exista un abrazo
capaz de detener el tiempo,
una calle donde perderse juntos
y una canción que nos encuentre bailando,
seguiremos siendo eso:
dos locos enamorados,
escribiendo con besos
la más hermosa poesía
que Buenos Aires haya visto pasar.

lunes, 3 de agosto de 2026

El Hogar.

 Donde el viento despliega toda su inmensidad
y las hojas de los álamos comienzan a deslizarse,
es justo allí, en ese instante detenido,
cuando tu sonrisa busca el abrigo
y tus ojos se iluminan con el regreso al hogar.
Dejamos atrás la orilla del río,
encendemos los leños uno a uno,
y el fuego, paciente, aprende nuestros nombres
mientras el mundo queda afuera,
tan lejano como un sueño olvidado.
Entonces somos uno,
sin relojes, sin distancias,
solo el crepitar de la madera
y el viejo tocadiscos girando a 33 revoluciones,
dejando escapar nuestra canción,
esa de siempre,
la que aprendió a vivir en nuestros abrazos.
Tus labios encuentran los míos
como si nunca hubieran conocido otro destino,
y cada beso despierta en mi pecho
el mismo temblor de la primera vez.
Tu cuerpo florece junto al mío,
y el latido de tu amor
se confunde con el de mi corazón,
porque basta mirarte
para comprender que la felicidad
tiene el sonido del río,
el aroma de la leña encendida
y el milagro de volver a encontrarnos.
Mientras la noche se queda velando la ventana,
agradezco en silencio al viento,
a los álamos, al río y al destino,
por regalarme este refugio
donde tu amor y el mío
son el único universo que necesito.

Cuando te Miro.

 Cuando te miro,
esas gotas de sudor dibujan en tu piel
un idioma que sólo mi corazón comprende.
Es el instante más hermoso del día,
aun cuando tus ojos no busquen los míos;
porque en el silencio de tu mirada
ya está escrita la invitación.
Una leve mueca,
un gesto apenas nacido en tus labios,
y todo queda dicho.
Vos y yo entendemos la señal,
como en la última partida de truco,
con el ancho escondido en la mano
y la sonrisa como única apuesta.
Entonces la casa deja de ser paredes,
se transforma en un universo secreto,
en un juego imposible de explicar
y maravilloso de vivir.
La pasión no necesita palabras;
le alcanza con el roce del aire,
con la respiración que se acerca,
con la promesa de un abrazo
que siempre encuentra el camino de regreso.
Y mientras el tiempo pasa,
nos sigue encontrando del mismo lado,
descubriéndonos una y otra vez,
como si el amor tuviera la extraña costumbre
de volver a elegirnos en cada mirada,
en cada silencio, en cada latido

domingo, 2 de agosto de 2026

Gracias.

Me detengo a contemplarte,
como quien descubre que el tiempo
también sabe regalar eternidades.
Agradezco el habernos cruzado,
tal vez tarde...
o quizás en el único instante
que el destino tenía escrito para nosotros.
Fue en aquella vereda,
cuando tu beso se infiltró en mi cuerpo
como la lluvia en la tierra sedienta,
y tu ser encontró en el mío
un refugio para quedarse.
Desde entonces,
mis manos aprendieron tu geografía,
mi piel pronuncia tu nombre en silencio
y mi alma reconoce la tuya
como si siempre hubiera sido su hogar.
No sé si existen palabras
capaces de nombrar lo inmenso de este amor.
Solo una vuelve una y otra vez,
humilde, sincera, infinita...
Gracias por habitar mis días,
por hacer de un abrazo un universo,
y de cada latido compartido
la certeza de que hay encuentros
que no llegan tarde...
Llegan exactamente
cuando el amor decide comenzar.

Asi es Ella.

Una aguja perdida en un pajar,
una botella de agua en el desierto,
una nube que se atreve
a cruzar el imperio del sol.
Una estrella derramada en mi café,
una lágrima nacida del sentimiento,
una certeza imposible
que el destino dejó sobre mi pecho.
Así es ella.
Se entrega con el alma abierta,
sin disfraces,
sin esconder la verdad de su piel
tras la absurda oscuridad de las máscaras.
Y por eso es más hermosa,
porque habita su cuerpo
como quien habita un milagro.
Me pierdo cuando la pienso,
cuando su voz pronuncia mi nombre,
cuando el silencio se sienta a nuestro lado,
cuando sus brazos encuentran los míos
y el mundo deja de tener fronteras.
Entonces el tiempo se vuelve agua,
los relojes olvidan su oficio,
los minutos se derriten
como cera bajo la llama de un deseo antiguo.
Nos descubrimos lentamente,
como dos mares que aprenden
el idioma de sus propias mareas.
Cada roce es una promesa,
cada latido una puerta,
cada suspiro un universo.
El calor dibuja sobre la piel
pequeños ríos transparentes,
y el amor nos hace navegar
sin miedo al naufragio.
En sus ojos encuentro refugio,
en su abrazo la eternidad,
y en la profundidad de su existencia
me extravío feliz,
como ella se pierde en la mía.
Si amar así no es un milagro,
si dos almas fundidas en un mismo instante
no son la más perfecta de las maravillas,
entonces que alguien me explique
por qué el universo entero
parece detenerse
cada vez que ella me ama con su presencia.

Ella Sonríe.

Es esa sonrisa la que me alegra el día,
la que despierta la luz donde la sombra dormía.
Ese gesto sencillo, casi un secreto,
que convierte un instante en un universo completo.
Es la dulzura que sólo conocen tus ojos,
traviesos, cómplices, llenos de antojos;
con la picardía de saber cuándo y cómo,
de qué forma rozar el alma sin decir el nombre.
Después de tal cosa... antes de tal otra,
siempre encontras el momento exacto
para regalarme esa risa que desarma mis silencios.
Y esos hoyuelos, mostrando lo justo...
apenas lo justo para invitarme a imaginar el resto.
Y ese resto...
ese que no necesita palabras,
porque significa todo, el refugio, la calma, el deseo,
la certeza de que el mundo, por un instante,
cabe entero en tu sonrisa.
Si algún día me preguntan
dónde aprendí la felicidad,
no señalaré un lugar ni un camino;
diré simplemente que la vi nacer
en la curva de tus labios
mientras tus ojos, sonriendo primero,
me enseñaban a creer en los milagros.



Donde tu Piel me Nombra

Tu sonrisa tiene el abuso
de saber que, cuando apoyás
la tibieza desnuda de tu pecho sobre el mío,
el mundo olvida su antiguo idioma.
Todo cambia.
El color se derrama por las paredes,
la música nace donde antes había silencio,
y el clima gira, rotundamente,
hacia el norte de tu cuerpo.
Basta un roce.
Apenas la caricia distraída
de tu piel buscando refugio en la mía,
para que el tiempo se quede inmóvil
mirando cómo dos latidos
aprenden a respirar al mismo compás.
Tu abrazo no pide permiso;
entra en mi pecho
como la lluvia entra en la tierra sedienta,
dejando un perfume nuevo
en cada rincón de mi deseo.
Y entonces comprendo
que no es el cuerpo quien enciende el incendio,
sino esa manera tuya de acercarte,
de sonreír, de convertir un simple contacto
en un universo entero.
Porque cuando descansás sobre mí,
ya no existen distancias,
solo el milagro de dos pieles
que descubren, sin decir una palabra,
que el amor también sabe hablar
con el lenguaje silencioso de un roce.

La Camisa Blanca.

Tu figura, envuelta apenas
en mi camisa blanca,
parece nacida de la luz
que entra despacio por la ventana.
La tela cae sobre tus hombros
como una nube de verano,

y debajo de ella
la imaginación completa
lo que los ojos apenas alcanzan.
La bombacha blanca
es un destello de espuma,
como el primer instante
en que el champán despierta
y sus burbujas ascienden
celebrando un momento
que solo pertenece a dos.
Me gusta observarte
cuando finges no darte cuenta.
Esa sonrisa discreta,
esa manera de cruzar las piernas,
de acomodar la camisa
como si quisieras cubrirte...
y al mismo tiempo
dejar que el misterio permanezca.
Hay un lenguaje
que no necesita palabras.
Habla en la forma
en que nuestras miradas se buscan,
en la respiración que se vuelve lenta,
en la distancia que poco a poco desaparece
hasta que solo queda
el silencio de dos corazones
marcando el mismo compás.
Nuestra casa conoce ese idioma.
La mesa ha sido testigo
de conversaciones interminables,
de risas compartidas,
de brindis improvisados
y de abrazos que comenzaron
sin que ninguno de los dos
supiera exactamente cuándo.
También el suelo
guarda la memoria de nuestros pasos,
la tibieza de los pies descalzos,
el perfume que queda suspendido
cuando el tiempo decide detenerse
para regalarnos un instante
que parece no tener final.
No es la prisa
la que escribe nuestra historia.
Es el recorrido.
Es cada pausa,
cada caricia insinuada,
cada beso que demora su llegada,
porque ambos sabemos
que los momentos más intensos
no nacen del apuro,
sino de la paciencia
con que dos almas
aprenden a encontrarse una y otra vez.
Y mientras el mundo
continúa su carrera interminable,
nosotros inventamos un refugio
entre paredes sencillas,
donde una camisa prestada
puede convertirse en el vestido más hermoso,
y una noche cualquiera
en el recuerdo que más vale conservar.
Entonces te miro
como si fuera la primera vez.
Descubro en tus ojos
la misma complicidad de siempre,
esa promesa silenciosa
de seguir caminando juntos,
de seguir sorprendiéndonos,
de seguir encontrando belleza
en los pequeños detalles.
Porque al final,
lo que hace inolvidable nuestro amor
no son los lugares, ni las horas,
ni siquiera los recuerdos.
Es saber que, cuando te acercas
con mi camisa sobre la piel
y esa sonrisa que solo me pertenece,
el universo entero parece detenerse
para contemplar,
aunque sea por un instante,
la sencilla y maravillosa felicidad
de dos personas
que siguen eligiéndose cada día.

El pequeño universo de los dos.

Apenas cerramos la puerta,
el mundo dejó de existir.
No hubo relojes, ni ciudades,
ni nombres, ni urgencias.
Sólo ese departamento
que parecía demasiado pequeño
para contener tanta vida.
La ropa fue cayendo
como caen las certezas
cuando el amor decide hablar sin palabras.
Aquella tanga negra,
ese viejo slip gastado,
quedaron tendidos sobre el piso
como la prueba de que,
para encontrarnos,
no hacían falta más disfraces
que la verdad de nuestra piel
y la confianza de nuestros abrazos.
La miré y descubrí que existen silencios
capaces de decir mucho más
que todos los poemas escritos.
Entonces llegó el café, oscuro y perfumado,
abriendo la noche como quien abre un libro
que sabe de memoria pero vuelve a leer
porque nunca deja de emocionarlo.
Después fue el whisky, lento, color ámbar,
derramando calor en la garganta
mientras las palabras se volvían más suaves,
más profundas, más nuestras.
Hablamos de la vida.
De los dolores que ya no dolían tanto.
De las derrotas
que habían aprendido a convertirse
en caminos.
De los sueños que todavía esperaban
con la paciencia de los enamorados.
Y entre una historia y otra
el mate fue ocupando su lugar.
Siempre hay un mate cuando dos personas
han descubierto que conversar
es otra forma de acariciarse.
El agua comenzó a llenar la bañera.
Su murmullo parecía un arroyo
escondido en medio de la ciudad.
Entramos despacio,
como si el tiempo pudiera asustarse
con cualquier movimiento brusco.
El vapor dibujaba nubes diminutas
sobre los azulejos.
Sus ojos brillaban
con esa mezcla de ternura
y deseo sereno que sólo conocen
quienes aprendieron
que el amor verdadero no necesita apurarse.
Los mates siguieron acompañándonos.
El termo fue entregando,
gota tras gota, todo su calor.
Y cuando el último mate
anunció que ya no quedaba agua,
la bañera pareció comprender
que era su turno de abrazarnos un poco más.
Nos reímos, nos besamos.
Nos quedamos en silencio.
Porque existen besos
que prefieren escuchar los latidos del otro.
Cuando salimos, ninguno tuvo apuro por secarse.
Algunas gotas permanecían
dibujando pequeños caminos sobre la piel.
Pero el calor de nuestros cuerpos
fue haciendo el resto.
No era el aire, no era la noche.
Era esa manera suya de acercarte despacio,
como quien vuelve a casa.
Era esa costumbre mía de encontrarte en cada abrazo
como si el universo hubiera sido creado
para conducirnos exactamente hasta ese instante.
La música comenzó a sonar.
Una melodía lenta, de esas que no piden bailar,
sino quedarse muy cerca.
Y bailamos, no con los pies.
Bailaron las miradas, las sonrisas.
Las manos buscándose, los corazones
que parecían conocerse desde mucho antes
de haber pronunciado sus primeros nombres.
Afuera, la noche iba encendiendo
una por una sus estrellas.
Adentro, la única luz necesaria
nacía de sus ojos.
Comprendí entonces
que el amor no siempre llega
con fuegos artificiales.
A veces llega en un departamento pequeño.
En una taza de café, en un vaso de whisky compartido.
En un mate que pasa de una mano a otra.
En una bañera tibia, en una canción lenta.
En dos cuerpos que descubren que el verdadero refugio
no son las paredes, sino el abrazo.
Y mientras la ciudad
seguía corriendo detrás de sus relojes,
nosotros permanecíamos inmóviles,
construyendo un universo hecho de besos,
de risas, de conversaciones interminables
y de esa maravillosa costumbre
de mirarnos como si el amor
acabara de inventarnos.
Porque hay noches
que no terminan cuando amanece.
Hay noches que siguen viviendo
en la memoria, en la piel,
en el aroma del café,
en el sabor del último mate,
en la música que vuelve
sin que nadie la llame.
Y cada vez que sucede,
vuelvo a abrir aquella puerta.
Vuelvo a dejar el mundo afuera.
Y vuelvo a encontrarte, descalzo de miedos,
vestido únicamente
con esa infinita ternura
que convirtió un pequeño departamento
en el lugar más inmenso
que hayan habitado nuestros corazones.

Ventana al mar de tu cuerpo.

Sobre la mesa
las rabas y los mejillones empanados
todavía conservaban
la memoria salada del océano.
El limón abría su corazón
sobre la carne tibia del mar,
la cerveza levantaba
una espuma breve
como la respiración de la tarde,
y la gaseosa,
con su inocencia de cristal,
guardaba pequeñas constelaciones
que temblaban entre mis dedos.
Entonces sonreíste.
Y comprendí
que una sonrisa puede derrumbar
las fortalezas que el tiempo construye.
Hay sonrisas
que hablan más que todos los idiomas,
más que todos los libros,
más que todas las despedidas.
La tuya tenía el rumor de las olas
cuando encuentran una playa
que esperaron durante siglos.
Qué extraño es el destino,
dos viajeros.
Dos almas fatigadas.
Dos cuerpos que bajaron
en la misma parada del bondi,
como si la ciudad,
cansada de vernos caminar solos,
hubiera decidido detener un instante
su respiración para cruzarnos.
Veníamos huyendo.
Cada uno llevaba su tormenta
como se lleva una vieja valija
llena de inviernos.
La lluvia conocía nuestros nombres.
El viento había aprendido
la forma de nuestras tristezas.
Y sin embargo, aquella noche,
la tormenta quedó del otro lado del vidrio,
mirándonos con la resignación
de quien acaba de perder.
Nos sentamos.
No solamente frente a una mesa.
Nos sentamos frente a la posibilidad.
Y la conversación
comenzó a caminar descalza.
Había palabras, había silencios.
Había secretos, esos secretos
que sólo se entregan
cuando el alma reconoce
el puerto donde puede descansar.
Entonces te miré.
No con los ojos.
Con esa parte del pecho
que nunca aprendió a mentir.
Tu cabello como una noche
que hubiera olvidado terminar.
Tu rostro tenía la serenidad
de las lunas llenas sobre el agua.
Tu cuerpo...
No era solamente un cuerpo.
Era una geografía.
Una costa todavía sin descubrir.
Una playa donde el deseo
no llegaba corriendo,
sino lentamente,
como llega la marea
cuando sabe
que nadie podrá detenerla.
Y comprendí
que la verdadera belleza
no estaba en la perfección de tus formas.
Vivía debajo, en la mujer.
En la manera de escuchar el mundo.
En el temblor apenas visible
cuando alguna confidencia
rozaba antiguas heridas.
En la valentía de seguir creyendo.
El café llegó después.
Humeaba entre nosotros
como un pequeño altar.
Cada sorbo era una pausa.
Cada mirada
una palabra que ninguno pronunciaba.
Afuera,
la avenida seguía viviendo.
Los autos pasaban.
Las luces nacían y morían.
La ciudad corría detrás de sus relojes.
Nosotros no.
Nosotros habíamos abierto
una ventana distinta.
Una ventana
hacia la avenida de la vida.
Y desde allí
mirámos pasar
todo aquello que alguna vez nos dolió,
como quien observa un río
llevándose lentamente
las viejas piedras del corazón.
Hubo un instante.
Breve, inmenso.
En que tu mano
descansó cerca de la mía.
No hizo falta tocarte.
Hay distancias
que ya son abrazos.
Hay proximidades
que desnudan más
que cualquier desnudez.
Entonces entendí
que el amor no siempre llega
haciendo ruido.
A veces se sienta frente a uno,
prueba una raba,
parte un mejillón empanado,
levanta un vaso de cerveza,
sonríe,
habla de sus miedos,
confiesa sus noches,
y sin pedir permiso
comienza lentamente
a habitar cada rincón del pecho.
Si anoche
el mar hubiera entrado por la ventana,
no habría encontrado diferencia
entre sus olas
y el movimiento de tu cabello.
Si el viento hubiera pronunciado tu nombre,
habría sonado igual
que el deseo cuando aprende
a convertirse en ternura.
Y mientras el café
iba dejando vacío su perfume,
yo llenaba de vos
los lugares donde antes
solamente había silencio.
Porque algunas mujeres
no llegan para cambiar un día.
Llegan como el mar.
Retroceden apenas
para volver con más fuerza.
Cubren la arena del alma.
Borran las huellas del abandono.
Y dejan sobre la piel
esa sal invisible
que nunca se seca,
porque pertenece
al único océano
que vale la pena navegar:
el de dos corazones
que, después de tantas tormentas,
descubren que habían estado buscándose
desde mucho antes de bajar,
por casualidad,
en la misma parada del mundo.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...