martes, 9 de diciembre de 2014

Y se hizo la luz.

Tenemos aquí a un hombre de sus tiempos, con el buen don de poner en palabras sus sentimientos más profundos. Quienes disfrutamos haber transitado diversos caminos a su lado,  conocemos que sus tiempos (y los nuestros) fueron cambiando,  y él fue cambiando con ellos. Pero, fueron invencibles su sensibilidad, su compromiso con las causas que en los tiempos enlazaron su corazón, y la sabiduría que, de día y de noche, el barrio le dio.
Me embarga al escribir estas palabras, la misma emoción que hace casi treinta años se adueñó de mí, cuando tuve el honor de prologar un libro de su pluma. Eran, aquellos tiempos de papel, tinta y encuadernación, como recursos obligados para la publicación; y, en estos tiempos, aunque parezca que mucho cambió, uno siente que algo no cambió, que se mantiene la sensibilidad y el compromiso (la esencia), aunque la pluma (o la birome) hoy sean un teclado y el papel una pantalla. Creo que es cierto,  y tengo para mí, que en la intimidad de su creación la lapicera y el papel no han  desaparecido en su acto de dar luz a las letras.
Tenemos aquí a un hombre forjado en los años, esos taimados que tantas veces se llevan nuestros cabellos, pero que no han podido con sus ilusiones y sus compromisos. En sus letras el lector atento descubre que la vida empieza cada día, con la sorpresa que lo espera como desayuno. Leyendo sus textos, uno descubre a ese hombre que sigue esperando la sorpresa de cada día; cuando aún lo triste puede ser esperanza, y junto a la alegría, alimentos para la creación.
Cómo no sentir que hay vida en la sabia combinación de letras que usan los creadores para construir sus palabras, y que luego hay más vida en la sabia combinación de sus palabras. Frente a la creación literaria, a los demás, al resto, nos queda la sabrosa posibilidad del disfrute, de la emoción compartida, de la lágrima reprimida y de la sonrisa que se escapa.
Es la hora de zambullirnos en las letras de nuestro respetado Osvaldo y entregarnos sin pruritos a sus letras, su emoción, su sensibilidad y su compromiso.

Y aunque al finalizar, se haga la noche, ya no será la misma noche después de cruzar el caudaloso rio de sus palabras.

Gustavo Del Vecchio


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